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La influencia del francés en el español contemporáneo | Universidad de La Laguna

La influencia del francés en el español contemporáneo

Clara CURELL – Universidad de La Laguna – 2006

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TEXTE INTEGRAL

        La expansión de la lengua francesa fuera de sus fronteras naturales es, sin duda alguna, uno de los hechos más relevantes de la historia de Francia y se halla, como no podría ser de otra manera, estrechamente unida a los acontecimientos políticos y a los intercambios económicos, comerciales y culturales que han marcado los vínculos entre este país y el resto de Europa desde la Edad Media hasta la actualidad. Pese a tratarse de una relación sin solución de continuidad, pueden distinguirse tres períodos de especial intensidad que corresponden, respectivamente, a tres tipos diferentes de influencias

  1. La época medieval, en la que la expansión francesa es tanto de índole política y militar como cultural.
  2. Los siglos XVII y XVIII, durante los cuales el francés no sólo se convierte en la lengua con más prestigio del viejo continente sino que, además, todo “lo francés” está de moda.
  3. Y el siglo XIX, en el que la influencia de este idioma tiene lugar, sobre todo,       en los ámbitos político y tecnológico.

Aunque es innegable que este influjo empieza a disminuir después de la Segunda Guerra Mundial ante el empuje del inglés, procedente fundamentalmente de los Estados Unidos, no es menos cierto que la lengua francesa es todavía hoy la lingua franca en muchísimas esferas, particularmente en los ámbitos diplomáticos, en la vida social, en la indumentaria, en la decoración o en la gastronomía (Pratt, 1980: 51). También es preciso recordar que, si bien desde la década de 1970 su enseñanza como primer idioma extranjero ha sido reemplazada por la del inglés, la renovada importancia de la Unión Europea y la reciente incorporación o la próxima adhesión de nuevos estados –como es el caso de Rumanía– en los que el francés ocupa una posición privilegiada como lengua de cultura ha hecho que vuelva a recobrar parte de su status perdido. Asimismo, no hay que olvidar que se trata de una de las lenguas oficiales y de trabajo de grandes organismos internacionales como la ONU, la OTAN y la UNESCO, así como de la Conferencia Islámica y de la Liga Árabe, que también lo es de los Juegos Olímpicos y que continúa constituyendo, junto al latín, la lengua diplomática del Vaticano. Por lo que se refiere al caso específico de la impronta del francés en el castellano, intervienen en él, como es de suponer, los mismos factores que acabamos de señalar para los principales países europeos. De esta forma, la penetración de voces francesas en nuestra lengua comienza en el medievo, se intensifica a finales del siglo XVII y alcanza su apogeo a lo largo de las dos centurias siguientes. Como ya lo observó Américo Castro en 1924:

La presencia en el español de multitud de voces y giros importados de Francia es hecho conocidísimo; […] de un modo más preciso puede afirmarse que desde hace ocho siglos no ha habido época de nuestra historia que no haya estado sometida, con varia intensidad, a esa influencia de nuestros vecinos (Castro, 1924: 102 y 104).

 

Con todo, debemos reconocer que la importación de vocablos franceses se halla actualmente ensombrecida por la irrupción de anglicismos, lo que no es óbice para que, como Lapesa, consideremos que éstos no alcanzan la proporción que podría parecer a simple vista. En efecto, hay que tener presente que muchos de los vocablos del inglés nos han llegado a través de Francia y que muchas innovaciones semánticas españolas calcan innovaciones francesas (Lapesa, 1963: 198).

Por todo ello, podemos afirmar que el francés no ha cesado de abastecer al castellano y que una cantidad nada desdeñable de neologismos actuales reproduce o traduce los usos franceses, tal y como lo constata Alvar Ezquerra, autor del Diccionario de voces de uso actual, al afirmar en el “Prólogo” de su repertorio que:

Los anglicismos nos invaden […], pero su presencia no es tan alarmante, pienso, como nos habían hecho creer y lo que de verdad resulta sorprendente es la aparición de no pocos galicismos, algunos de ellos bien aclimatados, […] que podrían hacer las delicias de los afrancesados (Alvar Ezquerra, 1994: VII).

El propósito de nuestro estudio es, precisamente, analizar el alcance de la acción del francés en el sistema del español actual, agrupando y examinando los galicismos hispánicos según el tipo de interferencia que haya tenido lugar. De esta forma, hemos distinguido cuatro tipos de préstamo lingüístico: el préstamo léxico, el calco, el préstamo semántico y el préstamo gramatical, que hemos ilustrado con casos que nos han parecido paradigmáticos. Estos ejemplos pertenecen a un amplio repertorio de galicismos contemporáneos que hemos elaborado utilizando como fuente los principales diccionarios de uso del español y los presentaremos en forma de artículo lexicográfico, tal y como aparecen catalogados en el citado inventario.

Partimos de la base de que la influencia de una lengua sobre otra se circunscribe, fundamentalmente, al campo de la lexicología, pues, como así lo asegura el romanista John Humbley (1974: 52-56), a pesar de que pueden adoptarse elementos distintos a las lexías, los préstamos de unidades menores pasan necesariamente por el estadio léxico. En sentido parecido se expresa Louis Deroy, quien considera que el préstamo léxico es         “le plus fréquent, le plus apparent, le plus largement connu” (1956: 21), si bien admite que otros niveles lingüísticos están igualmente expuestos a ser exportados a otras lenguas (1956: 4 y 21). Dentro de este tipo de interferencia, algunos autores distinguen, a su vez, entre los “préstamos por adopción” o “extranjerismos” (que en francés reciben la denominación de xénismes o pérégrinismes), esto es, aquellas palabras que un idioma toma de otro y que se mantienen sin variaciones formales en la lengua que las adopta, y los “préstamos por adaptación”, los emprunts linguistiques propiamente dichos del francés, es decir, aquellas voces que han sufrido en el idioma receptor las adaptaciones fónicas o morfológicas imprescindibles para adecuarse a su sistema. La experiencia nos ha demostrado que estas dos categorías no son fáciles de delimitar y que, además, como así lo indica Lázaro Carreter (1987: 36-37), hay términos que se asimilan rápidamente, sin pasar por la condición de “extranjerismo”, mientras otros, como el sustantivo croissant,  nunca se aclimatan del todo. Por otra parte, hay que tener presente que la transición de una condición a otra no es más que una cuestión de tiempo: los “préstamos” fueron primero “extranjerismos” que acabaron amoldándose a las características del idioma de acogida. Por todo ello, en nuestra relación de “préstamos léxicos” que, confirmando la tendencia señalada por Deroy, comprende el 83% de las unidades recopiladas, hemos dado cabida a las lexías procedentes directa e inmediatamente del francés a lo largo del siglo XX fuera cual fuera el nivel o grado de integración en el que se encontraran. Con todo, sí hemos distinguido tipográficamente unos elementos de otros, de tal manera que hemos registrado en letra redonda aquellos cuya escritura o pronunciación se ajustan mínimamente a los usos del español, en tanto que figuran en letra cursiva aquellos otros que conservan su forma originaria. Veamos a continuación algunos ejemplos de cada tipo extraídos, como ya lo hemos señalado, de nuestro corpus. Algunos supuestos bien conocidos de préstamos léxicos patentes son boîte, rentrée y los términos culinarios brut y quiche.

 Boîte es, según los principales inventarios del castellano, una voz francesa que sirve para designar una ‘sala de fiestas o discoteca’. La Academia española le da entrada en la edición de 2001 de su diccionario normativo, mientras que otros repertorios no oficiales (DUE, DUE 1998, y DEA) lo registran un poco antes, indicando alguno de ellos, como el CLAVE, que se trata de un galicismo innecesario. Por lo que concierne a fuentes lexicográficas menores, el Diccionario de expresiones extranjeras de Doval añade que fue una denominación muy en boga en España durante los años sesenta que ya ha caído en desuso. En francés, además de su significado recto de ‘caja’, se aplica desde 1860 a ‘cualquier tipo de casa o local’ y, a partir de 1918, en la locución boîte de nuit, a un ‘establecimiento de recreo nocturno’, en ocasiones llamado simplemente boîte (ROBHIST).

  Nuestro segundo ejemplo, el sustantivo rentrée,  no aparece en el diccionario académico, aunque sí lo incluyen otros glosarios consultados con el significado de ‘vuelta o regreso, especialmente después de las vacaciones de verano’. También son numerosas las fuentes de carácter específico (diccionarios de extranjerismos y de dudas) que lo admiten como galicismo por reincorporación, reanudación o vuelta, según el caso. La palabra primitiva es un participio sustantivado del verbo rentrer que, con ese valor, ya se documenta en francés en el siglo XIII, en tanto que, con el significado figurado de ‘reanudación, reapertura’, se registra desde 1718 (TLF).

– Por su parte, el vocablo brut presenta, en castellano, dos acepciones: la de ‘champán o cava que tiene un contenido en azúcar inferior al 2%’ y la de ‘natural, sin arreglos ni adornos’. Su incorporación a las obras lexicográficas españolas es tardía: a partir de 1995 en los inventarios de extranjerismos de Doval y Hoyo, algo más tarde en los diccionarios usuales (CLAVE, DGLE, DUE 1998), y tan sólo desde 2001 en el DRAE. En francés, referido a un producto natural, significa ‘qui n’a pas été façonné ou élaboré par l’homme’. Por extensión, desde 1751, hablando de un vino, ‘qui résulte d’une première élaboration avant d’autres transformations’ (TLF). Además de su empleo específico, ha surgido recientemente, según leemos en el ROBHIST, el sentido figurado de ‘à l’état de projet, en brouillon’.

– Algo parecido ha ocurrido con otro término gastronómico, el sustantivo quiche, cuyo primer registro en una fuente lexicográfica castellana (el Diccionario de expresiones extranjeras de Doval) data tan sólo de 1996. Si bien el español lo toma directamente del francés, lengua en la que se documenta desde 1805, su étimo remoto es el alemán Kuchen, a través del alsaciano küchen, ‘tarta’ (ROBHIST).

Por lo que atañe a galicismos asimilados que nadie ya, salvo el etimólogo, reconoce como tales, valgan como ejemplo chándal, féerico, leotardo y mascota.

El primero de ellos, chándal, procede del francés chandail (DRAE 1992 y 2001, CLAVE, DUE 1998 y DGLE), abreviación popular de [mar]chand d’ail, denominación dada desde 1894 al jersey que llevaban los vendedores de verduras del mercado de Les Halles de París y, por metonimia, a los propios trabajadores (TLF). Hoy, en francés, tiene el significado de ‘gros tricot de laine qui s’enfile par la tête’ (PROB), mientras que en español designa lo que los franceses llaman survêtement o jogging, por lo que podemos afirmar que en castellano el término ha adquirido un nuevo significado sin conservar el de origen.

– Otro caso que nos ha parecido ilustrativo es el adjetivo feérico, que alude a lo ‘perteneciente o relativo a las hadas’. Se trata de una adaptación del francés féerique (DGLE y CLAVE), derivado de féerie y documentado en esta lengua desde 1828 (TLF). La Academia española le da entrada en 1927 en su Diccionario Manual como galicismo, si bien no lo incluye en su repertorio habitual hasta el año 2001. En cuanto a los demás diccionarios de uso, lo tienen en cuenta el DGLE, el CLAVE y el DEA.

El sustantivo leotardo, empleado habitualmente en plural, tiene su origen en el francés léotard, derivado del apellido del creador de esta prenda de ropa (un ‘maillot d’acrobate ou de danseur, échancré sur la poitrine’), el acróbata francés Jules Léotard (1838-1870), al que se le debe asimismo la invención del trapecio volante. El castellano lo acoge en la década de los ochenta, como lo demuestra su registro en la edición de 1983 del DMILE.

– El último ejemplo de préstamo léxico adaptado que ofrecemos es mascota,  con sus dos acepciones de ‘persona, animal o cosa que sirve de talismán, que trae buena suerte’ y de ‘animal de compañía’ (DRAE 2001). La lengua española lo toma del francés mascotte, préstamo tardío (de 1867) del provenzal mascoto, ‘brujería, embrujo’, que se difundió gracias a la opereta de Audran La Mascotte, de 1880 (TLF).

El segundo de los procedimientos de importación lingüística que suele distinguirse es el calco, que consiste en la traducción literal de unidades simples o complejas procedentes de otra lengua. Así como el préstamo léxico, como acabamos de constatar, conlleva la adquisición tanto de la expresión como del contenido del vocablo foráneo, en esta clase de interferencia se reproduce un significado originario de otro idioma con significantes ya existentes en la lengua propia, limitándose el influjo extranjero al plano del contenido y no introduciéndose, por tanto, una palabra nueva en el léxico receptor. De ahí que algunos autores lo hayan considerado una interferencia parcial, un “extranjerismo invisible” o una “importación clandestina”, y que otros, como Josette Rey-Debove (1980: IX-X), afirmen que se trata del tipo de influencia lingüística más sutil y menos visible. En todo caso, compartimos las palabras de García Yebra (1997: 348) cuando sostiene que, mientras el préstamo, naturalizado o no, se inserta en un movimiento de convergencia de las grandes lenguas de cultura, el calco tiende a mantener la separación y la autonomía de las lenguas. Por otro lado, sigue afirmando este autor:

El calco tiene, además, la ventaja de hacer que los lenguajes técnicos resulten fácilmente comprensibles para hablantes no especializados, evitándoles el esfuerzo que los hablantes de otras lenguas tienen que realizar para entender y memorizar el significado de muchos términos que les resultan completamente opacos (1997: 349).

En nuestro inventario hemos recogido un total de 68 calcos, entre los que hemos seleccionado los que siguen:

– El término burdeos,  aplicado a un ‘color granate oscuro’, es calco del francés bordeaux (DMILE y DUE 1998), derivado a su vez del topónimo Bordeaux. La voz francesa se emplea, por metonimia, como adjetivo y nombre de color desde 1908 (ROBHIST), en tanto que en castellano no se registra hasta el DMILE de 1983, que lo incluye sin marca etimológica.

Otro ejemplo de este tipo de interferencia lo constituye el sintagma nominal falso amigo, referido a ‘cada una de las dos palabras que, perteneciendo a dos lenguas diferentes, se asemejan mucho en la forma, pero difieren en el significado’ (DRAE 2001). Está basado en la construcción francesa faux amis que, según Mounin (1974), fue utilizada por vez primera por Maxime Koessler y Jules Derocquigny, en 1928, en su obra Les faux amis ou les trahisons du vocabulaire anglais. Si bien ni el diccionario normativo ni otros repertorios de uso del castellano consideran esta lexía compleja procedente del francés, creemos que sí lo es ya que, contrariamente a algunas opiniones, es la expresión inglesa false friend la que está calcada del francés.

– También la locución verbal hacer el artículo tiene el mismo origen. En efecto, faire l’article se registra por vez primera, con su significado recto de ‘dicho de un vendedor, recomendar el producto que ofrece ponderando sus cualidades’, en 1826, concretamente en una novela de Balzac, en tanto que, en sentido figurado, la primera documentación data de 1861 (ROBHIST). Por lo que respecta al castellano, la primera fuente lexicográfica que le da entrada es el diccionario de María Moliner en 1966, que la tilda de “galicismo informal”. Un poco después, en 1983, ya aparece incluida en el DMILE con el valor figurado de ‘elogiar o alabar una cosa’.

– Por último, queremos hacer mención de la locución adverbial por contra que, con el significado de ‘en cambio, por el contrario’, figura en varios repertorios españoles (DUE   1998, CLAVE y DEA), así como en numerosas fuentes lexicográficas específicas, como construcción galicista, traducida del francés par contre. Una tercera forma en la que un concepto foráneo puede ser acogido en una lengua es el préstamo o calco semántico, que tiene lugar cuando un vocablo autóctono cobra una significación extranjera. Este tipo de interferencia –indirecta al igual que el calco– suele derivarse de la semejanza formal entre la voz extranjera y la que recibe el nuevo valor. El hablante desprevenido, como así lo advierte Deroy (1956: 213-233), puede pensar que se trata tan sólo de una evolución o de una ampliación semántica regular, lo que lleva a ciertos autores a calificarlo de “préstamo oculto” (Rey-Debove,1980: IX-X). Entre el centenar de casos que hemos registrado, destacamos los siguientes:

– En primer lugar, el adjetivo abordable, que figura tanto en las últimas ediciones del DRAE como en la mayoría de glosarios no oficiales con el significado general de “que se puede abordar’. No obstante, el DMILE, desde su edición de 1927, consigna también la acepción ‘accesible, tratable’ que tilda de galicista, lo que nos permite afirmar que nos hallamos ante un préstamo semántico del francés abordable que, con este valor, está presente en esta lengua ya desde 1611 (TLF).

– Un segundo ejemplo lo constituye la forma verbal enervar para referirse a ‘poner o ponerse nervioso’, acepción que en francés se documenta desde 1836 (TLF). En cambio, el significado tradicional del verbo en castellano es ‘debilitar, quitar las fuerzas’ y, en sentido figurado, ‘debilitar la fuerza de las razones o argumentos’. Sólo a partir del DMILE de 1983 un buen número de fuentes lexicográficas, tanto generales como específicas, aceptan este nuevo sentido con la marca de procedencia francesa.

– También el verbo observar ha recibido del francés un nuevo valor, el de ‘señalar o hacer notar’, que la lengua de origen cobró, por metonimia de su significado recto, ya a finales del siglo XVII (TLF).

– Por último, mencionaremos el sustantivo restauración, que ha adquirido recientemente, procedente del francés, la significación de ‘actividad de quien tiene o explota un restaurante’ (DUE 1998, CLAVE, DRAE 2001 y DEA). Se trata de un valor relativamente nuevo también en esta lengua, dado que su primera documentación se remonta tan sólo a 1961 (TLF). La cuarta y última modalidad de transferencia lingüística, y también la menos habitual, está constituida por los préstamos gramaticales, esto es, la utilización de estructuras propias de un idioma extranjero. Esta clase de interferencia no suele figurar en los diccionarios, ya que se ocupan de ella las gramáticas y otros libros relacionados con el estilo, si bien hemos localizado once supuestos en distintos repertorios generales del castellano actual. Entre ellos, cabe destacar, por su elevada frecuencia, el empleo de la preposición a  con el valor de ‘de’, precediendo a sustantivos como dolor o ataque, como en este ejemplo que nos brinda Carmen Rico Godoy: “La casa podría estar en llamas o yo en el hospital con un ataque al corazón” ( Cómo ser mujer y no morir en el intento. Madrid: Temas de Hoy. 1990, 130 [CREA]). O, también, la utilización de esta misma preposición –en lugar de por o para– precedida de un sustantivo y seguida de un infinitivo con valor final como complemento del nombre, tal como lo ilustra el siguiente fragmento de Vázquez Montalbán: “Si hasta entonces había desbordado al gobernador a base de argumentos y sentido del humor, el papel a firmar le situaba en el territorio del silencio” ( El premio. Barcelona: Planeta, 1996, 271).

No queremos concluir sin antes hacer la siguiente observación. El hecho más destacable que se desprende de nuestra investigación es el importante volumen de galicismos inventariados, lo que ha representado una gran novedad, ya que la bibliografía reciente incide en la procedencia mayoritariamente inglesa de los préstamos actuales. Efectivamente, aunque la frecuencia de los francesismos haya descendido respecto a épocas anteriores, el corpus que hemos recopilado –que consta de 1181 voces, incluyendo locuciones y lexías complejas– demuestra que su estudio merece un análisis más detallado que el que generalmente se le ha dado en los trabajos publicados en los últimos años. Partiendo de la convicción de que la interferencia lingüística es una consecuencia directa de la interferencia cultural, esta notable cantidad de nuevas aportaciones francesas al español confirma lo que ya apuntábamos al principio de este estudio: que la intensidad y la continuidad del influjo de la civilización francesa sobre la española se mantiene y que las relaciones extralingüísticas entre los dos países siguen presentando un carácter privilegiado que la lengua no hace sino evidenciar.

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