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José Checa Beltrán, « Modelos franceses y neoclasicismo en la prensa española de principios del siglo XIX (1801-1805) », Bulletin hispanique [En ligne], 111-1 | 2009, mis en ligne le 01 juin 2012, consulté le 02 août 2015.

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RÉSUMÉ

Ce travail étudie la réception des écrivains, critiques et théoriciens français dans la presse espagnole la plus représentative des premières années du XIXe siècle. L’analyse de cette réception, en Espagne, des auteurs français, tantôt comme modèles, tantôt comme contre-modèles, contribue aussi à éclairer la discussion sur l’adhésion de la pensée littéraire espagnole de ces années là aux idées du Classicisme ou du Préromantisme.

Plan
Fuentes teóricas
Modelos literarios
Barroco-neoclasicismo
Traducciones
Críticas a Francia

PREMIERES PAGES

 

Resulta ya tópico referirse al auge de las investigaciones dieciochistas en España durante las últimas décadas. También el ámbito concerniente al presente trabajo, relativo a la literatura y el pensamiento literario, ha gozado de un número considerable de estudios recientes, gracias a los cuales se conoce mejor tanto la literatura como la teoría y la crítica literaria españolas del siglo Ilustrado. No es éste el lugar para enumerar esas aportaciones, sí para referir, como prolegómeno, que la historiografía dieciochista posee un conocimiento bastante satisfactorio acerca de asuntos como la relación entre reforma política y reforma literaria, el debate entre neoclásicos y barrocos, géneros literarios, teatro y sociedad, paralelos de lenguas, modelos literarios, antiguos y modernos, o de conceptos como el de imitación, verosimilitud, docere-delectare, res-verba, natura-ars, poesía y literatura, belleza, sublime, ficción, etc. A pesar de ello, también existen ámbitos temáticos y cronológicos de la época neoclásica insuficientemente estudiados. Por ejemplo, el relativo al papel del clasicismo francés, como modelo o contramodelo, entre los críticos españoles de principios del XIX, objetivo de este trabajo. Se trata de una cuestión, y unos años, que no se contemplan en tres importantes contribuciones recientes (Aymes, 1996 y 1997; Larriba, 1998), ocupadas de años contiguos a 1801-1805 y de cuestiones diferentes, aunque colindantes, a las que aquí analizamos.

La elección de modelos literarios es uno de los temas fundamentales que la historiografía literaria tiene que considerar. Es archiconocido que el debate entre neoclásicos y barrocos durante el siglo XVIII español tiene como referencia última la oposición entre quienes defienden como dechados de estilo a autores como Garcilaso, Fray Luis de León, los Argensola, etc., y quienes proponen como ejemplo la literatura barroca de Góngora, Lope, Calderón, etc. La elección de unos modelos, y el consiguiente rechazo de otros, supone la existencia de una teoría literaria previa que avala esa opinión, y, si no existiera, impone la necesidad de elaborar un aparato crítico y teórico que justifique dicha elección.

No voy a narrar aquí la evolución del gusto literario español durante el siglo XVIII, el desarrollo de su crítica e historia literaria, el significado de sus poéticas, la implantación de sus géneros literarios o las implicaciones nacionalistas en la búsqueda de un canon. Sí quiero estudiar algo que, como digo, está pendiente de respuesta: el papel de Francia como referencia literaria en la prensa española de los primeros años del XIX, lo que significa, por añadidura, enfrentarse a la pregunta sobre la implantación del neoclasicismo en España durante unos controvertidos años que muchos historiadores han tildado de prerrománticos o románticos.

Sabemos que Francia –su literatura, su cultura, sus costumbres– estuvo omnipresente en la España dieciochesca (al igual que en toda Europa). Sabemos de los debates entablados en la primera mitad del siglo entre partidarios y detractores de la traducción de textos franceses. Sabemos del triunfo de los partidarios del aggiornamento español, de la necesidad de introducir en España –mediante la traducción de libros franceses, sobre todo– los avances registrados en la Europa culta durante un período en que el aislamiento y la autarquía imperaron en nuestro país. La consecuencia de ello fue la enorme cantidad de libros franceses traducidos al español durante el siglo XVIII.

Pero esta favorable actitud hacia la traducción de obras francesas se fue invirtiendo a partir de aquel célebre artículo de Masson de Morvilliers en la Encyclopédie Méthodique y, poco después, por efecto de la Revolución Francesa. En esas dos últimas décadas del Siglo Ilustrado, muchos autores españoles se rebelan contra la traducción de obras galas, aduciendo que muchas de ellas son innecesarias y que las traducciones del francés están contribuyendo decisivamente a la corrupción de la lengua española. Así, Vargas Ponce propone que la Academia Española, «avocándose el conocimiento y censura de las traducciones», cree una «Mesa Censoria» que las juzgue y decida sobre su publicación. Asimismo, subraya que el principal culpable del empobrecimiento del castellano ha sido el idioma francés, «mezquino y pobre, monótono y seco y duro, sin fluidez, sin copia, sin variedad».

Es indudable que durante gran parte del siglo XVIII muchos autores franceses fueron reconocidos como modelos literarios o como referencias teóricas imprescindibles entre los autores neoclásicos españoles. Pero ese carácter modélico de Francia se resquebraja entre la intelectualidad española de finales del XVIII debido a los acontecimientos políticos señalados y, anotemos también, al auge del emergente nacionalismo cultural de toda Europa. Sin embargo, sabemos poco sobre cuál fue la actitud de los autores españoles (intelectuales, literatos, periodistas…) ante la cultura y la literatura francesa en los primeros años del XIX, momentos en que la alianza política entre España y Francia se ha restablecido, y sería previsible pensar que, al no haber motivos institucionales para la enemistad, las opiniones favorables a Francia podrían expresarse públicamente sin temor a represalias. Nada mejor que el análisis de los periódicos españoles más importantes de entonces para averiguar la actitud ante Francia como modelo cultural y, al mismo tiempo, para aportar datos acerca de las posiciones españolas respecto al neoclasicismo, en un momento en que la historiografía habla de prerromanticismo y de luchas entre dos grupos, moratinistas y quintanistas, sobre cuya identidad política y literaria no se han puesto de acuerdo los historiadores. Estas cuestiones serán objeto de atención en las próximas páginas.

En efecto, desde el punto de vista diplomático, las relaciones hispano-francesas durante las dos últimas décadas del siglo XVIII se vieron enturbiadas por el incidente provocado por Masson con su artículo «¿Qué se debe a España?» (1784), de la Encyclopédie Méthodique, y, posteriormente, por las consecuencias de la Revolución Francesa. Como es sabido, el citado artículo, donde se sostenía que España no había aportado nada a la cultura occidental, provocó un incidente diplomático entre los dos países y desencadenó una serie de apologías –muchas de ellas propiciadas desde instancias gubernativas– de las aportaciones españolas a la cultura europea, que incluían duros ataques a Francia, país modélico para muchos escritores españoles de entonces y de las décadas anteriores.

Pero también en los años ochenta hubo en España intelectuales que, ajenos a aquel triunfalismo apologético, artificioso e inconsistente, y sin abandonar su actitud francófila, reclamaron una mayor profundización en las reformas políticas y culturales que los Borbones españoles habían iniciado y que durante aquellos años estaban en franco retroceso. Obviamente, estos últimos escritores no pudieron manifestarse con la misma libertad y facilidad con que lo hicieron los apologetas, favorecidos, como digo, por las instituciones españolas.

La Revolución y el consiguiente «cordón sanitario» determinaron que las cosas continuasen en un estado similar al de los años ochenta: Francia siguió siendo criticada como pocas veces lo fue durante el siglo XVIII, por motivos políticos, pero también por el cansancio de muchos españoles ante el inamovible desprecio de sus vecinos, incapaces de reconocer algunos méritos en el legado cultural español, o ciertos progresos en la producción intelectual española de la segunda mitad del Siglo Ilustrado.

Por otra parte, parece que en los años del cambio de siglo es vigorosa la anglomanía española. Según Moreno Alonso, los años en que vivió Lord Holland (1773-1840) coinciden «con un período histórico en que en toda Europa, y de forma particular en España, se produce una extraordinaria pasión por Inglaterra que, por su intensidad, carece en verdad de precedentes».

Aquella extendida opinión antifrancesa, además, coincidió cronológicamente con el cansancio de otros países europeos ante la larga hegemonía cultural gala, que había sabido imponer su lengua y sus principios artísticos, los del clasicismo, en los últimos tiempos. Frente a un gusto clasicista, donde la superioridad literaria francesa era incontestable, frente a una cultura libresca, donde se reconocía a Francia la hegemonía, Europa desenterró el gusto por la cultura oral, lo popular, lo genuino de cada país. Ese nacionalismo literario llega también a España donde no sólo se «descubre» el valor de nuestros romances y de la olvidada cultura medieval, sino que también comienza a ser reivindicado, aún tímidamente, nuestro teatro barroco, incluso por parte de reconocidos autores de pensamiento inequívocamente clasicista.

Así pues, a finales del XVIII comienza a extenderse la idea de que la mejor manera de acabar con el «imperialismo» cultural francés era mediante la reivindicación del valor de lo propio, de aquello que estaba olvidado o enterrado, y de aquello que había sido menospreciado precisamente por su disintonía con el gusto francés, es decir, nuestra literatura barroca. La oposición a Francia, pues, se plasma en el ámbito literario español en una serie de opiniones que afectan no sólo a la traducción y la lengua, sino también a los modelos y a la consideración sobre el neoclasicismo y el barroco. En la última década del XVIII pueden leerse opiniones como las del neoclásico Pedro Estala, acerca de nuestros dramaturgos del Siglo de Oro, en las que reivindica para ellos la paternidad del teatro moderno, quitando ese mérito, reconocido hasta entonces, a los franceses: «creo haber probado que la tragedia antigua y la moderna son dos especies muy distintas, que se diferencian en sus caracteres más principales, que la tragedia griega no puede adaptarse a nuestro actual teatro, que para éste es mucho más ventajosa la moderna, perfeccionada por Corneille e inventada por los españoles en el siglo XVII». Y añade: «Molière se elevó a la mayor perfección de la comedia, imitando a los españoles, como diré en otro discurso; el gran Corneille por el mismo medio se hizo el padre de la tragedia moderna».

Aquellas opiniones tan radicales contra las traducciones desde el francés, contra la calidad del idioma galo, contra el desprecio hacia el teatro barroco español –que de repente aparece como el padre del teatro moderno– y, en definitiva, contra todo lo relacionado con Francia, va a cambiar en los primerísimos años del siglo XIX, al menos en dos de los más importantes periódicos que se publicaron entonces en España, el Memorial Literario y Variedades de Ciencias, Literatura y Artes. Me ha parecido oportuno acudir precisamente a estos dos periódicos porque son, sin duda, los más representativos del gusto literario español de entonces y de su actitud ante Francia y el clasicismo.

Existen datos que inducen a pensar que moratinistas y quintanistas –los dos bandos literarios de la época – podían haberse servido de estos periódicos para dirimir en ellos sus diferencias. Quintana fue el principal inspirador y redactor de Variedades, en cuyas páginas escribió una reseña de La mojigata de Moratín donde, a pesar del tono moderado y elogioso, aparecen ciertas críticas y se advierte cierto malestar de fondo entre los dos autores. Asimismo, José María de Carnerero firmó en el Memorial Literario una reseña del Pelayo de Quintana, donde junto a indudables elogios y un tono igualmente moderado, sostiene que Leandro Fernández de Moratín «sin la menor disputa, es el maestro de nuestra escena cómica».

Aquella oposición entre moratinistas y quintanistas incluía, como es sabido, la elección como autoridad teórica del francés Batteux o del escocés Blair, respectivamente, representantes de un clasicismo francés el primero, y de ciertas innovaciones teóricas contrarias al clasicismo, el segundo. Si a ello sumamos la relativa heterodoxia del grupo de Quintana, y su preferencia por un gusto poético no sólo francés, sino también inglés o alemán, podría pensarse a priori, como digo, que en estos periódicos pudieron haber dirimido sus diferencias estos dos grupos, y que esas diferencias contuvieran una distinta actitud ante Francia. Adelanto ya que, tras mi investigación, he concluido que no fue así: a pesar de una posición algo más favorable a Francia del Memorial, también Variedades presenta una línea sumamente elogiosa para con el país vecino. Sólo varían ciertos matices y ciertas elecciones –dentro de una general coincidencia ante Francia y el clasicismo– en estos periódicos de años «prerrománticos», uno seguidor de un neoclasicismo academicista, incluso dogmático, y otro representante de un neoclasicismo heterodoxo, partidario de ciertos cambios literarios.

Pero veamos ya los detalles de los elogios y críticas que recibe Francia en las páginas literarias de estos periódicos, en los que, por motivos obvios, ocupan un lugar muy importante las dedicadas al teatro, siendo mucho menor la atención que reciben otros géneros literarios como la novela o la lírica. Decía Menéndez Pelayo que las secciones trabajadas con mayor esmero «y que daban carácter al Memorial, eran el catálogo bibliográfico-crítico de las obras que iban publicándose, y la revista de teatros». Pues bien, gran parte de las obras reseñadas en el Memorial son francesas, unas comentadas a partir de su versión original y otras según su traduccción castellana. En la sección «Revista de teatros», además de noticias sobre las últimas obras publicadas, los lectores españoles recibían información de lo que se representaba en teatros de París, como el de la «Puerta de San Martín», el «Teatro de la Emperatriz, de la calle de Louvois», el «Teatro de la Ópera Cómica, calle de Faideau», etc., información que no se proporcionaba respecto de ninguna otra capital europea.

Una simple ojeada al «Índice» de este periódico nos permite comprobar que, junto a las secciones de «literatura española» y «teatro español», existen otras denominadas «literatura francesa» y «teatro francés». Ningún otro país goza de secciones similares. Asimismo, gran parte de las obras comentadas en la sección de «Noticia crítica de obras nuevas» son francesas, algunas sin traducir al español. Igual sucede en las secciones de «Historia», «Viajes», «Geografía», Moral», etc. Por el contrario, muy pocas noticias se dan del ambiente literario inglés, italiano o alemán. Además, las escasas informaciones que aparecen sobre autores u obras de estos países se ofrecen frecuentemente con motivo de su traducción al francés. Por otra parte, es muy significativo que en el conjunto de Variedades, y por lo que respecta al ámbito de la literatura, se reseñen 10 obras francesas, ocho españolas, cuatro inglesas y una alemana.

Fuentes teóricas

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