FRANCIA: EL CORAZÓN CULTURAL DE EUROPA | literaturaeuropea.es

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Literatura Europea – LA PRIMERA HISTORIA DE LA LITERATURA EUROPEA EN FORMATO DIGITAL
Coordinador : Enrique Galé Casajús
Web patrocinada por el Instituto de Educación Secundaria « RÍO ARBA » de TAUSTE (Zaragoza)

FRANCIA: EL CORAZÓN CULTURAL DE EUROPA
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(…) A lo largo de toda la historia de la cultura europea, Francia ha ocupado un lugar central tanto por lo que respecta al origen de buen número de los principales movimientos artísticos como en los procesos de difusión de éstos por el conjunto de Europa. Esta centralidad cultural tiene su origen, por supuesto, en la centralidad geográfica de las diócesis romanas de la Galia una vez que los avatares políticos de los siglos IV y V redujeron el marco de gestación de Europa a la mitad occidental del Bajo Imperio. En este reducido ámbito espacial, limitado todavía más hacia el siglo VII al cuarto sudoccidental y continental de la actual Europa, el corredor del  Ródano se fue convirtiendo en el más importante camino de comunicación entre el sur y el norte de la cristiandad germánica y entre su oriente y su occidente.

Sin embargo, en un primer momento la relevancia política y cultural de lo que hoy conocemos como Francia fue mucho más limitada de lo que la geografía actual puede hacer pensar. La expansión del reino franco merovingio fue tardía y su impronta cultural a lo largo del siglo VII mucho menos profunda que la de otros pueblos germanos, mucho más romanizados, como los visigodos. Solamente la creación del Imperio de Carlomagno en el siglo VIII, en un ámbito político que carece de sentido identificar con Francia, puso las bases de una organización cultural y administrativa de auténtico calado europeo. Sin embargo, la rápida fragmentación de ese imperio y el lento asentamiento de un auténtico poder monárquico en el noroeste de la antigua Galia en competencia con el Emperador, dio lugar a un modelo intelectual europeo empobrecido al que el minúsculo reino de Francia muy poco tenía que aportar. Desde el punto de vista literario, sirve como ejemplo de este proceso el hecho de que las primeras manifestaciones importantes de la literatura romance en los territorios de la actual Francia se desarrollaran antes en los ducados anjevinos y, sobre todo, en los condados provenzales, ya en el siglo XI, que en el reino de Francia.

A partir de este momento Francia comienza a ser por vez primera un actor fundamental de la política y la cultura europeas. En el siglo XIII, tras imponerse en occidente a los ingleses y a los occitanos en el sur, el reino de Francia pasó a ser una de las entidades políticas más poderosas e influyentes de una Europa en rápido crecimiento y su papel cultural fue creciendo en consonancia con ello. La fundación de la universidad de París, los contactos políticos con Italia a través de los Anjou y la participación protagonista de sus monarcas en las últimas cruzadas fueron hitos en el logro de una centralidad cultural europea, potenciada, ya sí, por su centralidad geográfica. En consecuencia, a lo largo de los siglos XIV y XV Francia se consolidó como el núcleo conservador de los principales logros del medievo europeo.

Paradójicamente, pero tal y como ha sucedido repetidamente en la historia de la cultura europea, la posición central de Francia del final de la Edad Media fue la razón principal de su retraso en incorporarse a la renovación renacentista que, habiéndose iniciado en Italia en el siglo XIV, no se implantó en Francia hasta mediados del XVI. De todos modos, el poderío político y militar de Francia en esta época y su victoria en la Guerra de los 30 Años, convirtieron de nueva a una Francia cada vez más hegemónica en Europa, en el centro del desarrollo artístico. De hecho, el Neoclasicismo que dominó en todos los países de Europa durante el siglo XVIII fue ante todo un movimiento francés y en esos años, el propio idioma francés se convirtió en la primera lengua de cultura europea capaz de competir con el latín.

Ya en el siglo XIX la situación de centralidad de Francia con respecto al conjunto de Europa sufrió una evolución similar al del siglo XVI. Mientras que en un primer lugar el Romanticismo se gestó fuera e incluso en contra de la cultura francesa imperante, a mediados de siglo Francia ya había vuelto a ponerse al frente de los nuevos movimientos literarios tanto con la novela realista (Flaubert) como con la poesía simbolista (Mallarmé). Esta centralidad llegó, incluso hasta la I Guerra Mundial y la aparición de las Vanguardias, cuando, si bien los creadores franceses no ocupan un lugar especialmente destacado, no cabe duda de que la ciudad de París se convierte en un escenario privilegiado del cambio de modelo que llevó a la destrucción de la antigua cultura europea.

Desde entonces, el traslado de la centralidad cultural occidental al otro lado del Atlántico después de la II Guerra Mundial y la cada vez menor relevancia de Francia en el propio contexto europeo han hecho que algunos movimientos generados en este país como el existencialismo y, sobre todo, el Nouveau Roman, no se hayan generalizado y por primera vez en muchos siglos hayan tenido una trascendencia meramente regional.

(…) Tout au long de l’histoire de la culture européenne, la France a occupé une place centrale à la fois dans la genèse des principaux mouvements artistiques et dans les processus de leur diffusion à travers l’Europe. Cette centralité culturelle trouve bien sûr son origine dans la centralité géographique des diocèses romains de Gaule, une fois que les vicissitudes politiques des IVe et Ve siècles ont réduit la gestation de l’Europe à la moitié occidentale du Bas-Empire. Dans ce cadre spatial réduit, limité encore davantage vers le VIIe siècle au quart sud-ouest et continental de l’Europe actuelle, le couloir rhodanien devient progressivement la voie de communication la plus importante entre le sud et le nord de la chrétienté germanique et entre son est et son ouest.

Cependant, l’importance politique et culturelle de ce que nous connaissons aujourd’hui sous le nom de France était initialement beaucoup plus limitée que la géographie actuelle pourrait le suggérer. L’expansion du royaume franco-mérovingien a été tardive et son empreinte culturelle, tout au long du VIIe siècle, beaucoup moins profonde que celle d’autres peuples germaniques beaucoup plus romanisés, tels que les Wisigoths. Seule la création de l’Empire de Charlemagne au VIIIe siècle, dans une sphère politique qu’il est absurde d’identifier à la France, jette les bases d’une organisation culturelle et administrative d’envergure européenne. Cependant, la fragmentation rapide de cet empire et la lente mise en place d’un véritable pouvoir monarchique dans le nord-ouest de l’ancienne Gaule, en concurrence avec l’empereur, ont abouti à un modèle intellectuel européen appauvri auquel le minuscule royaume de France n’a guère contribué. D’un point de vue littéraire, le fait que les premières manifestations majeures de la littérature romane dans les territoires de la France actuelle se soient développées plus tôt dans les duchés d’Anjou et surtout dans les comtés provençaux, dès le XIe siècle, que dans le royaume de France, est un exemple de ce processus.

À partir de ce moment, la France devient pour la première fois un acteur majeur de la politique et de la culture européennes. Au XIIIe siècle, après s’être imposé aux Anglais à l’ouest et aux Occitans au sud, le royaume de France est devenu l’une des entités politiques les plus puissantes et les plus influentes d’une Europe en pleine croissance, et son rôle culturel s’est accru en conséquence. La fondation de l’université de Paris, les contacts politiques avec l’Italie par l’intermédiaire de la famille d’Anjou et le rôle de premier plan joué par ses monarques dans les dernières croisades sont autant de jalons dans la réalisation d’une centralité culturelle européenne, renforcée par sa centralité géographique. Par conséquent, tout au long des XIVe et XVe siècles, la France a consolidé sa position en tant que noyau conservateur des principales réalisations du Moyen Âge européen.

Paradoxalement, mais comme cela s’est produit à maintes reprises dans l’histoire de la culture européenne, la position centrale de la France à la fin du Moyen Âge fut la principale raison de son retard à rejoindre le renouveau de la Renaissance qui, amorcé en Italie au XIVe siècle, ne fut implanté en France qu’au milieu du XVIe. Quoi qu’il en soit, la puissance politique et militaire de la France à cette époque et sa victoire dans la guerre de 30 ans ont rendu la France de plus en plus hégémonique en Europe, centre du développement artistique. En fait, le néoclassicisme qui a dominé tous les pays européens au XVIIIe siècle était avant tout un mouvement français et au cours de ces années-là, la langue française elle-même est devenue la première langue de la culture européenne capable de rivaliser avec le latin.

Déjà au XIXe siècle, la situation de centralité de la France par rapport à l’ensemble de l’Europe connaît une évolution similaire à celle du XVIe siècle. Alors qu’au départ le romantisme s’est créé en dehors et même contre la culture française dominante, dès le milieu du siècle la France était déjà revenue à l’avant-garde des nouveaux mouvements littéraires, tant avec le roman réaliste (Flaubert) qu’avec la poésie symboliste (Mallarmé). . Cette centralité perdura même jusqu’à la Première Guerre mondiale et l’apparition de l’Avant-garde, où, même si les créateurs français n’occupèrent pas une place particulièrement prépondérante, nul doute que la ville de Paris devint un lieu privilégié du changement de modèle qui conduit à la destruction de l’ancienne culture européenne.

Depuis lors, le transfert de la centralité culturelle occidentale de l’autre côté de l’Atlantique après la Seconde Guerre mondiale et la diminution de l’importance de la France dans le contexte européen lui-même ont fait que certains mouvements générés dans ce pays comme l’existentialisme et, surtout, le Nouveau Romains, n’ont pas été généralisés et, pour la première fois depuis de nombreux siècles, ont eu une signification purement régionale.


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