source : https://journals.openedition.org/etudesromanes/5113

Es innegable que el deslumbramiento inicial debió haber sido semejante y el ejemplo parisino de los modernistas constituyó el punto de partida del viaje iniciático.


Dante Barrientos Tecún, « Diálogos literarios entre Francia y Centroamérica », Cahiers d’études romanes [En ligne], 32 | 2016, mis en ligne le 07 avril 2017,  http://journals.openedition.org/etudesromanes/5113 


RÉSUMÉ

Les dialogues entre les littératures centraméricaines et la littérature française ne sont pas récents, ils ont connu un moment particulier au cours du XIXe siècle. Il suffit de rappeler la relation privilégiée de Rubén Darío avec cette littérature et l’accusation célèbre et sans doute réductrice de « gallicisme mental » dont il fut l’objet de la part de Juan Valera. Aussi, durant la période Moderniste, celui qu’on a appelé le « Prince de la chronique », Enrique Gómez Carrillo, a fait de Paris son centre de création et d’expérience vitale. Miguel Ángel Asturias et Luis Cardoza y Aragón ont suivi l’itinéraire de leurs illustres prédécesseurs. Plus tard, des poètes nicaraguayens ont également établi des liens étroits avec la littérature française comme l’a étudié Steven White dans son livre La poesía de Nicaragua y sus diálogos con Francia y los Estados Unidos (2009). Enfin, dans la seconde moitié du XXe siècle, cette tradition de dialogues n’a pas connu de rupture, mais bien de nouvelles significations, c’est le cas chez des poètes comme le Salvadorien Roberto Armijo qui, pour des raisons politiques, s’est installé, dans les années 1970, dans la capitale française. Dans ce travail, nous nous intéressons aux significations esthétiques et idéologiques de ces dialogues qui se sont établis entre les écrivains de l’Amérique centrale et la littérature française.


PREMIERES PAGES

Los diálogos entre las literaturas centroamericanas y la literatura francesa no son recientes y alcanzaron un momento cumbre en el siglo XIX. Basta recordar la relación privilegiada de Rubén Darío con aquella literatura y la ya célebre y sin duda reductora acusación que le hiciera Juan Valera de «galicismo mental» en una de sus «Cartas americanas» y que el poeta nicaragüense incluyó después como prólogo a la segunda edición de Azul… (Guatemala, 1890 ; 1era. edición : 1888). Segunda edición en la que por cierto Darío incluye algunos poemas en francés, que desaparecerán en la tercera edición definitiva (Buenos Aires, 1905). También en el período modernista, el llamado « Prince de la chronique », Enrique Gómez Carrillo, hizo de París su centro de creación y experiencia vital. Al punto que, en una de sus más conocidas crónicas, «La psicología del viajero», apunta que todo viaje tiene como punto de llegada la «Ciudad Luz»: «¡Oh, nuestro París!, ¡cuán caro nos eres! (…) De todo el viaje y de todos los viajes, tú constituyes en verdad nuestro único placer infinito…». Tiempo después, Miguel Angel Asturias y Luis Cardoza y Aragón siguieron en cierta forma – y hasta cierto punto – el camino de sus ilustres predecesores. Pero su relación con aquel espacio cultural dominante fue otra. Más tarde, los poetas nicaragüenses Alfonso Cortés (1893-1969), Pablo Antonio Cuadra (1912-2002) o Carlos Martínez Rivas (1924-1998) establecieron igualmente puntos de encuentro como lo estudió Steven White en su libro La poesía de Nicaragua y sus diálogos con Francia y los Estados Unidos (2009). Ya en la segunda mitad del siglo XX, esta tradición de diálogos no se interrumpió, aunque adquirió nuevas significaciones, es el caso en poetas como el salvadoreño Roberto Armijo, quien se instalaría, por razones políticas, en los años 70, en la capital francesa. En este trabajo nos interesa estudiar la naturaleza y las significaciones estético-ideológicas de esos diálogos que se han sostenido entre escritores de Centroamérica y la literatura francesa.

Es célebre, en la historiografía literaria de América Latina, lo dicho por Rubén Darío y contenido en sus «Palabras Liminares» que abren Prosas profanas y otros poemas (1896); tras una breve enumeración de sus lecturas el poeta nicaragüense confiesa, dirigiéndose al «abuelo hispánico»: (Y en mi interior : ¡Verlaine… !) Luego, al despedirme: «Abuelo, preciso es decíroslo: mi esposa es de mi tierra; mi querida, de París». También en «El arte de trabajar la prosa», ensayo de Enrique Gómez Carrillo aparecido en El primer libro de las crónicas (Madrid, 1919), su autor se entrega a una exaltación de la prosa trabajada hasta el extremo, como «orfebres», por los escritores franceses (Camille Lemonnier, Gustave Flaubert, Charles Baudelaire, los Goncourt), en contraposición a lo que llama «la rutina del estilo castellano» de la época. De aquellos «atormentados» de la escritura literaria Gómez Carrillo saca las conclusiones siguientes:

Si no piensa usted consagrarse a escribir día y noche, si no quiere usted renunciar a todos los goces que no sean los amargos goces del trabajo, si no quiere usted renunciar a ser un hombre para convertirse en un «hombre de letras», no espere usted nunca llegar a la maestría en la prosa.

Rubén Darío y Enrique Gómez Carrillo no recorrían las calles parisinas y las páginas de los autores franceses sólo desde la perspectiva del sujeto subalterno y periférico – sin descartar desde luego esta circunstancia sociocultural ineludible –, sino que lo hacían – principalmente – desde la postura del intelectual y artista cuya formación y talento permitieron apropiarse y moldear « l’acquis littéraire » en función de sus propias necesidades.

En las sociedades política, económica y culturalmente dependientes, periféricas, los procesos literarios metropolitanos han funcionado constantemente como puntos de referencia, espacios modélicos en relación a los cuales se organizan los discursos y las escrituras, en un constante mecanismo de transformación, alejamiento e interrelación. Si el diálogo – es decir la comprensión, asimilación y adaptación de las estéticas – particularmente estrecho que los escritores modernistas latinoamericanos mantuvieron siempre con los autores franceses del siglo XIX no puede dejar de interpretarse al margen de esta estructura dependiente, no es menos cierto que los autores latinoamericanos supieron detectar la importancia fundadora de una modernidad en las innovaciones francesas en la prosa y la poesía. Influencia que por lo demás fue decisiva pero no exclusiva como la crítica lo ha demostrado en diversas ocasiones. En «El carcol y la sirena» Octavio Paz precisaba: «Los modernistas no querían ser franceses: querían ser modernos». Y agrega:

Se sienten distintos a los españoles y se vuelven, casi instintivamente, hacia Francia. Adivinan que allá se gesta no un mundo nuevo sino un nuevo lenguaje. Lo harán suyo para ser más ellos mismos, para decir mejor lo que quieren decir. […] Su modelo inmediato fue la poesía francesa no sólo porque era la más accesible sino porque veían en ella, con razón, la expresión más exigente, audaz y completa de las tendencias de la época.

Un «nuevo lenguaje» y a través de él una forma propia de nombrarse: ello era ya un logro invaluable, fundador, con más razón si nos atenemos a las circunstancias mismas desde las cuales los modernistas – Darío y Gómez Carrillo en este caso – partieron para dar el salto calitativo que supera la mimesis para alcanzar la apropiación y refundación. Todo ello desde un horizonte social y cultural altamente dependiente: las sociedades de América Central. Acaso por estos factores aquel fue el momento más intenso de ese diálogo literario contradictorio y fertil entre las letras francesas y las de Centroamérica. Un momento irrepetible, en el cual el prestigio, difusión y dominación de la cultura y literatura francesas son casi absolutos e incuestionables, escasamente problematizados.

Después, cuando autores como Miguel Angel Asturias y Luis Cardoza y Aragón, en las primeras décadas del siglo XX, se instalan por un tiempo en la capital francesa, su mirada, su forma de vivir y asimilar la experiencia extranjera y sobre todo los resultados de aquel diálogo no serían más los mismos. No obstante, es innegable que el deslumbramiento inicial debió haber sido semejante y el ejemplo parisino de los modernistas constituyó el punto de partida del viaje iniciático. Las lecturas de aquellos jóvenes autores, nacidos a inicios del siglo XX, de los escritos periodísticos, crónicas y obras mayores de Darío o Gómez Carrillo, no podían sino anticipar y construir en su imaginario lo que consideraban como el espacio ideal de La Cultura. Dar el salto de la Antigua Guatemala o de la capital provinciana de aquel país a París no podía ser sino una experiencia casi inscrita en las coordenadas del «realismo mágico», de la fantasía y de la esperanza. El salto era en realidad un exilio, no del todo de carácter político, pero sí significaba huir de un medio percibido – con más razón desde las coordenadas de las metrópolis – como cerrado, estancado, detenido en el tiempo, siempre de espaldas a la apetecida modernidad. Tampoco cabe olvidar que ambos autores – Asturias y Cardoza – provenían de un país que había entrado al siglo XX bajo el dominio del régimen dictatorial de Manuel Estrada Cabrera (1898-1920), cuyo espectro marcó sus infancias y juventudes.

Pero si el motivo inicial de aquel «exilio intelectual» hacia París podía ser, en parte, semejante al conocido por los modernistas, muy pronto la experiencia se convierte en un viaje al revés. La travesía del Atlántico se transforma en un viaje interior, incluso subterráneo, hacia las raíces propias, de la identidad colectiva. Luis Cardoza y Aragón llega a París, a la Gare Saint-Lazare, en septiembre de 1921; Miguel Angel Asturias hace otro tanto en septiembre de 1924. El primero habría de dar testimonio del descubrimiento luminoso de esta manera: «Caído de otro planeta, bíblicamente conocí París, embelesado y testarudo, selvático y azul.». La experiencia es obnubilante y total, cargada de ansias de recobrar el presente en marcha, del cual habían estado privados en su universo marginal. El ambiente artístico-cultural parisino era propicio como quizás no volverá a repetirse más, y ellos eran receptáculo para las aventuras sin límites de las vanguardias en plena ebullición. Si por una parte hay embeleso, novedad, por otra o simultáneamente, se concretiza un movimiento decisivo, el viaje al revés:

[…]

Dante Barrientos Tecún
Aix Marseille Université, CAER (Centre Aixois d’Études Romanes), EA 854, 13090, Aix-en-Provence, France.

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