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Por Fabio Grementieri  | LA NACION . 12 de julio de 2013

El estilo derivado de la École des Beaux Arts, fundada a comienzos del siglo XIX, difundió en el mundo el espíritu de la arquitectura francesa y alcanzó la apoteosis pedagógica con la transformación de París; Buenos Aires dio varios ejemplos notables de esa influencia virtuosa

Desde la década de 1970 la expresión Beaux Arts ha identificado la cultura arquitectónica derivada de la famosa École des Beaux Arts de París que tuvo irradiación universal y alcanzó su cénit hacia 1900. La génesis de este verdadero « sistema » teórico, pedagógico y práctico hay que buscarla en las academias artísticas nacidas en el Renacimiento italiano que se consolidan como instituciones públicas y estatales en la Francia de Luis XIV. En el ámbito de la arquitectura, el Beaux Arts es la continuidad y la síntesis de la evolución de la tradición clásica nacida en la cuenca del Mediterráneo, que lentamente irá incorporando elementos de otras culturas: de los « barbarismos » medievales a los « exotismos » orientales.

La École des Beaux Arts fue fundada a principios del siglo XIX y su fama creció enormemente, en especial a partir de la transformación urbana de París en tiempos del Segundo Imperio. El entrenamiento de los alumnos se basaba en la enseñanza de teoría, historia y dibujo. La confección de los proyectos estaba signada por el programa funcional, la composición de masas y espacios, la definición del estilo y del carácter que definían la idea y la imagen del edificio.

Si bien fue puramente artístico y clásico en sus orígenes, el sistema Beaux Arts fue asimilando otros puntos de vista. El constructivo-artesanal no sólo le dio capacidad para la manipulación magistral de la decoración, sino también la posibilidad de asimilar estilos regionales de todas partes del mundo. El ingenierille permitió incorporar adelantos científicos y tecnológicos, como las estructuras metálicas o de hormigón armado. Y el sociológico-higienista adaptó las aspiraciones utopistas al urbanismo y al paisajismo.

Más allá de estas asimilaciones transdisciplinarias, el sistema Beaux Arts siempre tuvo como eje la discusión de la cuestión del « estilo ». A partir de la autonomía de la arquitectura a fines del siglo XVIII, ya separada de la religión o de la monarquía, el clasicismo se resquebrajó e irrumpieron otros lenguajes, como el pintoresquismo o los estilos medievales. Luego apareció el « neorrenacimiento » y, hacia mediados del siglo XIX, el eclecticismo, que reinará hasta 1900, cuando asomó una nueva recreación del clasicismo –esta vez dieciochesco– y preparó la depuración y simplificación que vendría después de la Primera Guerra Mundial.

Vestíbulo de la Ópera Garnier de París

Fue justamente éste el momento de apogeo, cuando la École se proclamó a sí misma, en palabras de su mayor teórico Julien Guadet, como la « más liberal del mundo ». Encabalgada en el prestigio de la cultura francesa y en la fama de París, atraía estudiantes de diversas partes del mundo, exportaba docentes, profesionales y su modelo pedagógico hacia distintos continentes, y difundía los grandiosos proyectos de sus clases y concursos en diversas publicaciones. Fue entonces cuando la arquitectura Beaux Arts se transformó en un verdadero « estilo internacional » que contribuyó a dar forma a muchas viejas y nuevas ciudades del mundo por medio de la apertura de avenidas y boulevards, diseño de parques y paseos, reglamentaciones en el diseño del tejido urbano y construcción de edificios monumentales.

Sirvió además para proveer de equipamiento moderno o emblemas institucionales tangibles a enclaves coloniales o imperiales como Sudáfrica o India, o a nuevas repúblicas como la Argentina o México. En todos los casos, para proveer de una imagen cosmopolita y metropolitana acorde con el crecimiento impulsado por la industrialización, las comunicaciones, el transporte y la inmigración.

En Europa, muchos países adscribieron a esta arquitectura, adoptada como estilo oficial, y sus capitales ostentaron monumentos de esa estirpe: la Inglaterra eduardiana, la Alemania guillermina o la España de Alfonso XIII. Este reinado sería corto y, a pesar de su brillante alianza con el Art Déco, para resistir los embates de una nueva modernidad encarnada en el modelo de la Bauhaus, o un ímpetu grecorromano que la hizo predilecta de dictaduras y democracias en la década de 1930, la arquitectura Beaux Arts fue languideciendo hasta desaparecer con las revueltas del mayo francés de 1968.

A pesar de su importancia, de la amplia diseminación y de la cantidad y calidad de obras, el patrimonio Beaux Arts dista mucho de haber sido revalorizado y preservado a nivel mundial. Ha sufrido los embates del revisionismo de la historiografía moderna que, desde principios del siglo XX, lo ha denostado por no inscribirse dentro de la « vanguardia » o ser una manifestación de « imperialismo ». Esta visión sesgada no tiene en cuenta que este patrimonio es representativo de una « globalización avant la lettre » ocurrida hacia 1900, que anticipó mecanismos, acciones y problemas de situaciones actuales, donde se dieron transferencias, movimientos e intercambios de ideas, personas, productos y servicios dentro de fenómenos que recién ahora se empiezan a comprender mejor.

El Correo Central, en Buenos Aires

Sin embargo, poco a poco se ha ido redescubriendo el valor y la consistencia del patrimonio Beaux Arts. El puntapié inicial lo dio Estados Unidos –poseedor de un enorme acervo de ese estilo– con la ya legendaria exposición The Architecture of the École des Beaux Arts realizada en el MoMA de Nueva York en 1977. Le siguió Francia a mediados de la década de 1980, con la « Operación Musée d’Orsay » donde se agrupó toda la producción artística del período 1848-1914 –tanto vanguardista como pompier– dentro de la antigua estación de ferrocarril, una notable pieza de arquitectura Beaux Arts. Luego vinieron pequeñas acciones que no terminaron de posicionar este notable y universal acervo en su verdadera dimensión histórica y cultural. Valga como ejemplo señalar que en la lista de Patrimonio Mundial no existen edificios o sitios de este estilo de ningún lugar del mundo.

Pareciera que, como en otros casos, se necesita de iniciativas internacionales académicas, institucionales y políticas para una revalorización y mejor preservación. En el caso del patrimonio Beaux Arts, la responsabilidad mayor en esta campaña le cabe a Francia, ya que ha sido una de las más importantes contribuciones que hiciera a la cultura mundial en todas las épocas.


Ejemplos vernáculos
  • Palacio del Correo, Arq. Norbert Maillart, 1889
  • Colegio Nacional Buenos Aires, Arq. Norbert Maillart, 1908
  • Palacio Paz (Círculo Militar), Louis Sortais, 1903
  • Tienda Gath y Chaves (Florida y Perón), F. Fleury Tronquéis
  • Palacio Anchorena (Palacio San Martín), Alejandro Christophersen, 1906
  • Palacio Fernández Anchorena (Nunciatura Apostólica), Edouard Le Monnier, 1909
  • Palacio Ortiz Basualdo (Embajada de Francia), Paul Pater, 1912
  • Centro Naval (Florida y Córdoba), Gaston Mallet y Henri Dunant, 1914
  • Bolsa de Comercio, Alejandro Christophersen, 1914
  • Monumento a Carlos Pellegrini, Jules Coutan, 1914
  • Palacio Pereda (Embajada de Brasil), Louis Martin y Julio Dormal, 1917
  • Palacio Estrugamou (Esmeralda y Juncal), Eduardo Sauze y Auguste Huguier, 1929
  • Concejo Deliberante (Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires), Héctor Ayerza y Edouard Le Monnnier, 1929
Fabio Grementieri

https://www.lanacion.com.ar/cultura/francia-universal-nid1599935/


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