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NÜÑEZ, Fernanda. París – México: un mismo combate La sífilis contra la civilización In : México Francia : Memoria de una sensibilidad común; siglos XIX-XX. Tomo II [en ligne]. Mexico : Centro de estudios mexicanos y centroamericanos, 1993. Disponible sur Internet : http://books.openedition.org/cemca/853. ISBN : 9782821828001

París – México: un mismo combate La sífilis contra la civilización
Fernanda Nüñez

p. 271-289


RÉSUMÉ

Dans la deuxième partie du xixème siècle on peut noter qu’apparaît, dans la ville de Mexico, un nouveau regard sur «le métier le plus vieux du monde». Cet essai décrit l’influence que les théories réglementaires françaises exercèrent sur l’organisation de ce que dans le monde entier on s’accorda a appeler le «système français» pour la gestion du problème de la prostitution. Nous décrirons aussi comment croit parallèlement la peur de la syphilis considérée comme la peste moderne qui réveille dans le corps médical une profonde angoisse sur sa funeste influence sur la dégradation de la race.


Plan

  • ¿Quién es el famoso Parent-Duchátelet?
  • El nacimiento de un problema
  • Reglamentar
  • El sistema francés
  • El sistema francés en México
  • La sífilis, entre la ciencia y el imaginario
  • Una terapéutica similar en México y Francia


TEXTE INTÉGRAL

En este capítulo trataré de describir la influencia que las teorías reglamentaristas francesas en cuanto al ejercicio de la prostitución, tuvieron en el mundo occidental en general y específicamente mostrar cómo esta nueva sensiblilidad higiénico-moral fue penetrando, no sólo los ambientes médicos de la ciudad de México durante la segunda mitad del siglo xix, sino que también creó una atmósfera especial en los sectores altos de la sociedad en cuanto a su relación con las prostitutas.

Cuando empecé mi investigación (muy influenciada por la lectura del libro de Alain Corbin, Les filies de Noce) en México solo temamos como antecedente de estudios históricos sobre el fenómeno prostitucional el trabajo de Ana Ma Atondo. Nunca imaginé la importancia que tuvo en México y en el resto del mundo, la mirada sobre la prostitución derivada de los estudios franceses y su posible solución a través de lo que se le ha llamado el reglamentarismo (sistema francés).

A la vez el aumento general de textos que tratan sobre la prostitución en la segunda mitad del xix podemos suponer que en cierta medida el «problema» prostitucional se pone de moda, y que el amor venal se vuelve el punto de convergencia de las miradas de todos los interesados en la resolución de las cuestiones sociales de la época, especialmente por médicos, aterrados por la sífilis, cuya corporación se vuelve la nueva guardiana del cuerpo sano y del orden moral. Si en Francia, la mujer venal se vuelve heroína de novelas muy famosas y la principal preocupación de los higienistas sociales, de policías y jueces, en México, con toda proporción guardada, no nos quedamos atrás. Lo que llama la atención del investigador es la simultaneidad internacional de ese nuevo interés hacia la mujer pública. Si es importante resaltar la universalidad de las angustias colectivas que suscitó esa nueva mirada sobre el fenómeno prostitucional, es también necesario hacer notar que es de Francia, patria de la tolerancia oficial, de donde vienen los textos que estructuran ese miedo y proponen remedios generales que se irán considerando como aplicables en el resto del mundo. Ya sea en México, Madrid o Santiago de Chile vemos cómo médicos e higienistas nacionales meditan y se inspiraran en los mismos textos de los médicos franceses.

Porque es evidente que para muchos científicos mexicanos de la segunda mitad del xix, olvidando los rencores de la Intervención, los textos canónicos de la higiene social vienen de Francia. Así cuando en la ciudad de México en 1873, en pleno reglamentarismo, se forma una comisión de médicos para que informe al gobierno sobre el estado del ramo de policía sanitaria relativo al ejercicio de la prostitución, sus redactores, después de haber reconstruido la historia de la prostitución desde la Antigüedad, y de estudiar los reglamentos y disposiciones de varios países civilizados, llegan al siglo xix y afirman que estaba comprobado en todas partes del mundo que la inspección sanitaria era trascendental para extirpar esa vergonzosa plaga social que era la sífilis. Además de la moral y la higiene pública, la prostitución, era merecedora de la solicitud de los gobiernos, porque todas las clases suficientes debían despertar la compasión y merecían el cuidado del legislador para mejorar su suerte, «estas criaturas no son culpables, sino víctimas de la sociedad y sus defectos». Los sabios de la comisión están conscientes de la complejidad social que estaba en juego con la existencia del fenómeno venal:

El problema de la prostitución envuelve en sí las cuestiones más arduas y palpitantes de la actualidad. La cuestión de la igualdad de los sexos ante la ley y las costumbres, la cuestión de instrucción pública, la del capital y el trabajo y, finalmente, el gran problema cuya resolución está conmoviendo al mundo: el problema de la miseria

Estos encargados de realizar una nueva reglamentación de higiene pública para la ciudad de México reconocen que desde hacía años se habían realizado investigaciones y formulado recomendaciones en varios países y particularmente en Francia en donde destacaba como un faro luminoso la figura del eminente Parent-Duchátelet.

Un sabio cuya memoria debe ser sagrada para todos los hombres amigos de la ciencia y de la humanidad, consagra su vida a este importante ramo de policía: Parent–Duchátelet nos ha dejado no solo un monumento imperecedero de lo que puede el genio y la ciencia inspirados por su corazón generoso y magnánimo sino lo que es más importante ha abierto nuevos horizontes al filántropo al estadista y al filósofo [….] en México tenemos la evidente prueba de que los esfuerzos del profesor de París encontraron en nuestra patria corazones e inteligencias capaces de comprender y secundar tan generosos deseos [….] Debemos seguir las instrucciones de Parent en todo y establecer la casa de Arrepentidas.


¿Quién es el famoso Parent-Duchátelet?

 Reflejando la preocupación de higiene pública, única forma entonces concebible de profilaxia de masas, que caracterizó a la nueva y poderosa burguesía parisina, Alexandre Parent-Duchátelet comienza su estudio de la prostitución en 1827, al mismo tiempo que sus 34 Memorias de Higiene, y lo terminará en 1835, poco antes de morir exhausto y joven aún, a los 47 años. La simultaneidad de ambos trabajos nos hace pensar en la importancia de analizar esas dos vertientes de su obra. Parent–Duchâtelet es antes que nada un médico. Se inscribe en la facultad en París cuando los estudios médicos están en plena reforma; pero es en la práctica en los hospitales y anfiteatros en donde recibe lo esencial de su formación y lo que marcará el resto de su vida. La epidemiología de su época estaba muy influenciada aún por las teorías hipocráticas que subrayaban el papel importante del medio ambiente en las infecciones, que resultaban siempre de la falta de movimiento del aire y del agua, como lo demuestra de manera empírica Parent-Duchâtelet en sus estudios sobre el sistema de alcantarillado parisino y su ventilación.

El método que utiliza en sus estudios lo convierte en uno de los pioneros de la sociología empírica del siglo xix. La amplitud de su investigación, la innovación metodológica y la seriedad de sus encuestas hacen que Alain Corbin lo bautice como el «Lineo de la prostitución», el «etnólogo de las cloacas», el «especialista en putrefacciones».

Escribe 1 200 páginas sobre la mujer pública parisina, su meta principal es la de asegurar el desarrollo armónico de una función social: para que las ciudades vivan en el orden y la paz pública, el sexo, causa de perturbación, debe ser canalizado como las agua sucias en los conductos de desagüe, y sólo la prostitución oficial (la vigilada) puede lograr ese encauzamiento de los desbordamientos sexuales.

Es por estos motivos que podemos considerar a Parent-Duchâtelet a un defensor del centro urbano sano y pacífico. Al contrario de muchos de sus contemporáneos e higienistas del siglo xviii, que soñaban con llevar las fábricas al campo, él no cree en el mito del campo regenerador. Él es un urbanista optimista. El discurso higienista de su época estaba ligado estrechamente a las nociones de detritus, putrefacción, morbilidad. Parent-Duchátelet supera el asco que suscita la basura para intentar volverla productiva. Los beneficios de la industria y del progreso son mayores -piensaque los riesgos de infección, sólo hay que evacuar y reciclar la basura. Además Parent-Duchátelet es miembro y luego vicepresidente del Consejo de Salubridad de París y como tal su deber consiste en conciliar y calmar los temores y ansiedades que el progreso suscita, apaciguarlos haciendo una propedéutica del progreso. Para que las ciudades como París pudieran, tener todas las actividades industriales dentro de ellas, había que resolver los problemas que el progreso planteaba. Su obsesión fundamental es, entonces, la acumulación de basura, excrementos y cadáveres, signos manifiestos de esta nueva ciudad industrial. Asegurar el buen funcionamiento del organismo social es, para él, organizar la expulsión de basura, el control de las cloacas, llevando a cabo, primero que nada, un estudio de la fisiología de la excreción. Vigilar los bajos vientres de la dudad será la meta a la que consagrará los 15 últimos años de su vida, las heces humanas -lo fecal- con sus Memorias de Higiene Pública, lo seminal, con su estudio de la prostitudón.

Es el Parent-Duchátelet «de las cloacas» el que escribe sobre la prostitudón. ¿Símbolo de basura moral? Tal vez, pues cuando el pueblo parisino se rebela contra la disecrión de los cadáveres de los miserables, será en los cuerpos de las prostitutas donde se practicará. De la misma manera que en 1870, en la dudad de México, los médicos reglamentaristas piden que fuera en los cuerpos de las prostitutas venéreas asistidas en el Hospital San Juan de Dios, «que de todas formas ya han perdido todo pudor», en donde se dieran las prácticas de gineco-obstetrida para así no «ofender» a las miserables que por ese motivo iban a dar a luz al Hospital de Maternidad. Nuestros doctores no solamente escriben en el mismo tono que Parent, leyendo y citando a los higienistas franceses intro-duriéndose así en una discusión moderna, perfectamente actualizada, sino que sus reflexiones tienen una finalidad muy práctica e inmediata: intentar resolver el «problema» prostitucional mexicano. La mayoría de los médicos que pude investigar, redactan sus tesis y ensayos desde fines de los años sesenta hasta finales del siglo xix. Escriben sobre prostitudón pero también sobre higiene en los muladares, en las cárceles, en los hospitales, en los panteones. La prostitudón se analiza junto con la mortalidad, con la salubridad en el Valle de México, con la buena circuladón del aire, con la importancia de los vientos para la propagadón de enfermedades y epidemias, y en todo ello concuerdan con Parent, a quien hacen siempre referenda. Al hablar de putridez y miasmas nodvos en la dudad, también hablan de cómo transformar las inmundidas, animales muertos, etc., en productos necesarios como papel, lanas, cerdas, colchones, etc. Nuestros doctores están convenddos de que la ciencia seria la panacea de la civilizadón y la reguladora de las costumbres, de que la higiene pública terminaría con las enfermedades y epidemias que atacaban a México.

Pero la inocuidad de la basura predicada por Parent tema una excepdón: provocaba efectos nefastos sobre el mal venéreo. La sífilis apresura su paso cuando está cerca de lugares pútridos, deda el doctor. Alain Corbin piensa que las raíces morales de esa convicción estarían en la asimilación que Parent hace de ambas, la virulenda de una enfermedad transmitida por las cloacas femeninas estaría naturalmente ligada a las emanadones excremendales. La teoría higienista contribu ye a reforzar el lazo tejido por la moral occidental entre prostitudón y desechos. Por eso insiste tanto en promover la higiene privada de la prostituta, que es una mujer pública. El amor venal es considerado por nuestro filántropo como un ofirio más, un trabajo socialmente útil como el de cualquier obrera.

Después de la obra de Parent-Duchátelet los escritos sobre la prostitución se multiplican en toda Europa. La angustia perceptible en los escritos científicos sobre el tema prostitucional y su irremediable fin, la sífilis, la veremos también en la literatura. Es así como la novela contribuyó a poner el tema de moda, abriendo un espacio jamás antes visto a la venalidad sexual. En Francia Huysmans, los hermanos Goncourt, Zola, Maupassant son sólo algunos nombres de los más famosos que escribieron sobre el tema. La Naná de Zola es la hija del delirio reglamentarista suscitado después de la Comuna de París. El tema fascinó también a periodistas, folletinistas, moralistas y provocó las más vivas discusiones durante décadas.


El nacimiento de un problema

La revisión de varios ramos en los archivos de la ciudad de México nos muestra que las actividades ligadas al amor venal adquieren una importancia documental cada vez mayor a lo largo del siglo. En esa masa documental que va creciendo, vemos que el fenómeno prostitucional gana un espacio propio, separado de los demás azotes higiénicos modernos y adquiere de ese modo, el carácter de «problema». Si en 1842 la Memoria del Consejo Superior de Salubridad no menciona entre sus obligaciones el control de la prostitución -ni siquiera por su estrecha relación con la propagación de la sífilis- treinta años después no hay texto de salubridad pública que no insista sobre esa pandemia y su causa obvia: la prostitución. El aumento de las referencias a la prostitución, notable en los documentos conservados en los archivos donde se fueron amontonando los textos producidos por los higienistas, no debe llevarnos a creer que, de repente, la capital mexicana se volvió una nueva Babilonia, como lo afirmaban los médicos entonces. Incluso podríamos decir que la importación de Francia y luego implantación de los reglamentos de prostitución, tuvo probablemente poco que ver con el hecho de que a mediados del siglo xix, las prácticas prostitucionales estuvieran difundidas en muchas de las calles de la ciudad.

La omnipresencia de prácticas venales se deja percibir en los archivos de las instituciones represivas coloniales. Si a principios del siglo xix encontramos pocos documentos que se refieren a la prostitución, no debemos concluir que entonces ésta no existía o que estaba en vías de extinción. De hecho, cuando se le menciona, da la impresión de que esta actividad estaba ligada casi siempre a la descripción de las prácticas de las «clases peligrosas», de las cuales parecería imposible de separarla. Esta asimilación nos indica la futura dirección hacia la cual se dirigirá el discurso higienista sobre la prostitución en el futuro, porque de lo que se trata en esa primera mitad del siglo xix es de intentar inculcar a los sectores populares algunos de los valores colectivos de higiene, valores que la gente educada ya ha ido adquiriendo paulatinamente desde fines del xviii.

El primer documento oficial que encontramos en el cual se analiza a la prostitución como un problema social, higiénico y moral que requiere ser tratado por separado, como un auténtico «problema» social, es de 1851. Aunque, por desgracia, esta incompleto parece haber sido elaborado por un alto funcionario del gobierno capitalino preocupado por «el grado a que había llegado la desmoralización pública y los continuos escándalos que ocasionan las rameras por la libertad en que viven sin ser perseguidas».

El Pedimento es importante porque nos describe el ambiente previo a la reglamentación y nos deja palpar que para ese edil se trataba de un asunto nuevo, delicado y muy difícil de resolver, ya que «no se sabe hasta dónde se extiende la autoridad gubernativa en esta materia, cosa no aclarada por nuestros legisladores, a pesar de su notoria importancia». Parece reflejar un cambio de actitud, una nueva mirada sobre las prácticas del «oficio más viejo del mundo». En realidad su autor, toca uno de los puntos jurídicos y reglamentarios que nunca estuvieron suficientemente aclarados para la correcta implantación de los reglamentos en México, pues a lo largo del siglo, en cuanto a prostitución, jamás se pudieron delimitar las fronteras entre la policía preventiva y la correccional, ni las atribuciones del poder político o del judicial en esta materia, mucho menos el de las penas impuestas a la simple prostitución o a las reincidentes. Aunque ninguna ley vigente entonces mandaba perseguir de manera directa a las mujeres públicas simplemente por serlo, había una que prohibía las mancebías, aunque una ley tan general no se podía hacer respetar.

Es a partir de ese momento que percibimos mayor urgencia en la necesidad de controlar y legislar lo relativo a la prostitución, separándola de otras esferas, pues formaba parte de un todo indiscriminado: la vagancia, la ebriedad, los desórdenes. También reiteradamente se aboga para que: Las Juntas de Policía Sanitaria establecieran una oficina que reglamentara y controlara lo relativo a la prostitución, se intentara fomentar la apertura de burdeles para concentrar ahí a la mayoría de mujeres públicas y se abriera una Casa de Corrección, otra para menores desvalidas, otra de Arrepentidas, todas ellas existentes en la Colonia, pero que ya para mediados del siglo xix eran sólo un recuerdo.


Reglamentar

El texto de 1851 muestra que entre las autoridades federales y del ayuntamiento existían funcionarios conscientes de la necesidad de reglamentar las actividades prostitiucionales. Al considerar que no se podía acabar con la prostitución prohibiéndola, frente a la inquietud por la educación y la moralidad, así como por la creciente preocupación que la sífilis provocaba en la salud y en el imaginario de los contemporáneos, las autoridades consideraron, que lo mejor era reglamentarla, como ya lo estaban haciendo desde hacía veinte años varios países en Europa. Se empieza entonces a copiar, estudiar y discutir esos reglamentos. La intervención francesa precipita ese movimiento de reflexión sobre la reglamentación de las actividades prostitucionales; las autoridades militares imperialistas se preocupan rápidamente por el estado sanitario deplorable de la mujeres públicas de la ciudad de México, cuya frecuentación era difícil de impedir a los soldados. En agosto de 1863 el general comandante superior de la ciudad de méxico envía al prefecto político del Distrito el reglamento vigente de la prostitución en Francia, como ejemplo para la elaboración de uno para la ciudad capital. Se discute sobre la necesidad de traducirlo para que tuviera una mejor acogida. Todos están de acuerdo en que tal reglamento debería «si no destruir la prostitución, sí ponerle obstáculos por medio de obligaciones que tendrían además la ventaja de poner a salvo la salubridad pública».

Para la revisión de las mujeres públicas, insiste el general comandante francés Heriller, «creo que tanto Ud. como yo estará convencido de que deben aceptar los médicos civiles mexicanos el concurso de maestros médicos franceses» y pide que se le indique el día y la hora en que deberían hacerse las visitas para apresurarse a nombrar a los médicos militares que auxiliarían a los civiles. El comandante de la Plaza pide más rigor en el control, argumentando que tenía conocimiento de que las mujeres públicas que vivían en una casa de la calle de Cocheras estaban muy infectadas, por lo que deberían ser revisadas por un doctor francés, ya que los médicos mexicanos, sólo las revisaban superficialmente, en prejuicio de toda la sociedad.


El sistema francés

A grandes rasgos, la reglamentación de la prostitución quiere decir que toda mujer que se dedique a la prostitución pública (en burdeles) o como aislada (en casas de asignación) debía ser inscrita por su matrona al entrar a trabajar a un burdel; voluntariamente, si pensaba dedicarse al oficio por su cuenta, o «de oficio» si era aprehendida por los agentes in flagranti, en los registros de la Inspección Sanitaria, para ser controlada y revisada por los doctores cada semana. La policía podía aprehender a cualquier «sospechosa» en las calles y llevarla por la fuerza a la Inspección, así como penetrar en cualquier burdel, hotel o casa para revisar patentes y aprehender a las «insumisas» o «prófugas», registrarlas y, si resultaban enfermas, enviarlas al Hospital San Juan de Dios, el cual a partir de 1868 fue destinado a las prostitutas con enfermedades venéreas. Existía ambigüedad en el sistema francés o de la tolerancia oficial, porque aunque se criticara y condenara moralmente a la prostitución, finalmente se le reconocía como una función social indispensable en la vida colectiva. Los reglamentaristas sabían por experiencia que cuando se prohibía lo único que se lograba era volverla clandestina. Siempre existieron críticos a ese sistema (prohibicionistas o abolicionistas) en algunos países, logran incluso revocar el sistema. En México es hasta principios del cuando se criticará fuertemente, pero hasta entonces los doctores hicieron esfuerzos loables, escribieron mucho y leyeron la bibliografía mundial para estar a la altura de otras naciones y lograr higienizar a la sociedad y, en cierta medida, medicalizar las prácticas prostitucionales.

Después de Parent-Duchátelet y de la puesta en marcha del «sistema francés» se escriben en Francia alrededor de una decena de obras científicas que perfeccionan y modifican la reflexión iniciada por aquél. Si Parent era un filántropo optimista, incluso en cierta medida un utopista, un claro producto de la primera mitad del siglo xix, muchos de sus continuadores de la segunda mitad del siglo, ya no lo son y están más bien influenciados por el darwinismo social y las teorías espencerianas. Las causas de la prostitución ya no serán tanto la miseria, el desempleo o las estructuras sociales del momento, sino que esta vez, el motivo principal será el instinto, el temperamento lúbrico, la predisposición hereditaria al vicio.

Para el doctor Reyes, por ejemplo, la culpa de tanta degeneración la tenía la educación laica y gratuita que el estado mexicano intentaba implementar, porque a ella accedían los pobres que obviamente no conocían la religión. Los recursos que este fanático de la familia proponía, eran clásicos: pudor y religión, pero sobre todo enseñar a las mujeres que habían nacido para ser madres. Muchos de estos autores no veían otra solución al «problema social» que una imprescindible restauración del orden moral, y por eso solicitaban más reglamentos, más vigilancia, más policía. El nuevo discurso social es muy exaltado, se elogia al burdel como único lugar posible de control de la prostitución, incluso se intenta y promueve la apertura de más establecimientos. La angustia que los corroe los lleva a una verdadera exaltación de la casa de tolerancia y subrayan su carácter imprescindible para salvaguardar a la sociedad.


El sistema francés en México

El primer Registro de Mujeres Públicas de la Ciudad de México se empieza a levantar el 17 de febrero de 1865 y se basa en el Reglamento de Prostitución expedido por S.M. el Emperador Maximiliano de Habsburgo Poco tiempo después se crea la Comisaría de Sanidad (o inspección sanitaria), que dependerá del Consejo Superior de Salubridad, oficina que debía encargarse de registrar y controlar a las mujeres y burdeles, revisarlas, y en su caso, enviarlas al hospital. Sabemos de su existencia porque esa administración buscó un lugar para establecerse después del 15 de abril de 1866 cuando se venció su contrato de arrendamiento anterior. Finalmente en 1868 se cambió a un costado del Hospital San Juan de Dios, lo que facilitó las tareas de control y registro y las tareas médicas y sanitarias. Es gracias a esta oficina, al celo de su primer médico en jefe (doctor Alfaro) y de su incansable inspector (Bravo y Alegre) que hoy tenemos noticias de las mujeres que pasaron por ahí y además, nos es posible conocer más acerca de las concepciones médicas que se elaboraron en torno a ellas. Sin embargo, la inauguración de tan flamantes y modernos principios reglamentaristas parecen no haber tenido inmediata repercusión fuera de ese pequeño círculo de médicos y funcionarios. Pero la organización del sistema reglamentarista siguió efectuándose y en noviembre de 1867 el gobierno del Distrito expidió el Reglamento de la Prostitución y en 1868 mandó imprimir mil ejemplares del mismo, así como los libretos y patentes para mujeres públicas y burdeles. Si bien esa publicación manifiesta una voluntad política de atacar el problema social de la prostitución con una política coherente, vemos que desde esa época la efectividad del reglamento se vio mermada por un grave problema de «liquidez» que duró todo el tiempo en el cual en el cual dicho reglamento estuvo vigente.

A partir de 1870, con el fortalecimiento del poder político nacional se consideró indispensable dar una nueva organización al ramo de sanidad pública en lo concerniente a la prostitución, era una manera de nacionalizar un movimiento que había recibido su impulso principal de la ocupación extranjera. Se discutió y enmendó el reglamento varias veces hasta finales del siglo. En los informes que la inspección sanitaria mandaba al Consejo Superior de Salubridad y al gobierno del Distrito vemos lo intenso de esas discusiones, para algunos era imprescindible transformar el reglamento, para otros, bastaba su estricta observancia; la realidad era que cada tanto disminuía el número de mujeres sometidas.

El principal problema para ponerlo en práctica y controlar a las mujeres públicas, fue no sólo que los policías no podían ejercer la represión que los defensores del reglamentarismo hubieran deseado, ni tampoco por la falta de dinero, de inspectores y de doctores que siempre fue denunciada, o porque las mujeres se negaron sistemáticamente a ser controladas por la inspección sanitaria (que siempre se quejó de tener «sometidas» a un número mucho menor de mujeres públicas del que efectivamente había en la capital en la segunda mitad del siglo), sino también porque las dependencias administrativas mexicanas jamás lograron ponerse de acuerdo.

Además, escaparon siempre a la reglamentación dos tipos de prostitutas: las de «altos vuelos» que se movían en un pequeño círculo de admiradores «de guante blanco» ricos y poderosos que las protegía e impedía que fueran registradas, y del otro lado de esa escala social, el mundo infinito de las mujeres libres que se dedicaban de lleno o de tiempo parcial a la prostitución, las clandestinas. Si los reglamentos se volvían demasiado pesados el número de mujeres controladas disminuía y éstas pasaban a engrosar las filas de la prostitución clandestina. Así, de hecho, y a pesar de la universalidad teórica de los reglamentos, será sólo la prostitución popular, la de la calle, la que se intentará controlar y de la que la mayoría de los autores escribirán.


La sífilis, entre la ciencia y el imaginario

Es en nombre de esa enfermedad que reiteradamente se piden más reglamentos, en nombre de esa «peste moderna» se exigen más severos castigos y se organiza una mayor persecución a las prostitutas. Es la sífilis la que traza en el cuerpo social la relación que une al mundo de las prostitutas con el de la burguesía. El guión del contagio es bien conocido: el marido respetable pero incontinente, el hijo decente pero fogoso, van al burdel o tienen relaciones sexuales con alguna prostituta clandestina, se contagian y propagan la enfermedad en el hogar, contaminando no sólo a sus pobres mujeres inocentes, víctimas pasivas y propiciatorias de la incontinencia masculina, sino -y sobre todo- ponen en peligro a su propia descendencia. Porque los respetables decimonónicos son contundentes, «son las cortesanas las que llevan la sífilis a los hogares», aunque más que la contaminación individual y la propagación de una enfermedad lo que aterroriza a los doctores es que están conscientes de que bajo sus ojos se desarrolla la degeneración de una raza, única portadora de la esperanza de la civilización y último baluarte contra la barbarie de las clases inferiores.

El peligro venéreo, el miedo a la sífilis, se vuelve una obsesión no sólo porque realmente hubiera tantos enfermos, el moralismo de la época considera que ese era el justo castigo individual a sus incontinencias, sino más bien, porque representaba una amenaza sorial colectiva. El contagio amenazaba con corroer a la sociedad entera y particularmente a su capa superior y respetable, «la sífilis es una enfermedad grave no sólo para el individuo, sino para la espede».

La consecuenda de estas angustias fue esa discusión apasionada sobre la reglamentadón de la prostitudón que debía ser entonces el instrumento eficaz para controlar la propagadón de la sífilis obligando a que todas las mujeres públicas enfermas contagiosas se curaran en el Hospital. La concepción de esta institución que desarrollan los doctores y legisladores es interesante, porque va más allá de sus facultades curativas, pues además de curar el cuerpo, el hospital debía ser un elemento más de disuasión moral; se debía aprovechar la convalecenda y el encierro forzoso de las mujeres, para que las monjas o señoras decentes les dieran pláticas y lecturas piadosas y lograran una verdadera conversión a fin de que abandonaran su vida disipada. Lo ambiguo de esta política médico-moral es evidente si se considera que todavía a mediados de siglo los hospitales eran vistos con horror por el público en general. En dichas institudones las condidones de higiene eran más que precarias, la promiscuidad era tal que los parientes tenían muchas probabilidades de morir allí, si no de la enfermedad que los había conduddo al lugar, sí de las muchas que se podían contraer en su convalecenda. Así lo constata el doctor Lara y Pardo a principios del siglo: «los hospitales son frecuentados únicamente por la clase humilde», además de que, detalle agravante, su funcionamiento y su aspecto se parecía mucho al de una cárcel.

A San Juan de Dios eran mandadas, además de las prostitutas, las presas comunes para cumplir sentendas de castigo, y muchas veces estaban ambos tipos de mujeres mezclados sin ninguna «higiene». La estancia en este hospital era aprovechada por las autoridades para que las mujeres redbieran su «justo castigo» (unas por delincuentes, otras por «putas»). La mezcla de ambas no era producto de un «error» administrativo o judicial, sino que es índice del estatuto de criminal que estaba tomando el concepto de prostituta.


Una terapéutica similar en México y Francia

El tratamiento de la sífilis venérea fue, hasta el descubrimiento de la penicilina, igual de peligroso que la enfermedad. Desde su aparición, el mercurio fue utilizado, tanto en Europa como en México, en fumigaciones y en ungüentos y fue responsable de muchos accidentes secundarios: caída de los dientes, problemas óseos y nerviosos, lesiones hepaticorrenales, etc. En 1837 Ricord probó que la sífilis (chancro duro), el chancro blando y la gonorrea eran tres enfermedades diferentes, y describió los tres estados de la sífilis y lo peligroso del terciario (aunque las variaciones paralíticas las descubrirá su alumno Fournier hasta fines del siglo xix). En 1879, con la generalización de las concepciones pastorianas, Neisser descubre el gonococo que causa la gonorrea y en 1889 Ducrey el bacilo que causa el chancro blando. Pero será hasta 1905 cuando se descubra la espiroqueta pálida, fuente de la sífilis. En 1906 Wasserman inventa la prueba para su diagnóstico, y es sólo hasta fines de la Segunda Guerra Mundial cuando se descubren la penicilina y algunas sulfas, y se curarán efectivamente tanto la gonorrea como la sífilis, así como algunos efectos secundarios producidos por la enfermedad venérea.

Sabemos, por la tesis de su alumno Flores Parra, que en la ciudad de México, en los anos setenta, el doctor Manuel Alfaro, médico en jefe de la Inspección de Sanidad, usaba tanto en su práctica civil como en los hospitales, las inyecciones hipodérmicas de bicloruro. También el doctor Alfaro recomendaba a las mujeres públicas el lavado vaginal con la solución aconsejada por el francés Jeannel en la ciudad de Burdeos: una mezcla de alumbre, sulfato de óxido de fierro, cobre, alcohol y agua. Este líquido al que Alfaro agregaba el ácido fénico, se preparaba en la botica de San Francisco y vaha un real la botella, él recomendaba que cada burdel tuviera además jeringas para la higiene de las mujeres. Sin embargo, estas sencillas precauciones higiénicas no se generalizaban como el doctor lo hubiera querido. Todavía en 1882, el doctor Fernández de Lara, practicante en el consultorio de la Beneficencia, afirmaba preocupado en su tesis, que el mercurio por su acumulación podía ser muy nocivo, que lo ideal era el tratamiento mixto con yoduro de potasio que podía ser mejor eliminado.

Entre 1860 y 1945 el espectro del peligro venéreo no deja de crecer. El miedo a la enfermedad y a su transmisión por contagio estuvo confortado, reorientado y científicamente fundado por esa paradójica revolución pasteuriana que se llevaba a cabo lentamente a lo largo del siglo y que admirará con el descubrimiento de la espiroqueta o del treponema pálido hecho por Schaudin y Hoffman en 1905. Hasta entonces, aunque los científicos habían realizado avances indiscutibles, no lograron pruebas para su detección, ni sueros, ni vacunas y la resistencia del mal venéreo contrastado con el éxito sobre otras enfermedades, sólo logró que la angustia se profundizara. Sin embargo el gran miedo a la sífilis no fue suficiente para imponer -ni siquiera en países como Francia- el crimen y el delito de contagiar, ni para imponer las medidas de control sistemático que pedían los neo-reglamentaristas deseosos de promover una nueva higiene social.

Mientras que la revolución pasteuriana se efectuaba contradiciendo por la lentitud de su ritmo los esquemas de la historia de la ciencia, la obsesión hereditaria no deja de crecer. Las modalidades del miedo se irán enriqueciendo porque se introduce una tensión nueva entre dos formas distintas de representación de la sífilis: mientras se empiezan a desvelar los mecanismos del contagio -la clínica de la sífilis terciaria, el espectro de la parálisis general (tabes) acentúan el horror a la enfermedad- se irá precisando y reorganizando una angustia antigua. Pronto el miedo a una tara hereditaria será mayor al temor a contraer la enfermedad en sí; gana, por decirlo de alguna manera, «la búsqueda del estigma sobre la del síntoma». Para algunos médicos, si se puede esperar que algún día el sifilítico se cure, no había salvación posible para el «heredo», víctima de una tara original, de manifestaciones no específicas, bautizada como «herencia tardía» por los clínicos.

En 1860 Hutchinson detecta las distrofias de la sífilis hereditaria meredosífilis la llaman los franceses): dientes raros, iritis, tibia en forma de sable… Bajo la influencia de Fournier (inventor de la noción de parasífilis en 1888) se instalan las nuevas convicciones científicas, con él se afirma el «peligro venéreo» y se esboza el retrato fantástico del «heredo»: ese aborto simiesco, envejecido prematuramente, flaco, grisáceo, de piel terrosa, testículos rudimentarios, barba rala, miembros atrofiados. Entre 1890 y 1910 surgen las hipótesis extremas concernientes a la herencia de larga duración. Hay doctores convencidos de la transmisión de la tara en dos, tres y hasta siete generaciones, «en estos estadios los fenómenos anormales ya no son curables con medicinas, son inmutables, forman parte del individuo como la forma de su nariz, forman parte de la raza y serán trasmisibles por herencia».

El estigma surgía de repente o podía aparecer hasta el final de la vida del «heredo», podía tratarse de una imprecisa «neurastenia polimorfa, vértigos, migrañas, desmayos, inestabilidad mental o distrofia moral: onanismo rabioso, ninfomanía, perversión sexual, cleptomanía. Más generalmente se revelaba por la inadaptación al medio físico, social o psicológico…» era la razón por la cual Fournier clamaba por detectar rápidamente a los que bautiza como «sospechosos de ser sifilíticos hereditarios, tristes resultados de una procreación culpable». Aunque el treponema fue imperceptible hasta 1905, los doctores lo «sienten» antes, pues buscan sus estigmas en la gente, y sobre todo en los antepasados. Estas teorías angustiantes hacen que cada uno se pueda sentir culpable y amenazado, el miedo a la transmisión biológica, sin embargo, no atañe solamente a la sífilis, es más amplio, se focalizará también en el alcoholismo y la tuberculosis.

Recordemos que hasta 1906, el diagnóstico de la sífilis dependía únicamente de argumentos clínicos, no había certezas biológicas. Así podemos entender cómo en México los doctores afirmaban cosas tan curiosas, como lo que decía el doctor de Poincy en su tesis de medicina, en donde considera que el feto podía tener la sífilis del padre y no infectar a la madre -claro, afirma este médico francés radicado en Monterrey- «de la virtud de una mujer siempre hay que dudar». O el que una viuda sin rastros de sífilis, se volvía a casar con un hombre enteramente sano, podía llegar a tener con él hijos sifilíticos, transmitiendo así la sífilis del primer marido. Él mismo titubea al citar a sus maestros franceses, ya que entonces no se sabía ni cómo o en qué mes se transmitía la sífilis al bebé, y sobre todo, cuándo se estaba realmente curado. Percibimos en las tesis y reportes médicos que los doctores, a pesar de encarar de frente las enfermedades más comunes de su época, no teman clara la sintomatología, «la sífilis que casi todas ellas padecen (las mujeres públicas, obviamente) es un estado clorótico y de debilidad general de la economía muy común entre ellas y depende del disgusto y violencia en que viven, de las vigilias, de los desórdenes y del abuso del placer venéreo al que recurren, todo ello hace que la salud perfecta les sea desconocida». Uno creería que las prostitutas de la ciudad de México estaban todas sifilíticas y a punto de morir, pero los reportes del hospital y las pocas estadísticas encontradas demuestran lo contrario, parece que incluso ellos mismos se sorprenden de que «haya algunas de constitución tan robusta y privilegiada que puedan resistir por largo tiempo a tantas causas de destrucción». Muchos pensaban, como el doctor Lara y Pardo lo dice claramente, que la sífilis era una enfermedad crónica, no siempre aparente, lo que la hacía aún más aterradora.

El doctor Poincy era por lo menos más abierto que muchos de sus colegas mexicanos y en su tesis recomienda a los doctores hablar con los matrimonios y decirles los riesgos del «coito fecundante». El doctor Güemes, resume el pensamiento de sus pares:

[…] está comprobada científicamente la influencia de las enfermedades venéreas en la degeneración de la raza[…] la sífilis es una enfermedad general, constitucional, virulenta, de evolución más o menos rápida pero continua y progresiva, trasmisible por herencia y que no sólo hace víctimas al que la contrae sino que determina en los niños que la han adquirido hereditariamente, manifestaciones que cuando no los mata en la primera infancia, los persigue hasta edad avanzada haciéndolos llevar una vida miserable y si llegara a adulto trasmitirá a su vez este legado maldito que trae como consecuencias el decaimiento y degeneración de toda una raza.

La fatalidad se veía matizada por ellos mismos que, después de hablar de este futuro aterrador, constataban que, en general, la esterilidad atacaba a los esposos sifilíticos y si la mujer llegaba a embarazarse abortaba al tercer o cuarto mes y, si es que lograba llegar a término, el bebé nacía muerto. Para el doctor Güemes la transmisión de la sífilis no sólo era sexual, se podía adquirir comiendo con cubiertos sucios, en operaciones quirúrgicas, a consecuencia de ciertas prácticas religiosas [sic!], a través de las nodrizas, de la vacunación, de la caricia de un sifilítico a un bebé, era por eso que no sólo la continencia podía salvar del contagio, sino, ahora diríamos, el «no mezclarse». Es clarísima la unión que hace Güemes entre infección sifilítica e infección moral, es impresionante ver en este médico su manejo de los autores franceses de su época y su destreza en el conocimiento de la discusión europea entre reglamentaristas y abolicionistas, y a pesar de que estos últimos teman «pruebas» de que la sífilis era mucho menos peligrosa que antes, y de que ya era evidente el fracaso de la idea reglamentarista, Güemes decide seguir a Parent y aboga por una hiper-reglamentación, y la absoluta secuestración de las mujeres en el hospital de la ciudad de México, pues «el hombre brutal en sus instintos, cegado por sus pasiones no respeta la moral ni retrocede ante el contagio.»

Es por este miedo a la sífilis que se reinterpreta el temor decimonónico que inspiraba el pueblo, que poco a poco minaba el patrimonio biológico de la burguesía. La mujer fácil, la sirvienta, la obrera, inoculan la enfermedad al hombre que por «impregnación generatriz» del esperma la transmitirá a su descendencia en forma de «vicio diatésico» o de «inaptitud para la vida». El feto así infectado por la herencia puede infectar a su vez a su madre y ella ser víctima de una «sífilis concepcional» cuyos síntomas pueden aparecer mucho tiempo después. Fournier afirmaba también que el esperma contaminado podía contagiar a la pareja un vicio hereditario sin que apareciera la sífilis virulenta.

Este conjunto de imágenes y comportamientos no puede comprenderse si no se toma en cuenta la difusión del darwinismo, el impacto del miedo colectivo a la inadaptación del grupo nacional, racial o social, la angustia que suscitaron la degeneración, la regresión, la desvirilización. En 1885 el doctor Fournier, por ejemplo, denuncia el peligro inminente de la despoblación por la herencia sifilítica, a su vez, el doctor Patoir está convencido de la sifilización ineluctable de la raza humana. Ambos doctores son leídos aquí casi al mismo tiempo que allá. El doctor Reyes, por ejemplo, nos hace saber que la comisión mexicana mandada al congreso médico internacional de París en 1867 regresa a México convencida de que en la profilaxia de la sífilis estaba el porvenir de la raza. México no estuvo de ninguna manera al margen de la revolución científica operada por Darwin y sus seguidores. Las controversias que suscitó la nueva teoría se reflejaron en la ciencia y el pensamiento en general en este país. El vehículo de introducción del darwimsmo fue el idioma francés. Y su influencia más importante en México se dará en la antropología a través de los doctores y biólogos.

La mujer pública, casi siempre vista como venérea, encarna por esta vía -para los doctores- la degeneración. Ya desde Parent se sabía acerca de la importancia que tenía el temperamento individual en la génesis de la prostitución, las siguientes generaciones de médicos añadirán a ese factor la influencia decisiva del medio cultural y social, pero es hasta que aparece la antropología criminal cuando se funda «científicamente» la idea de la prostitución innata. Para éstos, la influencia del medio es supeditada a la fatalidad de la herencia. La prostituta nata, predestinada, víctima de un regreso atávico a la animalidad entra perfectamente en la nueva galería de monstruos diseñada en ese siglo. La antropología criminal, no hace más que atizar el fuego, y da más «pruebas» de la resurrección del hombre primitivo, del animal y sus instintos. El riesgo de la regresión se manifestaba claramente, para los científicos, en: el onanismo, la sífilis y el delirium tremens. Los antropólogos criminalistas -con Lombroso a la cabeza- dicen que la sífilis, así como el crimen, no son consecuencia de la prostitución, sino también -y sobre todo- la causa. Para Lombroso, la prostitución es a la mujer lo que el crimen al hombre; la práctica del amor venal, como la del crimen es una forma de locura cuya causa es la degeneración. La prostitución, la decisión inicial de consagrarse a ella, era el signo de una tara hereditaria, del alcoholismo, o de la sífilis. En México, Le Criminel o Les habituès des prisons de Paris, son utilizados apenas unos años después por Carlos Roumagnac en sus estudios sobre Los Criminales de México y en Matadores de Mujeres en donde pone las tesis lombrosianas en práctica. Miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y de la International Association of Chiefs of Police, Roumagnac escribe para que el público conozca figuras típicas de criminales, propone hacer observaciones entre honrados y delincuentes, entre blancos, criollos e indígenas, entre hombres y mujeres y que se les estudie detalladamente desde el cráneo hasta los pies. En Matadores de Mujeres coincide con las tesis de la mayor cercanía a la animalidad de las mujeres, pues si la mujer criminal es más sádica, astuta, refinada y cruel es obviamente por su proximidad con lo animal y por su conocida e innata racionalidad inferior.

En realidad, el miedo que inspira la sífilis es un factor más que apuntala el miedo masculino clásico de la civilización occidental hacia el cuerpo de la mujer. Este discurso sifilofóbico está en total armonía con las fisuras percibidas en la moral sexual. La sífilis era el polo negro y amenazador de la sexualidad femenina, y el discurso que habla del riesgo, fue eficaz dentro de la estrategia global llevada a cabo para intentar frenar el desmoronamiento de los valores «tradicionales». Entra dentro de la reflexión global sobre la sexualidad sometida al remado del discurso médico.


 

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