Francisco Javier González Errázuriz

Francisco Javier González Errázuriz es Doctor en Historia por la Universidad de París I, Magister en Ciencia Política de la Universidad Católica de Chile y Licenciado en Historia de la Universidad Católica de Valparaíso. Desde hace más de 10 años trabaja en la Universidad Adolfo Ibáñez, donde es jefe del departamento de Historia de la Facultad de Humanidades. Imparte ramos de Historia de América e Historia de Chile. Actualmente trabaja en diversas investigaciones sobre la influencia europea en Chile durante el siglo XIX.

 

RÉSUMÉ

La influencia cultural francesa durante buena parte del siglo XIX fue de gran importancia en el desarrollo político, cultural, económico y social de Chile. Tal influencia se manifestó en diversos aspectos de la vida nacional. En el presente artículo se pretende mostrar como “lo francés” afectó la vida social chilena en la segunda mitad del siglo XIX.

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TEXTE INTÉGRAL

 

Las manifestaciones de la cultura francesa en Chile durante la segunda mitad del siglo XIX no solo abarcaron el ámbito intelectual. También el diario vivir, con sus costumbres, modas, construcciones, formas de sociabilidad, etc., fue cántaro donde se depositó el influjo que venía del país europeo. Y por lo mismo que en los estilos de vida se tiende a la imitación, este influjo francés en lo cotidiano no solo afectó a la clase alta nacional, sino que, además, en distinta medida y de diversa maneras, también abarcó a una clase media urbana y a las elites regionales. Por esta razón, no es extraño que tanto para nacionales como para extranjeros, la sociedad criolla, en su vida de relaciones sociales como en la intimidad de la familia, presentase muchas formas que la acercaban a lo que en aquella época se denominaba “vida a la francesa”. Y en la medida en que se ascendía en la escala social, esas formas pasaban a ser, si no un retrato, al menos una copia – elegante o burda – de ese vivir de la alta sociedad parisina.

  1. Modas, costumbres y decoración

La moda de París

Si en la actualidad, aunque en disputa con Milán, la ciudad de París sigue siendo capital de la moda mundial y lo que allí se haga o diga al respecto tiene repercusiones inmediatas en el resto del mundo, en el siglo XIX su predominio en el campo de la costura era indiscutido. Y al igual que hoy, esa moda parisina se expandió por todos los continentes.

Desde mediados del siglo XIX, en las clases altas el vestido estuvo muy relacionado con las relaciones sociales. Cada circunstancia exigirá una tenida específica, por lo que habrá atuendos para cada ocasión: mañana, tarde, ceremonias oficiales, bailes, cenas íntimas, cenas de gala, recepciones, Opera, paseos, etc. La elección del vestido, el tipo de género, el sombrero, etc., estará sujeta a un verdadero ritual en el que no podían cometerse errores sin hacer prueba de falta de educación. El respeto de estos usos venía del mundo de la alta sociedad, pero también era observado por les demi-mondaines. Con relación al estilo de la moda, para el caso de las mujeres, éste se caracterizará por la amplitud de las formas, la abundancia de la ornamentación, la profusión de los accesorios, la ariedad de las telas y una estricta reglamentación respecto a la manera de usarla.

En la difusión de la moda francesa al resto del mundo jugó un papel de primer orden la creación de los Grands Magasin y su sistema de venta por catálogos. También fueron importantes las crónicas sobre el tema aparecidas en diversos periódicos y revistas, como también la creación de publicaciones especializadas que, vía correo, llegaban a las manos de los futuros consumidores. Indudablemente que el viaje a Francia igualmente representó una excelente oportunidad de conocer las nuevas tendencias y renovar la indumentaria.

En el caso de Chile, la moda francesa se fue imponiendo paulatinamente hasta, ya a fines del siglo XIX, predominar en las clases altas y medias, no sin por ello dejar de tener cierta influencia en los sectores populares. Fue un proceso paulatino iniciado inmediatamente después de la independencia. En 1821, por ejemplo, el almirante francés de la Graviere, que arribó a Valparaíso en misión oficial con dos buques de guerra, informaría que las mujeres de la alta sociedad porteña mostraban una clara inclinación a las modas y maneras francesas.3 Un año después, otro oficial naval de ese país, el almirante Mackau, tendrá una impresión similar respecto a las damas de Valparaíso y Santiago:

…las mujeres solo aprecian las modas y vestidos franceses.

Lo señalado por los marinos en los comienzos de la vida republicana del país correspondía a la imagen de un grupo de mujeres que, por su posición social, cultura y riqueza habían comenzado a situarse en los lindes de una vida más europea. Pero deberán pasar muchos años para que la moda llegada desde Francia comenzara a generalizarse. El diplomático de esa nación en Chile Charles Wiener, que por haber servido su cargo por muchos años en este país estaba en inmejorables condiciones para ser testigo agudo de los cambios que se producían en la sociedad chilena, indicaba en 1888 que hasta fines de los años 1850 todavía las mujeres se vestían con una ropa tradicional donde predominaba indiscutiblemente el tan criollo manto. Pero señalaba que esa costumbre se había perdido en los años posteriores, quedando reservado el uso de esa prenda solo para asistir a los actos de culto.

Años antes, en 1877, otro diplomático acreditado en Chile, el Ministro Plenipotenciario de Inglaterra, Horacio Rumbold, en informe enviado a la Corona sobre la situación del país, entre múltiples noticias relevantes, indicaba que

…los modelos de elegancia chilenos eran todos franceses.

La moda francesa se podía apreciar no solo en las calles y salones de las grandes urbes chilenas, pues en localidades menos importantes igualmente imperaba. Por ejemplo, en la ciudad de Los Andes en realidad hasta fines del siglo XIX no pasaba de ser un pueblo de 3.500 habitantes -, puerta de entrada al país si se venía desde Argentina, Thédore Child se encontró con la sorpresa de que las pocasmujeres que allí divisó estaban vestidas a la última moda parisina:

En Los Andes me encontré con algunos oficiales, empleados de oficinas, comerciantes y una docena de damas que llevaban sombreros a la moda parisina del año anterior.

No siempre la moda francesa que usaban las mujeres chilenas coincidía con la que utilizaban las

parisinas. Esto, que podría parecer extraño, tiene una explicación. Muchas veces en los figurines donde aparecían los dibujos y los patrones de los vestidos- que llegaban desde París se presentaba una alta costura muy sofisticada que usaban muy pocas damas. En América algunas creían que esa era la moda normal y se mandaban a hacer el vestido en cuestión. Una anónima dama aristocrática argentina que escribió en 1889 La Vida en París fue testigo, al llegar a esa ciudad, de ese contraste que producía la vestimenta de las aristocráticas americanas con la de las ciudadanas francesas.

Antes de venir yo aquí, tenía la creencia de que los figurines que nos mandan a Buenos Aires representan siempre la moda, y que ésta cambia a cada rato, como parecen indicarlos aquellos. Pero nada de eso existe. Las modas poco cambian aquí, sobre todo en los trajes y tapados… Las señoras que piden sus trajes a París y que critican muchas veces que de aquí les mandan pocas novedades, deben dejar de asombrarse y créer menos en los figurines, que, si algunas veces representan la moda, en la mayor parte de los casos, no hacen sino reproducir un modelo que alguna de las grandes casas propone, para ver si se acepta y para llamar la atención sobre ella…

En Chile de igual forma se producía el fenómeno planteado en el párrafo precedente y que llevaba a muchas señoras, y a más de algún caballero, a vestirse con modelos que, en la vida diaria, seguramente hubiesen llamado la atención en París. El mismo Théodore Child, antes citado, al llegar  a Santiago pudo comprobar las diferencias producidas entre la moda local y la de su país natal. Refiriéndose a tradicional paseo a la Plaza de Armas los días domingos, el viajero anotaba:

…Las mujeres y los niños hacen gala de los trajes parisinos, pero estos trajes, en muchos casos, son de tono excesivo, incluso se diría que son modas extravagantes que el buen gusto de la capital francesa rechaza adoptar y que los exportadores inescrupulosos han exportado a estas tierras…

Como se puede apreciar, las publicaciones especializadas en asuntos de moda eran de gran importancia para conocer lo que se usaba, o se creía que usaba en París. En Chile estas publicaciones fueron conocidas bajo el nombre genérico de figurines, en alusión a los excelentes dibujos, muchas veces en colores, con los que se presentaban los modelos. Tanto los comerciantes como los particulares los utilizaban para escoger sus preferencias. Una vez realizada la selección del vestido o traje que gustaba existían dos posibilidades: importarlo directamente a la tienda parisina que lo ofrecía, o, si venía el patrón del vestido (molde con los cortes y medidas) se podía mandar a hacer a una buena costurera.

Entre la prensa dedicada a la moda, una de las más famosas en Chile, entre otras cosas porque se editaba en español, fue La Elegancia de París. Periódico quincenal editado en París por Francois Brachet, dedicado a la moda y que contenía figurines, patrones y noticias sobre el tema. Sus agentes en Santiago y Valparaíso fueron los señores Santos Tornero e hijos. Junto con presentar los modelos, en cada ejemplar se hacían comentarios explicativos de las nuevas tendencias y lo que se estaba usando como trajes de soirée, de calle, de noche, etc.10 También destacó La Mode Illustrée, editada entre 1886 y 1912 y que se caracterizó por una gran calidad de impresión.

También varias publicaciones periódicas chilenas de la época incorporaron a sus páginas comentarios sobre la moda parisina. Y algunas llegaron a tener su propio “corresponsal” en París. Así, La Revista Nueva, editada a fines del siglo XIX por el librero Carlos Baldrich, publicaba en todos los números una carta enviada por una supuesta chilena desde la ciudad del Sena con sus comentarios:

…actualmente dominan las pieles. Los trajes con astracán, cibelina, karakul, nutria… En asunto de adornos, el éxito corresponde a los zorros…

Con el paso de los años, en las principales ciudades chilenas se fueron abriendo grandes tiendas que importaban la moda parisina y también la fabricaban en el país de acuerdo a los patrones dictados en esa ciudad europea. Sus vitrinas y dependencias ofrecían una buena oportunidad de conocer los nuevos dictados de la de la alta costura. Algunas de esas firmas fueron A la Belle Jardiniere, fundada en la ciudad de Concepción en 1875 por el ciudadano francés M. Pouey, dedicada a la confección y con secciones para caballeros y señoras;13 La Casa Francesa, fundada en Santiago en 1857 por Simon y Cia. – sucursal de la parisina Grand Maison que era similar a las tradicionales Printemp y Le Bon Marché-; Burgalat, la más elegante en moda femenina y la Casa Pra y Cia., con establecimientos en Valparaíso y Santiago. El arquitecto Joannon hizo de su local en Santiago un pequeño Bon Marché, con imponentes vigas de fierro, ascensores, mostradores modernos, secciones, salones, etc. La Casa Pra había traído modistas y cortadoras desde París para confeccionar en Chile las diversas prendas.

Indudablemente que solo las tiendas más importantes podían darse el lujo de traer modistas y cortadoras desde París. Pero eso no quiere decir que otras que se dedicaban igualmente a la confección de vestuario no recibiesen una influencia francesa, aunque esta vez indirecta, de la mano de quienes trabajaban en sus talleres. Las principales modistas santiaguinas habían estudiado en la Escuela Profesional de Niñas, donde se enseñaba modas, lencería, bordados, guantería, tejidos, cocina, etc. A fines de la década de los ochenta la directora de la sección moda y profesora de vestuario era la francesa Melina Thévenot.16 Igualmente eran franceses los profesores de guantes (Alberto y Emilia Meriot) y marroquinería (José Rien). En la sección cocina la profesora también era francesa (Luisa Remy).

No es fácil dimensionar de manera exacta la cantidad de productos relacionados con la moda importados desde Francia y las divisas que en ello se ocupaban. Pero aún considerando los errores de las estadísticas oficiales – lo común era que en la Aduana se señalase la procedencia de los productos de acuerdo a la bandera del barco que los transportaba, por lo que, como consecuencia de la supresión de los paquebots franceses en los primeros años de la década del setenta, un porcentaje importante de los artículos importados de Francia eran embarcados en vapores ingleses, produciendo graves distorsiones en los registros. El detalle de las estadísticas comerciales refleja que la importación de productos relacionados con la moda era muy considerable.19

Las cifras hablan solas. En 1872, por ejemplo, llegaron a Chile desde Francia 163.812 camisas de diverso tipo, 172.476 pares de calzado para damas, 361.066 sombreros y 78.522 pares de guantes. En los años posteriores se aprecia, salvo ciertas excepciones, una disminución en las cifras, pero coinciden con el problema estadístico señalado anteriormente. En todo caso siguen siendo números importantes que reflejan una clara presencia de la moda francesa en el Chile de finales del siglo XIX.

Lo francés en las costumbres.

Lo francés producía admiración y como la admiración suele tender a la imitación, consciente o no, en la sociedad chilena, sobre todo en las elites, ciertos usos y costumbres propias del país europeo comenzaron a ser parte de la vida diaria. A ello contribuyeron los chilenos que habían viajado y residido en París una temporada. Muchos de esos hábitos fueron asimilados de manera digna y contribuyeron a la sociabilidad y el progreso. Pero también hubo costumbres que, por ajenas y no acordes con la idiosincrasia nacional, ya en la época a varios parecieron ridículas y exageradas. Jóvenes con aire de dandy que usaban un lenguaje rebuscado en el que forzosamente tenían que aparecer palabras y giros en francés podían ser considerados como extravagantes. Una dama demasiado afrancesada era candidata a ser catalogada de cursi. Y caer en situaciones como las descritas no era algo demasiado raro. El literato y diplomático chileno Alberto Blest Gana, en sus novelas santiaguinas que reflejaban a una sociedad, presentaba personajes de este tipo. Imposible no recordar los ridículos modos de Agustín Encina en su novela Martín Rivas.20 Encina representaba lo que en París era un gommeux, y si bien era un personaje ficticio, tuvo en Chile sus colegas de carne y hueso. El belga Eugéne Robiano se los encontró en la Alameda de Santiago:

Es en este lugar donde el “gommeux” de la ciudad viene a mostrar la gracia perfumada de su pequeña persona, el encolado de su chaqué, la suavidad de sus formas o el arte con el que él conduce su caballo. Es aquí donde el hombre, con aire meditabundo y postura grave, saca a relucir sus condecoraciones, paseando en el fondo de su carruaje los sueños de una ambición que crece sin cesar, y se estudia sobre todo como darse, para la galería, aires de hábil político o de pensador profundo.

También Charles Wiener encontró en Chile una juventud con aires afrancesados, huecos de pensamiento y vacíos de corazón:

Son en Chile tan bulliciosos e inútiles como entre nosotros; y en Santiago creen, como en París, que se divierten cuando gastan, sin ton ni son, su plata y su juventud. Dejémoslos, pues, en sus saloncitos privados donde comen langostinos excelentes que, a orillas del Mapocho, reemplazan a nuestras crevettes…

Alberto del Solar fue uno de los críticos de esa extremada facilidad en adoptar costumbres ajenas por parte de ciertos chilenos:

… la “nouveauté” tan perseguida nos parece desde luego cosa propia, y la usamos adoptándola no sólo de igual manera, sino que las más veces, de manera exagerada, que en ocasiones, degenera en ridícula.

La adquisición de nuevos patrones de conducta por parte de algunos miembros de la aristocracia les significó el debilitamiento de esa sobriedad y modestia que los había distinguido. La sugestión ejercida por lo francés los empujó hacia un mayor lujo y refinamiento que los distanció material y espiritualmente de los sectores populares.24 Sin las grandes riquezas amasadas a partir de la década del setenta no hubiese sido posible ese cambio de estilo de vida. Ya en 1877 el Ministro plenipotenciario de Inglaterra en Chile, Horacio Rumbold, había dado cuenta de los cambios de la aristocracia al adoptar costumbres lujosas y derrochadoras.

Gran importancia tuvo en la transformación de hábitos de los chilenos la Exposición Internacional de Santiago de 1875. Allí se presentaron modas, inventos, carruajes, decoración, vajillas, cuchillerías, etc., provenientes de Francia y otros países europeos que despertaron el interés de muchos. Sensación causaron los coches de las fabricas Milion Guiet y Binder, a tal punto que se hicieron populares entre todas las familias pudientes. Algo similar ocurrió con los amueblados de Krieger, los plaqués de Christofle y las porcelanas de Limoges.

Quizás en esto de asimilar usos francesas fueron las mujeres chilenas las que más se destacaron. Es que es condición de la naturaleza femenina el encanto, esa mezcla de coquetería refinada y buen gusto en el comportamiento social. Y precisamente siendo las damas parisinas maestras de la charme, se constituyeron en modelos para el resto. No solo importaba vestirse a la última moda, sino que, literalmente, había que actuar según las instrucciones que llegaban desde la capital francesa: cubrir con el abanico un posible sonrojo producido por la mirada indiscreta de un desconocido, pero a la vez mostrarle los ojos; en los paseos públicos aparentar indiferencia frente a los admiradores; juguetear con el quitasol con el fin mostrar y a la vez ocultar; en la calle y durante la mañana caminar con rapidez, pero en la tarde y en los paseos hacerlo con más lentitud y cadencia, etc. Estas costumbres, y muchas otras, se hicieron comunes y normales, de tal modo que el juego de la coquetería con desconocidos, antaño quizás no bien visto, pasó a ser considerado parte de la gracia de toda mujer bella.

Al igual que en el París del Segundo Imperio y de la Tercera República, en Chile, y principalmente en su capital, la sociabilidad en esa época se fue volcando también hacia los espacios públicos. Un terreno fiscal de más de ochenta hectáreas, destinado antes a Campo de Marte (lugar de instrucción de las tropas), fue entregado en 1870 a Luis Cousiño. Este, de su peculio, lo transformó en un paseo público al estilo del Bois de Boulogne. Contaba con más de ocho kilómetros de caminos y senderos interiores, un lago con islas, puentes y embarcaderos, viveros, restaurante, pabellón de música y un cuerpo de guardabosques uniformados.27 Tal paseo y el de la Quinta Normal, que más de algún osado de buena gana quiso compararlos con los respectivos Bois de Boulogne y de Vincennes, se transformaron en lugares de encuentro de la alta sociedad que, al igual que en París, acudía a ellos en elegantes carruajes tirados por caballos de raza.

En general, se puede decir que el ambiente de la ciudad se contagió de los nuevos usos parisinos, dándole a Santiago un aire distinto.

Lo que más llama la atención a un extranjero, después de la situación verdaderamente admirable de la ciudad -informaba Horace Rumbold-, es la atmósfera de comodidad aristocrática y de discreción que aquí reina… Largas calles tranquilas en las que se encuentran casas particulares, la mayor parte construidas sobre el modelo de las mansiones de París y algunas de ellas con un estilo bastante más ostentoso, de tiempo en tiempo animadas por el paso de un elegante carruaje con buenos caballos, iguales a los muchos que se ven en Bois de Boulogne (los modelos de elegancia chilenos son todos franceses); igualmente se ven mujeres muy bien vestidas y de apariencia distinguida, paseando a lo largo de las veredas bien conservadas… Todo lleva a preguntarse si no será este el lugar de residencia de una corte espléndida y tranquila, ortodoxa y amante del lujo, más que el centro de un pequeño Estado democrático activo y laborioso.

En la vida privada, en las reuniones de salón, las visitas y las recepciones, también se apreció un cierto afrancesamiento de las costumbres. El mismo hecho de que el tradicional “sarao” criollo ecepción donde se alternaba la música, el baile, la conversación y la comida- recibiese a fines del siglo XIX en ambientes refinados y en la prensa local el nombre francés de “soirée”, es muy decidor. Pero ese cambio de nombre obedecía a que ahora la música, los bailes y, a veces hasta la misma comida, no eran los mismos de antes. Las tradicionales danzas habían sido reemplazadas por valses, polkas, mazurcas, cuadrillas y lanceros.

El gusto por lo francés lo inundaba todo y no dejaba de sorprender a quienes eran oriundos de esa tierra de paso por Chile. En 1894, el hijo de Carnot visitó Chile y tuvo oportunidad de asistir a una fiesta en casa de los Antunez Cazote, a quienes había conocido en París. En unas declaraciones, en lasque bien podía haber mucho de educado halago a los anfitriones, decía:

Si me hubiese trasladado aquí, con los ojos cerrados, de una fiesta parisiense habría jurado que todavía me encontraba en ella… He visto en otras ciudades de América el mismo lujo en el amueblado en la decoración, pero en ninguna he encontrado esta suprema elegancia de figuras y vestidos, esta rara harmonía de la gracia y la severidad en el espíritu…

Juan Agustín Barriga, en un discurso en la Academia Santo Tomás en 1887, protestaba que en Chile las costumbres y los gustos se habían afrancesado en extremo.30 Él lo veía desde una postura crítica, pero debe reconocerse que muchos de los cambios adoptados por la aristocracia contribuyeron a un mayor refinamiento y educación elevando, por tanto, el nivel de sociabilidad.

Una decoración francesa.

El gusto por lo que Francia era y producía no solo se reflejó en lo formal, pues en el aspecto material de la vida también se buscó, y con mayor razón, ese buen vivir francés que se manifestaba, entre otras cosas, en múltiples detalles de decoración y ornato. La ciudad de Santiago, desde un punto de vista urbanístico, a partir de los años setenta mostraba cambios sorprendentes que le daban ciertos aires europeos. Los viejos solares dieron paso a magníficas construcciones realizadas, la mayoría de las veces, por arquitectos franceses. Las polvorientas o embarradas calles – según fuese verano o inviernode la urbe se transformaron en arterias adoquinadas, con aceras niveladas y buenos sistemas de drenaje. Pero no solo en el aspecto estético exterior la ciudad cambiaba. Igualmente los nuevos edificios particulares y públicos, acordes con su prestancia y estilo, fueron decorados con profusión de objetos de ornato provenientes de Europa y, principalmente, de Francia.

Según el testimonio de Ramón Subercaseaux, la Exposición de Santiago de 1875 tuvo gran efecto en la transformación de los gustos de la clase dirigente y, por difusión, en otros sectores sociales. El gobierno y los comerciantes franceses se habían preocupado de mostrar en esta Exposición lo mejor de su industria y de sus artes con el fin de expandir el comercio en Chile y también en el resto de América. De acuerdo al informe enviado al Ministro de Marina Francés por el Contralmirante Périgot, Jefe de la División Naval del Pacífico ese año, la muestra de los productos nacionales había resultado todo un éxito:

Invitado por los miembros del Comité Francés de la Exposición Universal [sic] de Chile, asistí con M. De Bacourt, nuestro Encargado de Negocios, a la fiesta dada en Santiago por los expositores franceses y pude constatar con gran placer que los productos de nuestra industria ocupaban el primer plano en esta Exposición

Resultaba del todo lógico que, existiendo un mayor poder adquisitivo producto del enriquecimiento, y teniendo la posibilidad de adquirir objetos de decoración que en Chile no se fabricaban, las clases superiores se volcaran hacia la decoración de origen francés. Domingo Amunátegui Solar, decano de la Facultad de Humanidades y Bellas Artes de la Universidad de Chile, en su Memoria Anual de 1894, justificaba el porqué Chile estaba, y estaría por mucho tiempo, sujeto a esa dependencia de la decoración europea:

Por muchos años permaneceremos esclavos de las bellas artes europeas… Compraremos cuadros y esculturas europeas; emplearemos en el edificio de nuestros palacios y de nuestras casas de lujo arquitectos europeos… Esto, sin embargo, no debe desanimarnos… Las naciones europeas han atravesado un largo período de ensayos; nosotros tenemos a la vista modelos perfectos, y podemos aprender bajo la dirección de maestros eximios.

Las familias más pudientes y más viajadas fueron las que con mayor boato decoraron sus hogares. Para ellos, al igual que la aristocracia francesa, el amueblamiento y alajamiento de sus hogares no solo era un asunto estético, sino que también tenía un rol social: marcaba la pertenencia a un medio.

Y como ocurrió con las transformaciones en la moda y las costumbres, también hubo críticos de lo que consideraban excesivo lujo en la decoración. Uno de ellos fue el portorriqueño Eugenio María de Hostos, radicado en Chile por motivos políticos:

El bienestar individual, resultante de la prosperidad social, ha despertado el gusto de lo bello en algunos poderosos validos de la fortuna, y ha empezado a formarse un museo doméstico, creación adulterina de la vanidad y el lujo. Ya han llegado algunas colecciones de cuadros, de acuarelas, de grabados, de dibujos, una estatua…

Como es lógico, no todos tenían la posibilidad ni los medios económicos para comprar obras de  decoración francesa de alto nivel artístico. Entonces debían recurrir a las imitaciones o falsificaciones realizadas generalmente en serie. De hecho se había desarrollado en Francia un activo comercio de esta índole que tenía su centro principal en Marsella.

Según los informes que me han dado -escribía en 1875 el mexicano Ignacio Martínez-, aquí en Marsella se falsifican casi todos los artículos franceses y sobre todo los de París; así es que varios negociantes extranjeros en vez de proveerse de sus artículos directamente de París, lo hacen de esta plaza, de donde los reciben convenientemente imitados y a precios muy bajos.

En Chile fue costumbre decorar con estas falsificaciones que, seguramente, en la mayoría de los casos se compraban como tales, pero a la hora de presentarlas se mostraban como originales, pues socialmente podía resultar comprometedor reconocer su dudosa procedencia.

…se compraba – recuerda Ramón Subercaseaux- con todavía mayor estimación el lote de estatuas de pacotilla, cinceladas en mármol florentino, y miles de otros objetos de arte falsos que salieron de europa adeslumbrar por primera vez en nuestras apartadas playas.

Algunas casas comerciales francesas en Chile importaban estas reproducciones de objetos de arte, pero eran vendidas como tales y no como originales. Con ello se permitía al público con menos recursos acceder también a la ornamentación francesa. En 1890, por ejemplo, las Casa Pra y Cia anunciaba que en el mes de septiembre de ese año llegarían

objetos de arte, últimas reproducciones de París.

Así como la moda francesa también se confeccionó en el país, muchos objetos de decoración y de uso diario igualmente fueron fabricados en el territorio nacional por franceses. La Casa Muzard, por ejemplo, fundada en 1855, que se inició con la importación de amoblados, a partir de 1875 instaló su propia fábrica de muebles de estilo. También se destacó la fabrica de muebles Pateck. En el rubro de la construcción de carruajes destacaron las fabricas de Bardeau, Saintubéry y Patry. Y en la fabricación de arneses y sillas de montar la Maison Coudeau. Las cortinas y tapices elegantes eran confeccionados por la Maison Aninat, etc.

  1. Lo francés en la ciudad y las instituciones.

La influencia de la arquitectura francesa.

Fruto de los trabajos realizados por el Prefecto Haussmann, París se había transformado sin discusión en la ciudad más hermosa de Europa. Su belleza y esplendor atraían y eran fuente de inspiración de muchas proyecciones urbanísticas que se realizaban en otras ciudades de Francia y Europa. Y para los viajeros latinoamericanos que la conocían no dejaba de invitarlos a soñar al compararla con sus atrasadas ciudades coloniales. Benjamín Vicuña Mackena fue uno de aquellos viajeros soñadores que, a diferencia de otros, pudo plasmar en la realidad muchos de esos sueños desde su cargo de Intendente de Santiago (1872-1876), convirtiéndose en verdadero artífice de la transformación de la ciudad.

Hasta 1850 la capital de Chile – y con mayor razón las otras ciudades del país – era una villa colonial sin mucha gracia donde primaba una arquitectura colonial de un piso y de adobe. Trazada al estilo damero, poseía pocas plazas y espacios públicos. No había todavía alumbrado a gas, por lo que cada vecino debía prender una vela de cebo en un farol a la entrada de la casa. Esta duraba de 10 a 11 P.M. Después reinaban las penumbras. Los edificios eran casi los mismos que la Colonia había dejado en pie… La Moneda, ahora era el Palacio de Gobierno, el Palacio del Tribunal del Consulado, las Cajas Reales, la Real Audiencia, la Aduana, el Puente de Cal y Canto, la Universidad de San Felipe, eso era todo. Las iglesias, con Santo Domingo a la cabeza, la de San Agustín, la de San Francisco, monumentales algunas, sin belleza casi todas, antiguas y remotas otras, no podían dar ni la sensación de riqueza ni de arte… El país era pobre. La ciudad también lo era.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX la fisonomía de Santiago comenzó a cambiar en forma vertiginosa y en ello le cupo una labor destacada a una serie de arquitectos franceses contratados or el gobierno de Chile. Uno de ellos fue Juan Herbage, quien vino a Chile en 1840 por recomendación del Encargado de Negocios de Chile en Francia Francisco Javier Rosales. Él realizó los planos del Instituto Nacional y de otros edificios públicos de Santiago. También construyó en la ciudad de La Serena la Catedral y la Iglesia de San Agustín.41 En 1878 fue contratado otro arquitecto Francés: Claude Francois Brunet Debaines. Hijo de un arquitecto, era un verdadero profesional que había estudiado en la Escuela de Bellas Artes de París y realizado importantes obras en su patria.

La labor del arquitecto se hizo sentir sobre dos tipos de actividades. En primer lugar sobre la enseñanza de las Bellas Artes, y en segundo término, en la estética arquitectónica, debido a las múltiples construcciones que se le encomendaron. Inició la Carrera de Arquitectura en la Universidad de Chile y escribió un manual llamado Curso de Arquitectura. Siendo arquitecto del gobierno, trabajó en el diseño del primer Teatro Municipal junto a Augusto Charme. El teatro fue construido por el contratista francés Lafourcade.

Sucesor de Debaines como Arquitecto del Gobierno fue Lucién Ambrose Hanault. Nacido en Baziches en 1823, ingresó a la Escuela de Bellas Artes de París en 1844. Allí estudia arquitectura con Le-Bas y pintura con Ingres y Vernet. En 1852 obtuvo medalla de primera clase por su proyecto urbanístico de villa en Choisy. Además restauró varios castillos al norte de Francia, entre ellos el celebre de Montigny. Recomendado por el Ministro Plenipotenciario Blanco Encalada, llegó a Chile en 1857. Plasmó sus conocimientos en la cátedra y en diversos proyectos como la terminación del Teatro Municipal, el edificio del Portal Fernández Concha (Plaza de Armas), el pasaje Bulnes, el edificio del Congreso Nacional, el inicio de la construcción de la Universidad de Chile, etc.

La huella de Henault es palpable en las mansiones señoriales que las familias patricias entregaron a su habilidad de constructor. Dibujó las casas de Ignacio Larraín y Javier Ovalle en la calle de Compañía; la de su gran amigo el almirante Blanco Encalada, en la calle de Agustinas frente al Banco Central, hotel a la francesa, donde viviera el diplomático a su regreso de su acertada misión ante Napoleón III; la del Ministro de Relaciones del Presidente Pérez, don Alvaro Covarrubias…; la de otro Ministro y senador, Luis Pereira, en la calle de Huérfanos con San Martín… En Valparaíso inició la construcción de la Iglesia de los Sagrados Corazones. Regresó a Francia en 1874. Sus últimas obras en Chile fueron el Banco Mobiliario y los planos para la modernización del Cerro Santa Lucía.

Los arquitectos franceses contratados por el gobierno chileno no solo dejaron su huella a través de diversas obras. También supieron formar discípulos que continuarían con su estilo, tales como Manuel Aldunate y Fernando Vivaceta.

Como se indicó en párrafos anteriores, el gran impulso en los cambios urbanísticos de Santiago se debieron al dinamismo del Intendente Benjamín Vicuña Mackena, con la colaboración del arquitecto francés Paul Lathoud. Vicuña Mackena no ocultaba su intención de tomar la ciudad de París como modelo para el nuevo rostro que se le quería dar a Santiago. En 1872, bajo el nombre La Transformación de Santiago, presentó al municipio de la ciudad, al Supremo Gobierno y al Congreso Nacional, una serie de notas e indicaciones sobre los cambios que se debían realizar. Todas ellas iban acompañadas de lo que al respecto se había efectuado en París. Así, por ejemplo, al proponer varias medidas de saneamiento del barrio popular La Chimba (rivera norte del Mapocho), señalaba que era preciso erradicar, al igual como se hizo en la capital de Francia, todos los conventillos por ser éstos fuentes de insalubridad. Al referirse a la pavimentación de las calles indicaba:

EMPEDRADOS: Los que se usan en París son el Macadam, el adoquín, el asfalto común y aquel que teniendo vulgarmente este nombre, es compuesto de una tierra mineral o cimento que se llama bitume. De esta sustancia se compone el pavimento de las calles Saint-Honoré, Richelieu, Vivienne y las de los alrededores del banco y de la bolsa. Es el pavimento más hermoso que yo he visto.

Respecto al ancho y el estilo del camino de circunvalación de la ciudad, proponía como ejemplos la Avenue des Champs Elysee en París y la Avenue de Montreuil en Versalles.46 Y como estos, sugería muchos ejemplos parisinos para adoptar en Santiago. El impulso urbanístico del Intendente fue notorio, al punto que una revista parisina comentaba en 1873:

En Santiago solamente, en el año 1873 se han construido 314 edificios públicos, con un costo de 3.939.430 piastres.

Unido a su conocimiento personal de la capital europea, Vicuña Mackena pidió a su amigo Claudio Gay (científico francés que había trabajado en Chile al servicio del gobierno) que le enviase material bibliográfico desde París para poder sacar ideas. En carta enviada por éste el 7 de junio de 1872 le decía:

He sabido felizmente su nombramiento de Intendente, porque con sus conocimientos, sus gustos, sobre todo con la experiencia adquirida en sus numerosos viajes, Ud. podrá ser útil a una capital que ya brilla por la belleza de sus monumentos públicos y privados.

Y en otra carta, esta vez del 31 de agosto de ese mismo año, el científico y ex miembro de la Academia le señalaba:

Parece que usted gasta una prodigiosa actividad en embellecer Santiago y también asegurarle una administración bien segura. Todos mis amigos me lo dicen elogiosamente y yo me alegro, como Ud. sabe, porque todo lo que está en favor de mi buen Benjamín me encanta y me satisface… Este trabajo exigirá, sin dudas, mucha plata; pero estoy seguro que, con su prudencia, Ud. lo conseguirá poco a poco y Ud. No imitará a nuestro famoso Haussmann, que con sus dos mil millares de gastos ha arruinado o por lo menos ha comprometido por mucho tiempo la caja de nuestra Municipalidad….

Queriéndolo o no, igual Vicuña Mackena se transformó en el pequeño Haussmann para sus compatriotas y así se lo hacía saber su amigo Gay en otra misiva:

Todas las cartas que recibo de Chile me hablan con admiración y entusiasmo de mi buen Benjamín; y este concierto de homenajes hace también eco en París, en donde no hay un miembro de la colonia chilena, que aquí es bastante numerosa, no tome parte en él. Todos con gran contento se enorgullecen de la brillante transformación que comienza a tomar Santiago bajo su activa e inteligente Intendencia. Es un Haussmann en miniatura que poseemos, dicen, y que con el tiempo y nuestra gran prosperidad esta capital va a llegar a ser la ciudad de gusto y placer de la América del Sur, como París lo es de Europa entera y lo será todavía por mucho tiempo, a despecho de la brutal barbarie de la innoble y venal Prusia…

Del material enviado por Gay el Intendente sacó, entre otras, ideas para completar la transformación del cerro Santa Lucía, convirtiéndolo en un paseo que se transformó en orgullo para la ciudad y en centro social. Poseía varias terrazas y miradores, pérgolas, fuentes de agua, senderos empedrados, plazoletas con bancos, kioscos, un teatro, forestación con especies autóctonas y extranjeras, etc.

En su informe a la Corona Británica, Horace Rumbold daba cuenta de los trabajos del Santa Lucía en los que se habían invertido 2.210.865 francos. Criticaba su magnificencia y el que se hubiese gastado ese dinero que podría haber servido para cosas más útiles como arreglar el estado de algunas calles o aumentar el salario de la policía.51 No dejaba de tener razón, pues el estilo europeo de la ciudad solo se circunscribía al centro de la misma, quedando sus arrabales en el más completo abandono. Por algo el mismo hijo del citado Intendente escribiría años más tarde:

Santiago es una ciudad de palacios europeos, rodeada de un vasto caserío sucio y malsano. Su pavimento es malo. Sus carruajes son feos… Muchas iglesias, mucho lodo… Fuera del centro comercial los servicios municipales dejan mucho que desear… Como no es una ciudad de gran comercio, su parte central es la más habitable. Ahí están las casas de los ricos, palacios de la más variada y seductora arquitectura…

Pero si los suburbios permanecían en el abandono, el centro de Santiago había cambiado de fisonomía: calles anchas franqueadas por casas estilo petit hôtel parisino53, importantes paseos Parque Cousiño, Quinta Normal y Santa Lucía), edificios públicos de formas europeas, pavimentación, alumbrados, sistemas de transporte colectivo, etc. Y esto no pasó desapercibido para los extranjeros. Los relatos de Child, Avenel, Robiano, Wiener, Rumbold, Coppin, Bellesort, Maynard y Cotteau, coinciden al señalar, de diversas maneras, ese aire francés que encontraban en la ciudad.

Los habitantes de la capital se sentían orgullosos de las transformaciones de la ciudad. A veces, con más exageración que realismo, de buena gana tendían a hacer comparaciones con algunos lugares de París. Al respecto, C. de Cordemoy escribía:

En Chile se compara de buena gana la Alameda con los Champs Élyse.

Le Magasin Pittoresque, en un artículo sobre las ciudades de Santiago y Valparaíso, también hacía referencia a estas comparaciones:

Los habitantes de Santiago llaman a esta ciudad “el París de la América del Sur”. Para justificar tal nombre se muestra a los extranjeros numerosos edificios, algunos de ellos muy destacados, largas avenidas bien trazadas que están flanqueadas por edificios que siguen el estilo de los construidos en París, bellos paseos donde circulan elegantes carruajes que no desentonarían en ninguna ciudad europea…

Y el redactor de la revista francesa le concedía el mérito de ser, al menos, un pequeño París, pero con una salvedad:

Si se quiere, es un pequeño París, pero un París donde se trabaja poco.

Lo francés en algunas instituciones.

La vida social de una comunidad se articula en las relaciones, privadas o públicas, entre sus miembros. Y en este contexto las instituciones que la sociedad se ha dado para su organización, gobierno y desarrollo ocupan un rol esencial. Ellas, junto con cumplir las funciones para las que fueron creadas, generan una dinámica de comunicación estableciendo lazos e influencias entre las organizaciones y los individuos. Su presencia y acción son parte de esa vida común que transforma a un grupo de personas en sociedad. Y al igual que los particulares, están sujetas a influencias externas determinadas por las posiciones que adopten, la estructura que se den o, simplemente, por los miembros que las componen.

En Chile el influjo francés además se expresó en la vida de las ciudades a través de una serie de organismos e instituciones. Esa influencia se manifestó en ideas o incluso aspectos materiales copiados desde la nación europea. Pero, sin lugar a dudas, muchas veces tal influencia fue el resultado de la presencia en ellas de ciudadanos franceses. Así, tanto entidades estatales como la Universidad, el Ejército, los Ministerios, los Ferrocarriles, etc., o privadas como la Sociedad Nacional de Agricultura, la Cámara de Comercio, la Sociedad de Fomento Fabril, etc., contribuyeron a ese tono francés que impregnaba lo cotidiano en el Chile de las últimas décadas del siglo XIX.

La Universidad de Chile, institución que tenía una tuición directa sobre todo el sistema educacional y era responsable de los avances científicos y tecnológicos que buscaba el país para su progreso, en su estructura, sus planes de estudio y su profesorado mostró una impronta francesa durante buena parte del siglo XIX. En 1871, Abdon Cifuentes, Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, señalaba claramente que la reorganización de la Universidad decretada por ley de la República en 1842, no había consistido más que en imitar el sistema universitario francés.

Algunas Facultades y Escuelas de la Universidad prácticamente debieron su existencia y progreso a los profesores franceses contratados por el Gobierno chileno. Una de ellas fue la de Ingeniería, área que por su complejidad y constantes innovaciones requería de la presencia de hombres capacitados en el extranjero. Uno de ellos fue el ingeniero Esteban Chamvoux, egresado de la Escuela Politécnica de París y de la Escuela de Aplicación de Metz. Por decisión imperial y a petición del gobierno de Chile viajó a éste país en 1857 para ser instructor del Ejército. Junto a ello sirvió varias cátedras en la Universidad, entre ellas la de Mecánica. Además modificó los planes de estudio de ingeniería para ponerlos al nivel de los últimos adelantos europeos.57 Otro destacado ingeniero francés que trabajó en la Universidad de Chile fue Alphonse Francois Nogués, el cual, junto con realizar diversos estudios geológicos en el país, fue profesor de las cátedras de Física Industrial y de Tecnología en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas. 58 Como los dos profesores citados, en esta misma Facultad entre 1870 y 1890 trabajaron otros 12 maestros franceses de distintas especialidades.

La otra Facultad de la Universidad de Chile donde la presencia de maestros franceses fue importante fue la de Medicina. Destacaron Julio Lafargue en la cátedra de Anatomía y Fisiología, Carlos Sazie en la de Patología General60, Alfonso Thévenot en Patología, Jorge Pettit en Clínica Médica e Higiene y Lorenzo Sazie en Cirugía Operatoria y Obstetricia.61 Respecto a los profesores chilenos, prácticamente todos habían perfeccionado sus estudios en París. Además, prueba del influjo Francés en la Facultad, el idioma oficial en las clases y prácticas médicas era el de Moliere.

También hubo numeroso profesores franceses en Agronomía, Arquitectura, Bellas Artes y Literatura.

El Ejército chileno, hasta antes de su prusianización después de la Revolución de 1891, estaba organizado según moldes franceses. Es preciso recordar que desde los tiempos de la Independencia la presencia de oficiales de esa nación en las filas del Ejército fue muy importante. El primer director de la Escuela Militar, fundada por Bernardo O’Higgins, fue el coronel Georges Beauchef, quien había servido en el Ejército de Napoleón.63 Otros oficiales franceses llegados en esa época fueron el comandante Cramer, los coroneles Blacair d’Albe, Mercher y Viel, y los capitanes Tortel, Lafond de Lurcy y Drouet. También sirvió, aunque por poco tiempo, en las filas de las tropas nacionales el General Brayer, amigo personal de Napoleón.

Estos oficiales fueron los encargados de dar la primera organización al Ejército chileno. Así se lo confidenciaba Bernardo O’Higgins al almirante Mackau en 1822 luego de una revista militar:

… el director Supremo me confió que es gracias a los oficiales franceses que lo rodean que él ha podido formar a los soldados del Ejército.

Pero los contactos con el sistema militar galo no se limitaron solamente a la presencia de oficiales de éste en las filas del chileno. Las buenas relaciones con el país europeo animaron a las autoridades nacionales a enviar a jóvenes oficiales a perfeccionarse en las distintas Escuelas del Ejército Francés. Entre 1844 y 1848 doce fueron los que partieron a Francia. A su vez, el gobierno chileno fue contratando una serie de instructores de ese país para las ramas de artillería, ingeniería militar y caballería. Los favorables vínculos con las autoridades francesas llevaron al Gobierno chileno, en 1870, a solicitar a las autoridades de ese país el envío de una Misión Militar para ayudar en la formación de los oficiales del Ejército. Sin embargo, tal solicitud fue rechazada por el gobierno de Francia argumentando

Que ningún oficial francés deberá ser relevado de sus obligaciones mientras los alemanes ocupen la región de Alsacia.

Además de la influencia recibida en la organización e instrucción, el Ejército chileno también siguió los pasos del francés en el aspecto material: uniformes, armamentos, tácticas, etc. En 1878 Edmond Cotteau escribía:

El uniforme de los soldados chilenos es casi el mismo que utiliza nuestro ejército…

Los estudios de tácticas militares hasta antes de la reorganización del Ejército después de la Revolución de 1891 también fueron copiados del Ejército francés. Una prueba de ello son los anuales mandados traducir por la Sección Técnica del Estado Mayor General.

El modelo francés adoptado por el Ejército fue eficaz y permitió organizarlo según los cánones de los ejércitos modernos que exigían disciplina, movilidad y alto poder de fuego. Tales características logradas por las tropas chilenas no pasaron desapercibidas por algunos oficiales franceses que tuvieron la oportunidad de verlas actuar durante el conflicto con Perú y Bolivia.

Viendo desfilar en Lima a las tropas chilenas – escribía en 1881 el Contralmirante du Petit-Thouars -, infantería, caballería, artillería, en un perfecto orden, bien equipados, los caballos vigorosos… he pensado que si alguna cosa habría que resaltar de los acontecimientos que acaban de suceder en las costas del Pacífico, es seguramente el orden, la perseverancia y la actividad que se ha debido desplegar para traer este ejército de treinta mil hombres desde quinientas leguas desde su punto de partida, haciendo gran número de etapas, es decir, embarcos y desembarcos: En primer lugar de Valparaíso a Antofagasta, después de Antofagasta a Pisagua, de Pisagua a Pacocha, de Pacocha a Pisco, finalmente, de Pisco a Lurin, y todo esto en playas inhóspitas…

La Marina chilena, aunque desde sus orígenes fuertemente influenciada por la inglesa, igualmente recibió cierto ascendiente de su par gala. A ello contribuyeron las siempre cordiales relaciones con los distintos oficiales de los buques pertenecientes a la División Naval destinados a las costas del Pacífico Sur.

Nuestras relaciones con las autoridades continúan siendo excelentes – escribía en 1884 el Comandante Fournier -; los oficiales chilenos nos prestan sus estudios sobre el Estrecho de Magallanes y el Almirante Latorre, a bordo del “Blanco Encalada”, hace interpretar todos los días la Marsellesa cuando se izan las banderas.

Pero los vínculos entre ambas Marinas no quedaron solamente en el aspecto formal. Varios oficiales chilenos se embarcaron en navíos de guerra franceses con el fin de perfeccionar sus conocimientos. Así, por ejemplo, el guardiamarina Avelino Rodríguez viajó a Toulon (Francia) en 1878 para embarcarse en un acorazado de ese país.72 Diez años más tarde, el Teniente 2º Emilio Garín se embarcaría en el acorazado Coubert, de la Flota del Mediterráneo. Resultado de sus experiencias fueel trabajo La Marina Francesa. Grandes maniobras de la escuadra de evoluciones del Mediterráneo, presentado al Contra Almirante Juan José Latorre en 1889. También oficiales navales chilenos fueron invitados a visitar la Escuela Naval, el Arsenal y bassin de Brest, el Arsenal y las fortificaciones de Cherbourg, el Arsenal de Toulon y la Escuela de Artillería de Luis XIV.

La contratación de distintos profesionales franceses para que trabajasen en algunas reparticiones públicas y organismos privados acrecentó ese aire francés que se veía en las principales ciudades y en las instituciones. Trabajaban en los colegios y liceos y en la Universidad, en el Conservatorio Nacional de Música, en la Escuela de Sordomudos, la Escuela Profesional de Niñas, la Estación Agronómica de la Quinta Normal, la Escuela de Artes y Oficios, el Observatorio Astronómico, en los diversos hospitales de Santiago y Valparaíso, la Academia de Bellas Artes, el Ministerio de Justicia, el Consejo de Enseñanza Técnica, la Sociedad de Fomento Fabril, la Sociedad Nacional de Agricultura, el Consejo Nacional de Higiene, etc.

Pero la institución donde más se notó la presencia de franceses fue el Ministerio de Industrias y Obras Públicas y sus organismos dependientes. Como Chile aún no poseía un número importante de ingenieros capaces de realizar obras complejas como los ramales de Ferrocarriles, puentes, caminos, diques, molos, etc., requirió la presencia de expertos extranjeros y estos vinieron, en su gran mayoría, desde Francia. En el año 1889 estaban trabajando 12 ingenieros franceses en la Sección Hidráulica, Caminos y Puentes del Ministerio. En la sección de Arquitectura del mismo trabajaban 10 ingenieros y 3 arquitectos franceses. En Ferrocarriles trabajaban otros 17 ingenieros de esa nacionalidad.

Lo francés en las tablas.

La sociedad chilena, que en las distintas manifestaciones artísticas había adoptado modelos extranjeros, consciente o inconscientemente, también encontró en el arte dramático un medio de vincularse con escenarios europeos. Y en este contexto, la dramaturgia y la lírica francesa igualmente fueron medios de traspasar un aspecto de la cultura de ese país del Viejo Continente. En las últimas décadas del siglo XIX la ópera era un evento artístico – el más selecto -, pero a su vez un acontecimiento social. Por lo general las temporadas se realizaban durante el segundo semestre de cada año en el Teatro Municipal de Santiago y en los teatros Odeón y Victoria de Valparaíso.

La elegancia y el afrancesamiento fueron las notas predominantes del público del Municipal, de esa alta sociedad de Santiago. Cierta ostentación y el cosmopolitismo exagerado eran, sin embargo, hacia 1890, aspectos que distaban bastante de la fisonomía tradicional, austera y patriarcal de la vieja aristocracia criolla. Ahora se trataba de una aristocracia urbana, deslumbrada con las corbatas de Doucet y los trajes de Pinaud; un sector social cuyo estatus provenía no de la hacienda, sino del palacio o de la casa de dos pisos con frente estucado, del palco en el teatro Municipal y del coche arrastrado Cleveland.

Es verdad que más abundaron las compañías líricas italianas que francesas, pero tal como se señala en el párrafo anterior, la atmósfera que rodeaba este arte, es decir toda su connotación social, era una pequeña copia de lo que ocurría en los foyer, plateas y palcos de la Opera Garnier. Pero hay que destacar que hubo algunas compañías francesas que montaron diversas funciones en Santiago y Valparaíso. Una de ellas, que efectuó giras en Chile en cuatro oportunidades, fue la Compañía Lírica Francesa. Entre otras actuaciones le correspondió la inaugural del teatro de la Victoria de la ciudad porteña el domingo 25 de septiembre de 1886, en la cual ofreció Mignon de Thomas.

La función de estreno – recordaba Roberto Hernández en 1928 – correspondió a la Compañía Lírica Francesa, con “Mignon”, que la desempeñaron Mlle. Claire Cordier, Mme. Vallée y los señores Andrien Barber, Phoer, Dreux, Augier, Lespinasse y Friederic. La Cordier era una simpática y graciosa artista, dotada de las cualidades que se requieren para el teatro lírico: voz, alma y talento. El tenor Barber también fue muy bien recibido por el público. Al día siguiente representóse “Si j’etais rois”, y después se dieron “Les dragons de Villars”, de Maillard; “Martha”, de Flotow; “Carmen” de Bizet; Guillaume Tell” de Rossini, obra esta última que no dejó muy buena impresión en su desempeño.

En géneros más livianos como la opereta y la comedia igualmente los teatros nacionales fueron anfitriones de compañías francesas. En los mismos días en que se declaraba la guerra franco-prusiana hacía su estreno en el país Orfeo en los infiernos (Teatro Odeón de Valparaíso, septiembre de 1870), presentada por la Compañía Francesa de Ópera Cómica y Bufos Parisienses.

A fines de enero de 1878 llegó al país la Compañía Parisiense, cuyas principales voces eran la soprano Minelle y el tenor Dupín. Interpretaron La Perichole, opereta de Offenbach, La Marjolaine, La vie parisienne, La fille de Mme. Angot, La Boulangere, Las campanas de Corneville, La bella Elena, La gran duquesa y La petit mariee.

También llegaba lo francés a través de compañías italianas que interpretaba obras de autores franceses. Por ejemplo, el 7 de marzo de 1888 la Compañía Tessero estrenó la comedia Divorciémonos de Sardou. Un año y medio más tarde, en septiembre de 1889, la Compañía Dramática Italiana, dirigida por el actor Luis Roncoroni, montó en Santiago, entre otras obras, Francillon, Durand y Durand, Le maitre de forges, Frou-Frou, Kean, La Damas de las Camelias y Odette.

Uno de los acontecimientos más importantes en relación con la influencia del arte escénico francés en la sociedad chilena fue la visita de la famosa Sarah Bernhardt el año 1886. Llegó el 6 de octubre y permaneció hasta mediados de noviembre ofreciendo 9 representaciones en Santiago, 9 en Valparaíso, 2 en Talca y 2 en la ciudad de Iquique (extremo norte del país). Venía con la Compañía Ciacchi, compuesta 19 actores y actrices franceses. Las obras presentadas fueron Fedora, La Dama de las Camelias, Adriana Lecouvreur, Frou-Frou, Phedre, Le Maitre des Forges, Hernani, Theodora, Le Sphinx. Le Depit Amoureux, Jean Marie y Rome Vaincue.

La Bernhardt llegaba precedida de un áurea casi mítica producto de su talento, belleza, personalidad y excentricidad. Causaba expectación también el hecho de que tan distinguida francesa tuviese parientes directos en Chile: su tío M. Kern Bernhardt (dueño de Hotel Colón en Santiago) y sus hijos; su sobrino Manuel Díaz Bernhardt (administrador del teatro de la Victoria en Valparaíso). Su presencia revolucionó a la prensa y a cientos de varones que por poco perdieron sus estribos frente a la diva. Un periodista del diario El Mercurio relató su llegada a Santiago:

…Sarah venía allí, pero no se atrevía a bajar por el atochamiento. Era imposible descender del carro porque los caballeros y jóvenes que habían ido a esperarla se disputaban el honor de verla primero de cerca, formando alrededor del carro una muralla difícil de penetrar… El carruaje que la esperaba era magnífico y con dos libreas espléndidamente vestidos. Cuando pudo instalarse en el algunos quisieron desenganchar los caballos y tirar el coche a pulso, pero la oposición de varios que la acompañaban hizo que siguiera su camino al Hotel Central.

Connotadas plumas nacionales, con más afán de figuración que conocimiento, se apresuraron a hacer críticas de las diversas obras que representaba la actriz en la prensas de Santiago. Manuel Luis Amunátegui la apreció en Fedora, Frou-Frou y La Dama de las Camelias; Diego Barros Arana comentó Fedra; Gabriel René Moreno lo hizo con Adriana Lecouver; Augusto Matte también comentó Frou-Frou; Jacobo Larraín escribió su crítica sobre La Maître de Forges y Arnaldo Márquez reseñó La Esfinge. Siempre preocupado de dar su opinión en todo, José Victorino Lastarria no fue menos y tomo a su cargo la crítica de Hernani.

Sarah Bernhardt impuso su talento a todos, en todas partes – señalaba el diplomático francés Wiener. Ella hizo amar nuestra literatura y poner en primer plano de las preocupaciones a la Francia artística… Cuántos miles de imitaciones más o menos logradas de sus vestidos, cuantos millones reportó todo eso al comercio francés.

  1. La colonia francesa. Identidad e integración.

La presencia de una colonia extranjera en un país determinado puede permitir una convergencia de influencias. La sociedad local recibirá elementos aportados por los extranjeros, a su vez estos y sus descendientes se empaparan de la cultura y formas de vida propias del territorio que los acoge. Sin embargo, ello dependerá de varios factores. Mientras más importante y admirada sea la cultura de los emigrados, mayor será su influencia entre los criollos. También será determinante el nivel cultural de los extranjeros. Finalmente, para que se produzca tal convergencia, deberá existir una acogida por parte de los nacionales y un grado de apertura importante de los colonos para que no se enquisten, haciendo una vida propia, casi como un gheto.

Los franceses que llegaron a Chile, porque fueron muy bien recibidos, se integraron plenamente en el país. Ello no significa, como es lógico, que en un principio no conservaran cierta vida de colonia. El flujo migratorio francés hacia Chile en la segunda mitad del siglo XIX, si bien no fue de la magnitud del llegado a Argentina y Uruguay,94 significó a la larga la presencia de una importante e influyente colonia en este país sudamericano. Los datos que poseía el Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia ya en 1863, cuando aún no se abría Agencia General de Colonización del Gobierno de Chile en Europa95, con sede en París, daban cuenta de 1.650 ciudadanos franceses residentes.96 Esta cifra fue aumentando paulatinamente hasta llegar, tal como lo consignaba el Ministro Plenipotenciario Francés en Chile, a un número cercano a los 30.000 franceses residentes a fines de siglo. La mayoría de ellos provenía del sur de Francia y, más en concreto, de los departamentos meridionales Pyrénées Atlantique (Pays Basque) y Hautes-Pyrénées.

Diferentes tipos de franceses.

Entre los miembros que componían la colonia francesa en Chile se encuentran dos grupos claramente diferenciados por su nivel cultural y por los motivos que los impulsaron a dejar su patria. Un número mayoritario corresponde a aquellos que fueron contactados por agentes de colonización con el fin de ocupar territorios del sur de Chile o que fueron contratados por la Sociedad de Fomento Fabril dentro del plan que se conoció como emigración industrial. Otros vinieron por su cuenta para tentar suerte en el comercio. Estos franceses pueden recibir, en estricto sentido, el nombre de colonos y, por el trabajo que iban a realizar, se comprende que eran de un nivel cultural medio o bajo. Un segundo grupo estuvo compuesto por aquellos profesionales y empleados (arquitectos, médicos, agrónomos, profesores, botánicos, ingenieros, músicos, pintores, técnicos, etc.) que vinieron a Chile contratados por el Gobierno, por particulares o por iniciativa propia. En todo caso, en relación con la población total del país, ambos grupos constituyeron una inmigración numéricamente poco importante, pero desde el punto de vista de la calidad, de la irradiación que ejercieron en la sociedad chilena, muy sobresaliente.

De los colonos llegados a través de la Agencia de Colonización y que recibieron tierras en la zona de La Frontera (al sur de Concepción)99, cuyo número no sobrepasó los 1000, es preciso acotar que en su gran mayoría no poseían conocimientos para la agricultura. Y a esto se unían unas condiciones de vida muy precarias.

Visito esas cabañas una tras otra ¡Qué Miseria! ¡Qué suciedad! ¡Qué tugurios! – testimoniaba el pastor suizo F. Grin refiriéndose a su visita a los colonos de Quino y Quecheregua. Animales y gente ocupan, frecuentemente, la misma pieza. Las mujeres no pueden contener sus lágrimas. Los colonos están aquí desde hace tres años; deberían haber prosperado. Pues bien, con excepción de dos, están sumidos en la indigencia… Un hombre aún joven está acostado en tablas cubiertas de paja; la madre y los niños visten harapos. Ningún mueble, ni mesa, ni banco… Vuelvo dolorosamente impresionado. La miseria es desconsoladora en este país, que dicen joven, pero donde el egoísmo es la única ley que se conoce.

Un colono de Traiguen, Th. Henrioud, con su testimonio aun periódico europeo, confirmaba lo señalado por el pastor Grin y daba datos que harían evitar cualquier intento de querer transformarse en un colonizador en esas tierras. Henrioud denunciaba, entre otras cosas, que un colono había sido asesinado sin motivos por un par de chilenos; que el robo de ganado era una práctica frecuente en la zona; que los principales ladrones eran los soldados y que estos amenazaban con sus armas a los colonos; que el gobierno chileno no cumplía con todo lo prometido a los emigrantes; que había que ser temerario para querer venir a Chile y, en caso de hacerlo, era necesario venir con buenas armas y municiones.

La inexperiencia y las dificultades ya señaladas, unido a lo rentable que significaba dedicarse al comercio, hicieron que muchos colonos, al cabo de poco tiempo, dejaran las tierras que se les habían asignado para instalarse en los pueblos cercanos con el fin de dedicarse al comercio y la pequeña industria. De este modo, pueblos y ciudades del sur del país vieron surgir diversos establecimientos franceses que se transformaron igualmente en un medio de difusión de modas y costumbres provenientes de la nación europea. Por ejemplo, en 1889, Bernardo y Pedro Thista fundaban en Los Angeles la tienda Casa Francesa; en 1884 Michel Aigneren abre en Traiguen A la ville de Traiguen; Martín Pucheu funda en la ciudad de Arauco, en 1898, el establecimiento La Tienda Nueva, dedicado a la ropa y al comercio general; en Cañete se abrirá la Tienda Montory, de propiedad de Miguel Montory; Juan Bautista Duvicq se instalará en Carampangue con una tienda de comercio general el año 1890; en Los Angeles, en 1898 se abrirá otro negocio francés, La Tienda Francesa, de Miguel Goulart, dedicada a las telas, trajes y ropa en general; en Traiguen, el año 1892, se inaugurará la Tienda Luis Dufeau.

Cuando la ciudad de Temuco reemplazó a Traiguen como capital de la región de La Frontera, comenzó a tener gran auge social y comercial. Ello se debió en buena parte a la labor realizada por los vasco-franceses llegados a la zona.

Aprovechando las ventajas comparativas y la importancia que había adquirido en el país el negocio del cuero, muchos franceses instalaron importantes curtiembres. Esta palabra llegó a ser sinónimo de industria francesa en el país. No solamente en Temuco y Santiago, sino que también en otras ciudades de Chile la curtiduría quedó en manos de hijos de la nación gala.

Así como bastantes colonos del sur pasaron del rubro agrícola al comercial, hubo algunos que, llegados al país por su cuenta, se dedicaron inmediatamente y en forma fructífera al comercio. Con ello le dieron un importante ritmo a la economía nacional.

Desde que en Chile hubo libertad de comercio, los franceses empezaron a enviar al país productos, fabricaciones y manufacturas admirables. Al mismo tiempo activos y emprendedores hijos de Francia se establecieron en el país, llegando este comercio a tener una importancia considerable.

A las más de veinte tiendas de franceses existentes en Santiago a fines de siglo y dedicadas fundamentalmente a los productos importados, habría que agregar otras muchas instaladas en pueblos y ciudades del país donde los carteles con nombres como Printemps, Bon Marché, Louvre, Bazar Hôtel de Ville, no eran infrecuentes.104 Y así como floreció el comercio francés, también la industria nacional se benefició del aporte de estos extranjeros. En el caso concreto de la minería, por ejemplo, la labor desarrollada por M. Lambert fue remarcable. Introduciendo nuevos métodos de explotación del cobre y modificando los procesos de fundición, llegó a amasar una fortuna considerable. Sus nuevas técnicas tuvieron repercusión directa en toda la actividad minera. Al igual que Lambert, otro francés, M. Herzog, realizó cambios revolucionarios en la metalurgia de la plata.

En otro ámbito empresarial, esta vez el de la producción vitivinícola, Chile igualmente le debió mucho, sino todo, a inmigrantes franceses viñateros, principalmente de Charentes y Bordeaux. Ellos introdujeron en el valle central finas cepas pinot, cabernet, cot, merlot, riesling y sauvignon y trajeron desde sus regiones de origen excelentes bodegueros.106 Con la asesoría de enólogos franceses que trabajaban en la Estación Agrícola de la Quinta Normal lograron modernizar la viticultura nacional.

A veces, ciertos propietarios de viñedos contrataron directamente enólogos franceses. Es el caso, por ejemplo, de la familia Ochagavía, la cual empleó a M. Oscar Brard, de la localidad de Saint Foy la Garnde, Gironde, en 1883, para que trabajase en viña Santa Carolina durante seis años. Y como él, llegaron los enólogos Germain Bachelet a trabajar en los viñedos de los Subercaseaux, Bertrand en la Viña Errázuriz Panquehue, Alfred Gabarroche contratado por Adolfo Eastman, Pierre Durand como director técnico de la Viña Macúl, Pierre Robert como enólogo de Viña Santa Rita, Jean Lucat en las bodegas de Concha y Toro, Guyot de Gradmaison en la Viña San Pedro, etc. Con el trabajo de estos expertos la calidad del vino mejoró ostensiblemente hasta llegar a niveles internacionales. Otro grupo de inmigrantes franceses llegó dentro de lo que se conoció como “emigración industrial”, promovida por la Sociedad de Fomento Fabril (SOFOFA). En un plan de fomentar la calidad de los operarios técnicos en diversas áreas de la industria, esta entidad concretó, a fines del siglo XIX, a través de la Agencia de Colonización de Chile en Europa, la venida de especialistas calificados (torneros, curtidores, ebanistas, mueblistas, cortadores de vestuario, técnicos agrícolas, etc.) desde Europa. Entre 1895 y 1896 llegaron 758 especialistas franceses, 648 alemanes, 598 españoles, 530 ingleses y 426 italianos. En 1897 las cifras fueron 296 franceses; 310 españoles; 274 italianos; 103 alemanes y 71 ingleses.

Ya se ha hecho bastante mención de un grupo de franceses llegados a Chile y que no entran propiamente en la categoría de inmigrantes, sino que de “elite intelectual”. Fueron aquellos profesionales de distintas áreas que vinieron a prestar sus servicios: arquitectos, médicos, profesores, ingenieros, agrónomos, etc. Por sus mismas funciones, la mayoría de ellos se radicó en la ciudad de Santiago. Con relación al número total de sus compatriotas avecindados en el país, ciertamente fueron una minoría, pero, precisamente por ser parte de la elite intelectual, se constituyeron en un núcleo de influencia de primer orden. Valen aquí las palabras que, sobre este punto, expresó el diplomático Charles Wiener:

En Santiago se encuentran alrededor de 400 de nuestros compatriotas adultos; la suma del valor intelectual de estos franceses expatriados es infinitamente superior a aquella que podemos encontrar en una aldea francesa con el mismo número de habitantes.

El contingente de un pueblo de 1.200 a 1.500 almas es una parte infinitesimal en la economía general de un país; pero, supriman una colonia francesa como la que hay en Chile y suprimirán, junto con una veintena de millones de nuestro comercio, un elemento de propagación de nuestros gustos, de nuestra lengua y, por lo tanto, de nuestro prestigio.

Ocuparse de cada uno de esos 400 o más franceses que desempeñaron un activo papel en el panorama cultural chileno sería largo y tedioso. Tampoco sería fácil describir su labor y sus aportes, pues no hubo actividad de renombre donde no brillaran. Ese aporte fue reconocido incluso por las máximas autoridades del país. En 1875 el Presidente Federico Errázuriz se lo señalaba a un oficial naval francés:

La colonia francesa en Chile se encuentra en una posición de gran prosperidad y el gobierno chileno – el propio Presidente Errázuriz nos lo ha dicho – aprecia perfectamente su aporte.

Una sociabilidad francesa.

Los miembros de la colectividad francesa en Chile, sobre todo los pertenecientes a estamentos más ilustrados, se dieron ciertas formas de sociabilidad propias a través de diversas instituciones, pero estas, en su gran mayoría, tuvieron la peculiaridad de estar abiertas a la sociedad. Ya sea porque admitían la concurrencia de chilenos o porque estaban destinadas a servir a la comunidad, no fueron entidades cerradas. De este modo se transformaron en vehículos de comunicación entre lo francés y lo chileno.

La sociabilidad francesa ha hecho que en Santiago hayan ido surgiendo en crecido número de instituciones con los más variados fines. Desde el Círculo Francés que es el punto de reunión de los más respetados miembros de la colonia, hasta la sociedades de beneficencia y protección mutua, de sports, etc., han surgido correspondiendo al anhelo de sociabilidad unión que distingue a los hijos de Francia… el elemento francés de Santiago no se aísla ni forma una identidad aparte de la sociedad santiaguina.

Algo tan francés como les cercles no podía estar ausente entre los miembros de la colonia. En efecto, el primer Cercle Français fue fundado el 13 de julio de 1878 en Valparaíso. Años más tarde, en 1887, el fotógrafo Félix Leblanc fundó el Cercle Francais de Santiago. Estas instituciones se diferenciaron de sus congéneres parisinas porque, a diferencia de estas, no eran un coto cerrado. Sus estatutos establecían que los extranjeros podían hacerse socios con la única condición de que el directorio los aprobara. El Cercle fue el punto de reunión de la colonia y centro del cual surgían diversas iniciativas asistenciales. Por ejemplo, en la grave epidemia de cólera que afectó al país en 1887 y 1888, fueron los miembros de la colectividad agrupados en la institución señalada, los que instalaron y atendieron una ambulancia y un lazareto. Antes que se formaran los Cercles la colectividad francesa también prestó su colaboración a iniciativas de ayuda a la comunidad. Es el caso, por ejemplo, de la función teatral a beneficio del Cuerpo de Bomberos de Valparaíso organizada por franceses residentes en la ciudad el día 5 de julio de 1870. En esa oportunidad algunos aficionados de la colonia presentaron la comedia en un acto Les deu sourds en el Teatro de la Victoria, iniciativa muy aplaudida por la sociedad elegante y entusiastamente agradecida en los medios de prensa.

Con el fin de ayudarse recíprocamente y sobre todo de ir en socorro de los compatriotas que se encontrasen en una situación difícil, miembros de la colonia de diversas ciudades, al igual que otras colectividades extranjeras, procedieron a crear, de acuerdo a la ley vigente, mutuales y sociedades de beneficencia. La primera de ellas fue la Société Francaise de Secours Mutuels de Valparaíso, fundada en 1869. Cuatro años después se fundaba una sociedad similar en Santiago, y en 1884 se fundaba la respectiva mutual en la ciudad de Concepción. También se creó en Santiago una Société Francaise de Bienfaisance, cuya labor altruista no solo favorecía a miembros de la colonia, sino que también a los pobres de la ciudad y a todos los franceses de paso que estuviesen accidentalmente sin recursos.

Algo que se impuso en el mundo entero desde mediados del siglo XIX, como era el tradicional Orfeón – de municipios, escuelas, asociaciones, bomberos, etc -, tampoco podía faltar en la colonia. Así como lo poseían los alemanes en Valparaíso, los franceses de Santiago crearon su propia agrupación bajo el nombre Orphéon Francais de Santiago. Fue el encargado de amenizar múltiples festividades, como las del 14 de julio, y veladas artísticas de beneficencia.

Otra institución típica de las colonias extranjeras – por lo menos de las de chile – fueron las Compañías de Voluntarios de Bomberos. Valparaíso fue la cuna de ellas y por ser la ciudad con mayor presencia de extranjeros (en 1895 el 8% de sus habitantes lo eran123) abundaron las Compañías de colonias (inglesa, alemana, francesa e italiana).

Los bomberos chilenos, a diferencia de los que ocurría en otros países, pertenecían fundamentalmente a la aristocracia y, por lo mismo, eran un punto de sociabilidad de ésta. Sin dejar de lado su abnegado trabajo, pertenecer a una compañía daba estatus y marcaba una diferencia. Rivalizar con las otras en llegar primero a los siniestros, poseer los mejores equipos, utilizar uniformes mejores, organizar casinos y clubes en torno al cuartel, eran parte de una sana competencia. Las colonias extranjeras, al formar sus propias compañías de bomberos, de alguna manera querían mostrarse con sus características distintivas frente a las otras colonias y a la sociedad en general. Los franceses, por ejemplo, utilizaban cascos similares a los de la antigua Guardia Imperial, más tarde Guardia Republicana. Su organización era al estilo de los sapeurs pompiers de París, sus máquinas francesas y su lenguaje técnico también lo era.

…cada colonia extranjera – escribía Edwards Bello – forma su bomba, compite con las otras de una manera entusiasta. Casi todos los jóvenes elegantes son bomberos… En Chile hay literatos bomberos, cosa que sería inconcebible en Europa.

La colectividad francesa del puerto fundó en 1851 la 5eme. Compagnie Pompe Française. En Santiago, los franceses fundarían la compañía de agua – sus miembros se encargaban del funcionamiento de la bomba – 4ème. Compagnie de Pompiers de Santiago y la 7ème Compagnie de Pompiers Honneur et Patrie. Haches, gaffes et echelles.

Otras instituciones fundadas por franceses que tuvieron gran repercusión social y económica fueron la ya nombrada Société Scientifique du Chili y la Chambre de Commerce Française de Santiago.Esta última tuvo un papel determinante en el desarrollo del intercambio comercial de Chile con el país europeo. Hay que considerar que ya en 1875, el 40% del comercio detallista de la capital estaba en manos de franceses,131 lo que significaba, en definitiva, una fuerte presencia de los productos franceses en el país. Incluso ya iniciado el nuevo siglo se seguía considerando la importancia de la colonia en el comercio capitalino:

… en la región central – señalaba el economista francés Georges Raab en 1916 -,sobre todo en Santiago, una activa colonia francesa presente en el país desde hace bastante tiempo, ocupa una posición muy destacada en la vida económica

Los franceses y la masonería.

Parte de la sociabilidad francesa en Chile se manifestó, aunque en un plano más reservado dado la naturaleza de la institución, a través de la masonería. En 1850 un francés de apellido Gent, en unión con otros compatriotas, fundó en Valparaíso la logia L’Etoile du Pacifique. En Concepción, en 1861, se constituirá la logia Aurore du Chili. Apoyándose en estas dos logias, el Grant Orient de France, estableció en Valparaíso un Capítulo grado 18 y un Consistorio grado 30. De este modo, los masones franceses hicieron cabeza de la masonería chilena por un tiempo.133 La logia Etoile du Pacifique estaba compuesta en sus inicios por franceses residentes en Valparaíso que, en su gran mayoría, eran comerciantes de nivel medio.134 Con el paso de los años la logia se abriría a elementos de otras nacionalidades: En 1880 contaba con 29 miembros, de los cuales 24 eran franceses, 2 italianos y 3 chilenos. Tres años más tarde, en 1883, sus miembros eran 41, de los cuales 37 eran franceses, 2 italiano y 2 chilenos. Finalmente, en 1886, tenía un total de 27 miembros, de los cuales 21 eran franceses, 2 italianos, 3 chilenos y un alemán.

A partir de 1862 la masonería en Chile se dividió como consecuencia de los sucesos ocurridos en el Grand Orient de France. Aprovechando la crisis por la que atravesaba la institución francesa, Napoleón III designó, por decreto del 11 de enero, como Gran Maestro al mariscal Magnan, quien era, en terminología de la institución, un profano. Ante esta irregularidad, tres de las cuatro logias chilenas (Unión Fraternal, Aurore du Chili y Orden y Progreso) decidieron crear una Gran Logia independiente de la francesa. Nacía así, el 24 de mayo de 1862, la Gran Logia de Chile, cuyo primer Gran Maestro fue Juan de Dios Arlegui (grado 30). Solo la logia L’Etoile du Pacifique permaneció unida al Grand Oriente de France. Tal actitud parece lógica si se considera la nacionalidad de sus miembros y el hecho de que muchos de ellos se habían iniciado en su patria antes de venir a Chile. Si bien la logia francesa de Valparaíso permaneció bajo la obediencia del Grand Orient hasta 1920, las relaciones de buena vecindad la hicieron volver a tomar contacto, a mediados de los años setenta, con una masonería chilena que se había desarrollado poderosamente:

La Gran Logia de Chile – decía el un Informe del Grand Orient de 1875 – se ha desarrollado bastante y se ha mostrado en todas las circunstancias preocupada de los intereses de la Institución y animada de un verdadero sentimiento masónico. Personajes muy destacados de la sociedad chilena han venido a iniciarse en sus logias. La Gran Logia de Chile ha creado escuelas. Un templo magnífico ha sido construido en un lugar principal de la ciudad de Valparaíso. La Logia francesa “Etoile du Pacifique”, después de haber obedecido escrupulosamente durante algunos años a las prescripciones del Grand Orient de Francia, por razones de buena vecindad, a entrado en relaciones oficiosas con las logias chilenas e incluso ha realizado sus ritos en el templo construido por la Gran Logia de Chile.

Esas relaciones llevaron a que la Gran Logia de Chile pidiera a los masones franceses volver a la unión y al trabajo conjunto. Aunque ello no se concretó hasta bien entrado el siglo XX, se puede decir que los vículos entre masones franceses y chilenos fueron cordiales. Es más, hubo logias formadas por franceses que se adscribieron a la obediencia de la Gran Logia de Chile. El 9 de noviembre de 1871 se constituyó en Santiago la Logia Francesa (Galería San Carlos nº 26), cuyos miembros, en su gran mayoría, provenían del país europeo. Y en 1894 funcionaba, también en Santiago, la logia Avenir et Liberté Nº 9. Por último, iniciado el nuevo siglo, en 1902, un grupo de 35 franceses fundó la logia L’Evolution Française.

El 14 de julio, fiesta de los franceses y de los chilenos.

En una costumbre propia de toda colonia extranjera, la celebración del día de la patria para los franceses residentes en Chile se constituyó en un suceso donde afloraban sus más profundos sentimientos de amor al suelo que los había visto nacer. Tal fecha no era una simple fiesta donde se realizaba una ceremonia protocolar o un banquete. Por el contrario, era una ocasión de reunirse con mucha previsión, formar comisiones y organizar un programa muy acabado. Pues a ellos les interesaba que también la sociedad criolla participase del acontecimiento. Y ésta gustosa lo hacía, porque en esa época, el 14 de julio representaba algo más que un día nacional, era el día de la democracia.

El 14 de julio – escribía un 14 de julio Manuel Sosa, Presidente de la Sociedad de Sastres de Santiago-, día de alegría para los simpáticos hijos de la República francesa, es una fecha memorable no solamente para ellos, sino que también para todos los países que tienen por sustento los principios republicanos y democráticos.

Esta fecha representa el triunfo de la libertad sobre la tiranía, y el del pueblo sobre un gobierno opresor.

Todos los años, en la fecha del día nacional de Francia, las colonias francesas de Valparaíso, Santiago y varias ciudades del sur, organizaban los festejos correspondientes. Dentro de las variaciones propias de cada circunstancia y lugar, se puede decir que los programas de celebración fueron similares durante el transcurso de los años. Como ejemplo ilustrativo, parece interesante estudiar la conmemoración del 14 de julio de 1881 en Santiago, pues fue una de las con mayor fasto que se recuerdan. Todo se inició con la petición formal de un número de franceses al Ministro Plenipotenciario de Francia en Chile, barón d’Avril, de convocar a una reunión de la colonia para decidir el curso a seguir. La cita tuvo lugar el 3 de junio de ese año en el cuartel de la Pompe Françàise y a ella asistieron 250 miembros de la colectividad. En la reunión se nombró una comisión compuesta de 25 franceses notables de la ciudad, quienes decidieron realizar el siguiente programa – se cumplió íntegramente -.

El 13 en la tarde, representación teatral a beneficio de la Sociedad de Instrucción Primaria de Santiago. El 14, en conjunto con las colonias de otras ciudades de Chile, en vío de un telegrama a los señores Grévy, Say y Gambetta. Luego, distribución de ayuda a las familias francesas necesitadas. Posteriormente visita al Ministro Plenipotenciario de Francia en Chile, M. d’Avril. Finaliza el día con un banquete seguido de una fiesta campestre.

La gala del 13, que tenía como acto principal la opereta Deux Vieilles Gardes, se realizó en el Teatro de Variedades y dejó una viva impresión en todos los asistentes. El banquete del día 14, que por la hora en que se realizó (10 A.M.) más parecía desayuno que almuerzo, contó con la asistencia de 400 personas entre miembros de la colonia, autoridades del país y miembros de la alta sociedad. A las 13 horas se inició la fiesta campestre o Foire Française. Hubo tiro al con arco, tiro de salón y diversos juegos. Varias instituciones nacionales adhirieron oficialmente a la celebración enviando sus saludos al Ministro Plenipotenciario y a la comisión organizadora.

Como lo señalaba el diario El Heraldo en su edición del día 15 de julio, las celebraciones organizadas por los franceses permanecerían como un recuerdo difícil de olvidar y que contribuyeron a acentuar lo francés en la ciudad y a acrecentar la sociabilidad entre sus habitantes:

La jornada de ayer tuvo todo el aspecto de un verdadero día de fiesta, especialmente en la parte central de la ciudad… Fiestas semejantes deberían efectuarse al menos una vez al mes, pues, a parte de ser un pasatiempo muy agradable, serían al mismo tiempo una escuela donde nuestro pueblo pueda aprender de manera práctica las reglas de la educación y la sociabilidad.

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Al terminar este artículo podemos concluir que en la segunda mitad del siglo XIX la influencia francesa en Chile fue manifiesta. Ella significó un aporte esencial en el país en el ámbito cultural, pero también debe destacarse que las nuevas formas de sociabilidad nacidas en aquella época poseyeron un claro y distintivo sello francés.

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