mexico-francia-memoria-de-una-sensibilidad-comun-siglos-xix-xx-tomo-ii-collectif-2004-p-271-289
México Francia Memoria de una sensibilidad común; siglos XIX-XX. Tomo II Javier Perez-Siller et Chantai Cramaussel (dir.)

Lo francés en las pequeñas cosas: la penetración del gusto francés en la vida cotidiana
Montserrat Galí Boadella
p. 377 – 402

 


Citation du chapitre

BOADELLA, Montserrat Galí. Lo francés en las pequeñas cosas: la penetración del gusto francés en la vida cotidiana In : México Francia : Memoria de una sensibilidad común; siglos XIX-XX. Tomo II [en ligne]. Mexico : Centro de estudios mexicanos y centroamericanos, 1993 (généré le 01 mars 2017). Disponible sur Internet : <http://books.openedition.org/cemca/862>. ISBN : 9782821828001. DOI : 10.4000/books.cemca.862.

Résumé

La présence de la culture française au Mexique depuis l’Indépendance, demeure difficile à localiser en raison des sources documentaires très éparses, mais surtout en raison de la rareté des recherches effectuées concernant l’histoire culturelle de la première moitié du xixème siècle. A partir de revues et journaux de Veracruz, Puebla, et de la ville de Mexico, on peut soulever plusieurs aspects de ce que l’on appelle la présence française «dans les petites choses», à savoir les différentes modes, le nouveau concept de décoration intérieure, et les rapports avec la culture et les auteurs français, l’apprentissage de la langue, la connaissance des auteurs et de la littérature française. A travers la lithographie, les topiques de la culture française se renforcèrent grâce aux reproductions iconographiques des revues; progressivement la vie quotidienne se francisait et dans l’imaginaire des mexicains se forgeait la notion de ce qui était «français», qui signifiait modernité et élégance.

Plan
  • Las Modas: costureras, sastres y mercancías francesas
  • Siguiendo con las modas
  • La filosofía de las modas
  • Educación y lecturas; la enseñanza del francés
  • Las más pequeñas cosas: los objetos suntuarios
  • Unos comentarios finales

PREMIÈRES PAGES

 

El tema de la difusión de la cultura y los gustos franceses en México no ha sido estudiado con suficiente atención. Resulta un lugar común decir que en el siglo xix nuestro país se afrancesó, para el caso del Porfirismo esta afirmación parecería casi una tautología. Sin embargo, como veremos, la penetración de Francia en los espacios de la vida social, política y económica del México independiente sigue caminos muy variados, ritmos muy distintos y niveles de influencia que deben analizarse con más detalle y precisión. En este capítulo vamos a fijarnos en el periodo que va de 1820 al año de 1855, cuando con la caída definitiva de Santa Anna se cierra una etapa de la historia política y social de México.

Nuestro interés se centrará no en los productos de la alta cultura, o en los personajes que tradicionalmente se consideran actores de la misma, sino en las que llamamos pequeñas cosas: las modas, los espacios domésticos con su mobiliario y objetos suntuarios o la educación, entendida esta no tanto como la asimilación de conocimientos organizados y sistemáticos sino como la adquisición de saberes que llevan a nuevas formas de sensibilidad o de sociabilidad y que alcanzan a un amplio abanico de la población. En definitiva, lo que podríamos llamar pautas culturales.

Antes de pasar al meollo de nuestro ensayo se imponen dos observaciones. En primer lugar, la influencia francesa llega a nuestro país en el siglo xviii por la vía de España. El cambio de dinastía en los primeros años de ese siglo significó, entre otras cosas, un afrancesamiento de la vida social y política española. Estos cambios, como es obvio, repercutieron de inmediato en la Nueva España, a donde llegarían franceses que se encargaron de difundir de manera directa algunas modas y costumbres. En este rubro se registran, en especial, cocineros y modistas. Formas de sociabilidad como la tertulia o atuendos y modas nacidos en Francia sustituyen a las formas españolas tradicionales. Las figuras del petimetre y la currutaca, característicos de la sociedad ilustrada, aparecen en la segunda mitad del siglo xviii y se identifican sin la menor duda con la influencia francesa en el mundo hispano. Nuestro castizo y bastante tradicional José Joaquín Fernández de Lizardi, en su tratado de educación femenina en forma de novela titulado La Quijotita y su prima, se quejaba amargamente de las novedades introducidas a finales del xviii, que no son otras que las costumbres «libertinas» exportadas por Francia.

En segundo lugar, lo que acabamos de decir se relaciona a su vez con uno de los aspectos que nos preocupan a todos los miembros del Seminario México Francia, a saber, el de la mundialización. En los primeros años del siglo xix la influencia francesa que llega a la Nueva España a caballo de los Borbón parece retroceder frente a una difusión de los modelos británicos. Esto se explica por el hecho de que en aquellos años la Gran Bretaña es el imperio colonial y comercial más grande del mundo, a lo que hay que añadir la gran ayuda que los ingleses prestarán a los movimientos de emancipación americanos. En consecuencia, en los primeros años del xix la relación de México con Inglaterra será más fluida y la presencia de ingleses en nuestro país bastante nutrida. En contrapartida, a causa de los hechos cruentos de la Revolución Francesa, y sobre todo a partir de la ocupación de la Península Ibérica por los ejércitos napoleónicos, todo lo francés inspira odio o recelo.

Queremos apoyar estas afirmaciones con dos citas que nos parecen muy ilustrativas. He aquí lo que leemos en un impreso publicado en Sevilla en 1809 y difundido en México:

  • Como es dificil decidir si los franceses son más fecundos en las artes de hacer el mal, que en buscar todos los medios de seducir y alucinar, no será extraño que siguiendo el iniquo plan de usurpación que se ha propuesto su Emperador, procuren extender sus maquinaciones a las Américas, como lo executan en toda la Europa.

Respecto al segundo aspecto resultan reveladores los comentarios vertidos de manera casual por Mathieu de Fossey, un colono francés llegado a México en 1831. Escribe en ocasión de su paso por Alvarado (Ver.): «En vano había andado solicitando un abrigo en donde pasar la noche; ninguna puerta se había abierto al inglés». Y en una nota a pie de página aclara que se denomina ingleses a todos aquellos que no hablan castellano; es decir que sería el equivalente de gringo en la actualidad. Y para que quede claro el sentido y alcance del término, más delante de Fossey nos aclara que de la misma manera que durante la colonia el término de judío implicaba lo extranjero «más tarde cuando penetra ron los primeros ingleses en el interior aquel nombre se cambió con el de inglés, que el populacho nos ha conservado hasta que llegó la expedición francesa en 1838.

La fecha aportada por De Fossey resulta muy reveladora y como veremos coincide con nuestras investigaciones ya que hasta finales de la década de los treinta, a pesar de que la influencia cultural francesa no puede desdeñarse, es evidente que el modelo cultural más apreciado era el inglés.

Todo esto viene a cuento, además, porque nos parece que un análisis de la influencia francesa en México, en el contexto de la modernidad y de la mundialización, no debe abordarse de manera aislada sino en un escenario que compare los diferentes modelos culturales en competencia. En esta comparación no sólo es importante el volumen y la extensión de las influencias sino también el carácter y la densidad de esta expansión.

Las Modas: costureras, sastres y mercancías francesas

La moda y la indumentaria son fenómenos históricos que revelan la mentalidad de una época. De su relevancia se hace eco lo que en los siglos xviii y xix se llamó «filosofía de la moda», es decir una reflexión acerca de las implicaciones sociales de la vestimenta que se relaciona con las transformaciones producidas por la revolución Industrial y por la misma Revolución Francesa. A partir del siglo xix la moda no sólo es un activador muy efectivo de la producción y el consumo sino que hay una filosofía de la moda, claramente ligada a la burguesía, que nos lleva de manera muy directa a los problemas que estudia la historia de mentalidades y de manera especial al tema de la sensibilidad.

Al principio, el gusto y la moda españolas del siglo xviii fueron una mezcla de influencias francesas e italianas, ya que varias de las reinas españolas del xviii provenían de Italia. En el caso de la música, por ejemplo, las soberanas españolas llegaron a arrinconar el género nacional de la zarzuela imponiendo la ópera de estilo italiano, algo que fue muy criticado por algunos sectores tradicionales. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo el afrancesamiento de la sociedad española era un hecho evidente en casi todas las áreas de la cultura y de las costumbres y de manera muy especial en el de las modas y las formas de la sociabilidad (por ejemplo, las tertulias). Un periódico tan informado e influyente como El Censor en un artículo de 1821 señala claramente que «la moda» llega con los Borbones:

  • Desde que Felipe V se vio pacífico poseedor del trono de las Españas, montando casa y corte a la francesa, todo el país tiene los ojos puestos en Paris [….] y a la mayor dicha a que ha podido aspirar un petimetre o una señorita española no se han extendido á mas que remedar con mas o menos soltura a los elegantes de Paris.

Y según dicho periódico la influencia no se limita a las modas sino que también se afrancesaron

  • […]tribunales, ejército, hospitales. Lástima que no se imitó a Francia en las ciencias y artes. Parece que el español solo imita fruslerías y necedades, pero no lo útil. Entonces se contesta: no tenemos nada que aprender de los franceses.

En 1810 el severo arzobispo de México, Lizana y Beaumont (de apellido francés, por cierto, y muy amigo de la célebre libertina conocida como la Güera Rodríguez) demostró que estaba, él también, muy informado acerca de las modas. En una famosa pastoral sobre las buenas costumbres, escribió:

  • La fábrica diabólica de modas se halla establecida, autorizada y protegida en la ciudad y corte de París hace ya mucho tiempo: dirige, circula, y vende a buen precio sus manufacturas a todas las demás cortes, que recibiéndolas con aplauso y con comercio pasivo, las comunican a las demás poblaciones con el activo, tan executivamente que todo el inmenso espacio del océano no ha podido impedir que, después de haber pasado progresiva y prontamente de París a Madrid, y de Madrid a Sevilla y Cádiz, hayan dexado de llegar también a los países remotos de las Américas.

Muy enterado de los procesos de globalización, Lizana y Beaumont establecía la inevitable relación entre la moda pecarninosa y los acontecimientos políticos de Francia:

  • […]lesos mismos que, como estáis ahora leyendo cada día en los papeles públicos, no tienen religión, fe divina ni humana, palabra ni vergüenza: que en defensa de la traición más vil y en desahogo de su impiedad y codicia, roban y cañonean los templos sagrados de nuestra religión católica [….] esos mismos que han echado a las esposas de Jesucristo de sus conventos; que han forzado a pecar a las casadas; […] esos mismos o los compañeros que han dejado en Francia; quizás peores que ellos: esos, sus mugeres y sus hijas, sus parientas y concubinas: esos son los autores, los inventores originales, que para destruir nuestra fe y apoderarse de nosotros y de quanto tenemos, han introducido y propagado en México el estilo, la costumbre perversa, la moda abominable y venenosa de que lleven las señoras el pecho y los brazos descubiertos, y un vestido los hombres que excite y provoque con su vista a las mugeres: esos son los que creciendo siempre en sobervia [sic] y en invenciones malignas a semejanza de los espíritus infernales, están introduciendo con astucia diabólica las medias color de carne, y enrejado o calado diabólico […]

 

Ya nos ha explicado el señor arzobispo cómo llegaban las modas francesas e incluso algunos detalles de las mismas. Uno de los problemas más interesantes y no suficientemente estudiados es la aceptación de la moda revolucionaria, ya que se plantea el doble problema de la sensibilidad y de la ideología: una nueva sensibilidad ligada a un nuevo tipo de vida derivada en gran medida de los hechos revolucionarios de la «impía» Francia. En este sentido resultan interesantes las diatribas de Fernández de Lizardi en contra de los atrevimientos de la moda revolucionaria (los túnicos transparentes y los escotes que atentan contra la decencia).

Para que no quede ninguna duda de que la nueva moda propone nuevas formas de vida, resulta útil revisar El Iris en donde Florencio Galli y Claudio Linati ofrecen figurines, directamente traídos de Paris, con los que proponen una manera más republicana de vestir. De acuerdo con estos afrancesados, la forma tradicional de la saya y la mantilla debía superarse porque representaba lo español. Las mexicanas debían adoptar las prendas sencillas y desenvueltas de la moda republicana, que les permitiera moverse con soltura propiciando los paseos a pie y el contacto con la naturaleza. En un texto titulado «Variedades» Claudio Linati celebraba el que algunas mexicanas se animaran a pasear por la Alameda a pie, superando la pésima costumbre de pasear únicamente en carruaje. Pero le parece a Linati que las jóvenes mexicanas republicanas debían avanzar un poco más. He aquí algunos fragmentos que valen no sólo por lo dicho sino por el tono que adoptan:

  • Habíamos oído hablar del clima templado y sano, y de la eterna primavera que remaba en el valle de México […] Mas cual es nuestra sorpresa al ver calumniado tan dulce temperamento como el que se disfruta aquí y desacreditado por los eternos tápalos, es pesas mantillas, pañuelos, &. que nos ocultan los alagüeños semblantes de casi todas las señoras, como si el pobrecito clima mexicano fuese un incesante dispensador de catarros, reumatismos, flucsiones &. […] Esperamos, empero, que aunque no fuese mas que por diferenciarse de las españolas, las bellas mexicanas iran adoptando un trage mas analogo á la franqueza re publicana, amiga de la luz, de la ver dad, y de lo que es bueno, y que si algun gorro, ó sombrerito, debe á la fuerza quitarnos el brillo de unos cabellos de ébano, podremos admirar libremente unas caritas muy lindas, ya que no faltan, gracias á Dios.-L.

Estas modas republicanas no convencieron a todos, aunque algunas mujeres, sin ser precisamente revolucionarias, adoptaron con gusto las atrevidas modas llegadas de Paris. En su Album artístico, del año de 1874, Bernardo Olivares Iriarte, artista poblano, recordaba las modas de su niñez con datos verdaderamente interesantes:

  • Busquemos la historia o causa de la moda que nos recibió al venir a este mundo en el primer tercio del tormentoso siglo xix […] París, la fuente de las modas en todo, ha llevado el privilegio de Inventarlas y, lo que es más, de que todos las sigan. En la época del vértigo revolucionario todo lo que se hacía en aquel país era bajo las ideas determinantes de ajustarse cuanto posible fuera a las ideas, costumbres y sentimientos heroicos de la Roma antigua. […] la belleza «ciudadana» tenía que arreglar se en sus trajes a las beldades de la patria de los Horarios; el espíritu público todo lo quería romano, y las bellezas de las esculturas antiguas eran los modelos que debían imitarse; esto era raro, demasiado raro, pero era el tiempo en que se proclamaba libertad sin sujeción a nada, se creía lo que se veía, se amaba lo que se tocaba y se adoraba a la Naturaleza […] En estruendosas aclamaciones habían proclamado a su «Diosa Razón» y estos educadores de la materia quedaron satisfechos de la impúdica beldad que, transtornándoles los sentidos con sus bellas formas, las hacían más alucinadoras la transparencia y sutil tela en forma de traje de las ninfas del Olimpo pagano.

Y atando a otro autor nos explica cómo se lograban las transparencias:

  • […]las elegantes no encuentran muselinas bastante claras para sus vestidos a la griega; hay talleres donde le quitan hilos para hacerlas más transparentes y suaves, a fin de que revelen mejor las formas en las actitudes y movimientos del cuerpo. […] Las modernas griegas y romanas (que) a fuerza de parodiar lo antiguo habían acabado por andar desnudas.

Los recuerdos de Olivares Iriarte pueden corroborarse en los periódicos y revistas de los años veinte. Nuestras fuentes revelan que, en efecto, en la década que siguió a la declaración de Independencia, lo francés gozó de un buen predicamento: llegaban las mercancías y las modas. Los periódicos de Veracruz, puerta de llegada de bienes y personas, aportan numerosas referencias. Así El Mercurio, en el número. 86 (22 de marzo de 1826) re produce un artículo titulado La moda, con citas de Montague. El número. 87 del día 23 de marzo publica una reseña de ópera, traducida del francés, en la que al hablar del estreno de la ópera Semíramis de Rossini en París; lo que hace el autor en realidad es una descripción de la vestimenta de las señoras en el teatro, seguro de que será de gran interés para sus lectoras. En otra ocasión un articulista, muy probablemente veracruzano, describe el paseo de la sociedad del puerto el día primero de Pascua de esta manera: «Valgamos a un tiempo todas las gracias juntas para pintar tantas gracias y encantos como hemos visto este día en el paseo. Parecía que a nuestra pequeñita alameda se había traslada do en miniatura lo mas escogido y elegante del palacio real de París».

Los vestidos llegaban de Francia, como lo demuestra el ejemplar del día 26 de abril del mismo año, al insertar un anuncio de mercancías llegadas al puerto: «También una partida de ropa francesa averiada; sarazas y túnicos franceses, pañuelones».

Sin embargo, a finales de la década de los veinte esta temprana influencia francesa retrocede. La explicación, en primera instancia (habrá que hilar más delgado), está en el prestigio de Inglaterra como primera potencia mundial, la que a diferencia de Francia gozaba de un sistema político estable; en segundo lugar y en lo interno, una explicación estaría en el dominio de los sectores conservadores en la vida política y social de México.

Durante la década de los treinta y hasta avanzados los cuarenta lo inglés predomina claramente. El modelo de vida familiar, de las costumbres y de las modas será la familia real inglesa: estamos en el momento de auge de la llamada época victoriana. La vida de la reina Victoria y los acontecimientos de la familia real inglesa se siguen con avidez. Los bailes en la Embajada Británica son los más cotizados, se ponen de moda el Revival (muebles, modas) y «lo griego», que ya se había empezado a notar como consecuencia del fervor que acompañó la Guerra de Independencia, va aparejado a la exportación de modas inglesas. Lord Byron, modelo de los románticos, lucha a favor de los griegos. Por ello no es raro que Arturo, un personaje de Manuel Pay no en El Fistol del Diablo, quien se ha educado en Inglaterra, se toca con bonete griego. Por su lado el Conde de la Cortina escribe Euclea, un relato con tema griego, y nuestras jóvenes visten corpiños «a la griega» siguiendo los figurines que llegan de Inglaterra. El fervor por lo griego alcanza a todos. No olvide mos que en Francia Chateaubriand encabezaba una Sociedad Filantrópica para la ayuda de los griegos, que incluso se anunciaba en México. Al final del artículo aparecen las referencias por si alguien quiere enviar dinero con estas palabras: «Aprovechamos la ocasión para proponer esta obra meritoria a los cristianísimos megicanos».

Siguiendo con las modas

No obstante el peso de lo inglés en la vida mexicana de los años treinta y cuarenta, poco a poco se va observando una reinstalación de lo francés en la vida cotidiana que va aparejada sin duda a una penetración comercial más agresiva por parte de Francia. Paralela mente a esta avanzada comercial está sin duda el olvido de los acontecimientos sangrientos de la Revolución Francesa, en la medida en que la propia sociedad francesa va dejando atrás las revueltas y la inestabilidad política, y se vuelve «decente».

Así, por ejemplo, desde los años cuarenta se registran numerosas referencias acerca de la presencia de sastres y modistas francesas. Los establecimientos de las calles de San Francisco y Platerías, las más elegantes de la capital durante los años cuarenta y cincuenta, son franceses o se anuncian con las modas francesas. Las novelas y las Memorias de la época proporcionan abundantes revelaciones. Por ejemplo, en la misma novela de Manuel Payno, El Fistol del Diablo desarrolla el personaje de la costurera francesa, aventurera, de carácter fuerte y algo ligera de costumbres, que curiosamente coincide con el «cliché» de las midinettes.

Las referencias a modistas y sastres franceses son abundantes aunque dispersas; un caso interesante lo constituye el que analiza Silvia Arrom en su libro sobre el divorcio eclesiástico. Los documentos indican que la pareja de franceses que Arrom estudia vivía en México por lo menos desde 1822. La esposa, Eugenia Ségault, al principio era colaboradora en la sastrería del marido, Pedro Ouvrant; sin embargo, una vez conseguida la separación, Eugenia Ségault, abre su propio negocio que parece que fue bastante próspero durante unos años ya que le permite mantener a su hijo estudian do en Paris. Uno de los aspectos interesantes estaría en algunas acusaciones que se entrecruzan los esposos. Por ejemplo, Pedro Ouvrant considera que su esposa está mejor situada económicamente y que disfruta de su libertad (gracias al divorcio) aprovechando la «vida suelta» bajo el pretexto »de negociación y comercio en una tienda pública […]».

El Museo Mexicano, una revista de divulgación considerada educativa y seria, dedicaba regularmente artículos de Modas a sus lectoras. En uno de ellos leemos que la costurera más cotizada del momento sería una francesa, Mme. Virginie, quien recibe adornos, telas y accesorios directamente de Europa. Se recomiendan algunas novedades parisinas y dónde comprarlas y se adjunta un figurín obra de Massé y Decaen, impresores franceses instalados en México.

Un año después, en El Monitor Republicano (1845) se anuncia la Gran Sastrería Francesa, de Juan Léon y Compañía. Los ejemplos menudean. Para mediados de siglo las mercancías francesas son de circulación corriente, pero el hecho de notificar que un producto venía directamente de Paris debía funcionar como reclamo eficaz ya que es frecuente encontrar anuncios como éste: «En el cajón De las Tres Garantías, 1a calle de la Monterilla, se ha recibido directamente de París un completo surtido de efectos de gusto». Para estas fechas las referencias a modas o gustos ingleses prácticamente han desaparecido, lo que indicaría que lo francés ya se ha impuesto. Decir que algo viene de París es definitivo; así la expresa «Fortún» cuando después de un largo artículo sobre Modas en La Ilustración Mexicana (1851) dice: «Los artículo insustanciales en los periódicos están muy de moda y, en prueba de ello leereis el presente, que venga bien o mal, es compañero del figurín de modas que la redacción acaba de recibir de París.»

Nuestro informante principal para los años treinta y cuarenta, Mathieu de Fossey, corrobora la victoria final de las modas francesas sobre las inglesas. Al hablar de la afición al teatro comenta la riqueza de los atavíos de las mexicanas con estas palabras: «Todas las noches se presentan con nuevos atavíos las petimetras; amóldanse a sus cuerpos graciosos el terciopelo y el raso, la blonda y la gasa, confeccionadas por nuestras modistas francesas; y los más ricos aderezos, realzando las composturas, dan el mayor lustre a la vista de los palcos». Y comentando en general la forma de vestir de las damas mexicanas escribe: «En el día es más que rica la compostura de las mujeres, es además de buen gusto, pues llegan en dos meses las modas parisienses a México, y afectan las seño ras mexicanas la misma volubilidad respecto a la hechura de sus bujerías que las petimetras que dan las modas en París». Y puntualiza: «Por la mañana salen con el traje a la española […] Después de oír misa a las doce, deponen las señoras su compostura de la mañana para vestirse a la francesa […]» Y por lo que respecta a la moda masculina, los hombres «visten con elegancia, conformándose a las modas de París con mayor premura que los de las provincias de Francia».

Fortún, seudónimo de Manuel Payno, es el comentarista habitual de las revistas de Ignacio Cumplido. Durante los años cincuenta su revista más lujosa, La Ilustración mexicana ofrece bellísimos figurines traídos de París. Reproducimos un par de ellos ya que se trata de piezas litográficas de gran calidad a partir de las cuales Fortún escribía artículos en los que imitaba l’esprit francés: una mezcla de pedantería y frivolidad sazonada con humor burbujeante.

La filosofía de las modas

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