mexico-francia-memoria-de-una-sensibilidad-comun-siglos-xix-xx-tomo-ii-collectif-2004-p-271-289
CHRISTLIEB, Federico Fernández. Lectura de una geometría de la sensibilidad Urbanismo francés y mexicano de los siglos xviii y xix In : México Francia : Memoria de una sensibilidad común; siglos XIX-XX. Tomo II [en ligne]. Mexico : Centro de estudios mexicanos y centroamericanos, 1993 http://books.openedition.org/cemca/839. ISBN : 9782821828001.

Lectura de una geometría de la sensibilidad : Urbanismo francés y mexicano de los siglos xviii y xix
Federico Fernández Christlieb

P. 133-158


RESUME

Les lignes géométriques du quadrillage urbain peuvent être lus comme des messages associés à une sensibilité culturelle. Si nous nous efforçons de lire ces lignes dans les villes françaises et mexicaines du xviii et xixème siècle, on peut trouver au moins quatre expressions géométriques qui se répètent: l’alignement, la régularité, l’uniformité et la dimension monumentale. En effet, dans des villes comme Paris ou Mexico, on retrouve constamment la volonté des urbanistes de construire des rues rectilignes, correspondant à des patrons prédéfinis, les rendant plus imposantes par des monuments voyants et représentatifs. Mais qu’y a t-il derrière cette répétition géométrique que nous découvrons à Paris ou à Mexico? Il y a, de toute évidence, un désir d’imitation, la transcription d’une nouvelle dimension urbaine. Quelle dimension en matière d’urbanisme? Cette nouvelle approche veut appréhender la manière dont les deux peuples regardent le monde, leur manière de percevoir le pouvoir politique, l’histoire patrie, la beauté architecturale, la force de l’urbanisme, la sécurité, l’ordre, la propreté. C’est un message qui nous montre comment chacun peut l’appréhender. Et dans cette période de forte influence française, on peut noter une certaine sensibilité partagée entre les urbanistes mexicains et français.


Plan

Dos momentos de afrancesamiento en la obra urbana de México

Geometrías compartidas

  1. A) RECTITUD
  2. B) REGULARIDAD
  3. C) UNIFORMIDAD
  4. D) MONUMENTALIDAD

Conclusión


PREMIÈRES PAGES

Durante los siglos xviii y xix, la luminosidad cultural de Francia irradia sobre el mundo occidental. Ciudad cosmopolita, París es el lugar donde se decantan muchas de las ideas que marcan la modernidad. Entonces, otros pueblos del mundo comienzan a compartir ideas con Francia, a imitar lo que ahí se produce, a coincidir con su filosofía y con su acción política, a emular su manera de hacer ciencia, a sentir como sienten los franceses y a expresar esas ideas y esos sentimientos de una manera semejante. Los grupos dirigentes de la Nueva España y después del México independiente, se sentirán atraídos por esa influencia y comenzarán a afrancesarse. En este artículo hablaremos de la manera común de sentir de mexicanos y franceses expresada en un lenguaje urbanístico grabado en las piedras de la ciudad. Para leer las expresiones de esta sensibilidad común en el territorio urbano, para leer el orden de esas «piedras», como llamaba Halbwachs al aspecto físico de la urbe, comenzaremos por considerar que la ciudad es una serie de páginas escritas.

Detrás de cada objeto que existe en la ciudad, detrás de cada elemento urbanístico, velada o explícitamente, hay una idea que le da fundamento. Detrás de las plazas, las calles, los mercados, los palacios, las estatuas, los parques y las fuentes, hay pensamientos, intenciones, nociones filosóficas, justificaciones estéticas, es decir, hay expresiones de la sensibilidad de un pueblo.

Igual que los libros son objetos de papel en los que se halla escrito un mensaje, las ciudades son obras de sólidos materiales que constituyen un lenguaje. La ciudad es pues, un objeto que también se lee y sus signos gráficos están constituidos por las formas geométricas del espacio urbano. La ciudad es expresión de las ideas que le dan sustento y dichas ideas se hallan grabadas en el suelo, en las piedras que apiladas, talladas y pintadas conforman muros, barreras, linderos, edificios, banquetas, caminos, puertas, puentes… Sin embargo, la descripción simple y llana de la arquitectura de la ciudad, no basta para entender el mensaje urbanístico. Hace falta conocer los antecedentes de esa disposición de objetos en el espacio, saber de antemano ciertos códigos de la misma manera en que el lector tiene nociones de gramática y del significado de los términos empleados por el escritor. Es necesario conocer la historia de esa escritura urbanística y el contexto en el que fue concebida.

En la época que nos ocupa, las autoridades políticas y administrativas de Francia y México llegan a concebir el espacio urbano de una manera similar, a diseñar proyectos que contemplan los mismos trazos, los mismos elementos esculturales y arquitectónicos, las mismas proporciones en calles y edificios. Se puede decir que desean escribir sobre el terreno de la ciudad las mismas frases, los mismos versos inspirados por las mismas motivaciones. Si bien es cierto que la obra que hoy podemos leer dista mucho de ser la misma, que París y la Ciudad de México no se parecen, hubo momentos en que el lenguaje utilizado para ordenar sus espacios fue un lenguaje compartido. Analicemos esos momentos.


Dos momentos de afrancesamiento en la obra urbana de México

La interacción cultural entre México y Francia es una historia conocida; no es necesario profundizar. Basta con recordar, a grandes rasgos, los cauces de esta relación ubicando los dos fuertes momentos de influencia marcadamente francesa en la arquitectura y el urbanismo mexicanos: fines del siglo xviii y fines del siglo xix.

En 1700, la casa de los Borbones, de marcada proclividad hacia la cultura francesa, sucede a la casa de Austria en el poder imperial de España. El nieto de Luis xiv, Felipe de Anjou, sube al trono y con él, muchas de las costumbres francesas empiezan a ser practicadas en la corte. Para mediados del siglo xviii, las formas cortesanas españolas ya están lo suficientemente afrancesadas como para decir que, en el fondo, comparten una misma visión sobre el poder y sobre la administración de sus reinos. La Nueva España, como parte de la corona, se afrancesa también.

En el primero de los dos momentos de influencia francesa, el Segundo Conde de Revillagigedo, nombrado virrey de la Nueva España en 1790, arriba a la Ciudad de México con un modesto séquito entre los que se contaban un cocinero y un sastre, ambos de origen francés. Con el tiempo, otros oficios serán representados en la corte por personajes franceses o por españoles afrancesados: reposteros, panaderos, zapateros, peluqueros y recamareros. Lo más importante para nosotros es que Revillagigedo y su gente llegan con la visión moderna que se tenía en Francia sobre lo que debía de ser una ciudad. La limpieza y el orden son preocupaciones que había aprendido en Madrid (otra ciudad afrancesada) y en las propias ciudades galas. La administración de Revillagigedo dispone de mucho poder, tiene cierta bonanza económica producto de las minas de plata del virreinato y del comercio con Asia, tiene ideas modernas, iniciativa y fascinación por el urbanismo y la arquitectura. Los productos de su trabajo civilizador, según los conceptos de la época, son conocidos: alumbrado público, empedrado de calles, reglamentos de policía, embellecimiento de parques y jardines, corrección en el trazo de las vías urbanas, fundación de instituciones de administración urbana, etc.

Con la Independencia de México y el sentimiento antiespañol que cunde entre los nuevos gobernantes, la relación con Francia pasa a primer término, ya no por interposición de la Península Ibérica, sino como un vínculo bilateral directo. No obstante, la construcción de nuevos edificios en las ciudades será difícil debido a los saldos de la guerra, a la inestabilidad política y a la ruina económica del México independiente. Si la influencia política y revolucionaria de Francia es indiscutible, su marca en el territorio urbano durante esa primera mitad del siglo xix es menos clara. En ese entonces, el intercambio cultural entre los dos países toma cauces distintos a los que pueden ser registrados en las piedras.

Los productos que llegan son más bien libros, revistas, obras de teatro, ópera, música, comida, telas, modas, herramientas, vinos, ropa, novedades y artesanías que son importados por las familias acomodadas de las grandes ciudades. Así, empieza a formarse un público cada vez más interesado en lo que sucede en Francia. La literatura se hace también a la francesa, muchas veces cargada de galicismos necesarios para explicar nuevas realidades mexicanas que antes sólo existían en los catálogos de ropa. Francia es entonces el centro del pensamiento occidental y París el modelo urbano con el que sueñan muchas de las ciudades del orbe, pero pocas pueden transformar su imagen para parecerse a la llamada Ville Lumiére. Dado que las academias de arte de los países europeos se activan siguiendo el ejemplo de Francia, el general Santa Anna Inyecta dinero a la moribunda Academia de San Carlos y organiza eventos culturales y concursos arquitectónicos que, si bien no transforman el paisaje urbano debido a la falta de financiamiento, sí ayudan a moldear el gusto estético de las élites mexicanas. Se puede decir que este periodo de ensueño ayudará a construir el imaginario urbanístico de fines del siglo xix.

El segundo momento de afrancesamiento en el que se ven más claramente varias obras urbanas inscritas sobre el suelo de México en el mismo lenguaje en que los arquitectos lo hacían en Francia, es el Porfiriato. El general Díaz reúne bajo su control absoluto una economía relativamente sana y un momento político sin muchos sobresaltos, tal y como Revillagigedo lo había logrado un siglo atrás. En las finanzas, Díaz se servía del trabajo de un funcionario de origen francés, mientras que en la ingeniería se optaba por una tecnología constructiva de vanguardia importada de las exposiciones universales de París y de otras ciudades europeas. Entre las ambiciones de la sociedad porfirista, hay un deseo explícito de construir una ciudad capital como la francesa. Ya desde tiempo atrás, se habla de la Ciudad de México como «el pequeño París de América». Para su construcción, ingenieros y materiales son importados de Europa con el objeto de levantar los edificios y los monumentos que expresen los valores que Francia y México comparten.


Geometrías compartidas

Para un lector de fuentes documentales, de notas, de libros, de papeles depositados en archivos, es posible identificar en el lenguaje escrito los valores compartidos entre México y Francia. Como dijimos, la poesía es afrancesada junto con la narrativa y el periodismo. Pero para un lector de fuentes construidas, de piedras, de ciudades, la búsqueda se efectúa a través de la identificación de formas urbanas, de marcas sobre el terreno o sobre mapas que son representaciones de ese terreno. Comparando proyectos de urbanismo, planos y obras que se verificaron en México durante estos dos siglos de esplendor francés, podemos descubrir algunas coincidencias, algunas formas geométricas que se repiten y que nos hablan de las ideas que las sustentan y en las que los dos países parecen estar de acuerdo. En este apartado central de nuestro artículo, nos aventuraremos a señalar cuatro de estas expresiones geométricas que hacen coincidir el lenguaje urbanístico de Francia y México y que son, ciertamente, producto de su manera de sentir y de interpretar el orden en la ciudad: nos referimos a la rectitud, la regularidad, la uniformidad y la monumentalidad.

A) RECTITUD

Con esta expresión nos referimos al uso de la línea recta y de los ángulos de 90 grados en el trazo de calles y esquinas. También nos referimos al uso de ejes urbanos tales como las grandes avenidas o bulevares. Veamos ahora cómo interpretar esta manifestación geométrica.

Lo primero que significa la línea recta en la cultura occidental (grecolatina y judeocristiana) a la que Francia y México estamos suscritos, es la presencia de una noción de progreso. Por esta noción damos una dirección al tiempo histórico, un sentido ascendente que dibuja precisamente una línea recta en la que cada etapa pasada es única e irrepetible. En otras tradiciones, el tiempo puede ser cíclico, dibujar espirales o círculos que hablan de la vuelta al inicio o de la repetición de arquetipos. En la cultura occidental, el tiempo es una flecha ascendente porque Dios hace las cosas una sola vez y no tiene por qué repetirlas; Dios no se equivoca, es perfecto. En consecuencia, la historia es también vista como una línea ascendente cuyos eventos no se repiten, sino que se suman en pos de la perfección humana.

Debemos a dos filósofos franceses la síntesis escrita de esta idea: en 1795, Condorcet publicó su Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano en el que acomodó la historia de la humanidad sobre una linea recta y la expuso ordenadamente en diez capítulos. Estos capítulos iban, desde la prehistoria en la que un puñado de familias se ligaban para fundar una aldea, hasta el supuesto esplendor de la civilización con la Revolución Francesa que él mismo había vivido. El otro filósofo que explicó la historia humana mediante una línea recta fue Auguste Comte, quien en 1839 afirmó que los individuos y los pueblos, «dirigidos por el espíritu geométrico», transitan por tres estadios desde el teológico hasta el positivo pasando por el metafísico. Al igual que Condorcet, Comte sitúa a los pueblos europeos como aquellos que liderean la carrera del progreso, como los pueblos más civilizados que deben imponer su ejemplo al resto del mundo.

En México, liberales del siglo xix como Mariano Otero, asumieron esta visión progresista que ubicaba a los mexicanos ascendiendo la cuesta del progreso guiados por Europa, ese faro que según palabras de entonces, «nos sirve de ejemplo». A lo largo del siglo xix, el discurso del progreso histórico expuesto por Lucas Alamán, Guillermo Prieto y Justo Sierra, entre otros, sirvió para dar forma a las obras urbanas. Los ingenieros del régimen porfirista no se cansaron entonces de anunciar que «en el camino franco y plano del progreso (…) México se encuentra a la altura de las naciones más civilizadas». Los urbanistas de entonces revaloraron los trazos rectos y proyectaron colonias que décadas después serían realidad.

Pero al mismo tiempo que esta geometría rectilínea denota la idea de progreso, también expresa el sentimiento de verdad, de rectitud en el sentido moral, de honestidad. En sus memorias, losé Yves Limantour, el ministro de finanzas del gobierno de Porfirio Díaz entre 1893 y 1911, escribió sobre papel lo que años atrás había escrito en la geometría urbana: una apología de la línea recta. Al hacerla, limantour se refiere a la defensa de su administración, es decir, a su trabajo como secretario de hacienda y a su oposición abierta a que las cosas fueran turbias y enredadas. Limantour detestaba la política y a los políticos pues, afirma en su escrito, que ellos todo lo hacen mediante vericuetos supralegales, a escondidas, con evasivas y engaños, en fin, dice limantour, su proceder es siempre sinuoso.

  • En política, para lograr el objetivo que se desea, es preciso marchar siempre en zigzag, o por curvas, disimular la intención con disfraces (…). No así en la gestión administrativa, en la que, si se pretende alcanzar un resultado satisfactorio, la línea recta es la única posible, los procedimientos deben ser claros, precisos, ajustados a la equidad

Como se ve, Limantour concibe la administración y a los administradores como personas de recto proceder, de gente que actúa con claridad y transparencia. Al mismo tiempo, concibe a los políticos como personas escurridizas y tramposas. La rectitud es un valor compartido entre las élites mexicana y francesa durante el siglo xix y muy particularmente entre las administraciones de Haussmann en París y de Limantour en México. No es gratuito que algunos autores hayan llamado a Limantour, el Haussmann mexicano.

Para transformar París entre 1853 y 1870, Georges Eugéne Haussmann se rodeó de administradores en vez de políticos y prefirió también a los ingenieros que a los arquitectos. Su táctica fue clara y frontal: trazó lineas rectas sobre los barrios populares que le incomodaban por estar constituidos de callejones estrechos y zigzagueantes. Demolió los muros que le estorbaban sin importar cuántas familias vivieran detrás. Sus ingenieros trazaron larguísimas y anchas avenidas (donde antes había arquitectura juzgada de poco valor) para corregir la tortuosa planta urbana de París en la que se habían escondido maleantes y opositores al Estado. Así, la policía podría cargar a caballo contra el pueblo insurrecto. Con la aplicación de lo que se ha dado en llamar el «urbanismo estratégico», el París de las barricadas fue sustituido por el París de los bulevares. La luz penetró en los barrios gracias a la apertura de las avenidas y los delincuentes se fueron acabando. La línea recta de los administradores y los ingenieros triunfó sobre el molesto zigzag de los grupos políticos.

Años después, como parte del gobierno de México, Limantour se rodeó de administradores en vez de políticos y prefirió también a los ingenieros que a los caprichosos arquitectos. Porfirio Díaz lo había dicho: «poca política y mucha administración.» A ese llamado, Limantour obedeció administrando el erario con rigurosa rectitud y transparencia. Cuando tuvo oportunidad de urbanizar, lo hizo siempre empleando la línea recta para el trazo de las calles, como en el caso de la Colonia Limantour, a un costado de Paseo de Bucareli, donde en los terrenos de su familia escribió para siempre su mensaje rectilíneo. Todo ello contribuyó a que, al menos en la Ciudad de México, no hubiera opositores a su administración escondidos en algún recodo del camino.

B) REGULARIDAD

Entendemos por regularidad el uso sistemático de las figuras geométricas regulares, del círculo y el cuadrado perfectos, de la elipse, el triángulo, el rectángulo, el polígono, la estrella y otras formas análogas empleadas para trazar jardines, calles y plazas o para intentar dar una forma global al plano de la ciudad.

La historia de este valor geométrico tiene antecedentes más antiguos, pero nosotros partiremos de la Edad Media, cuando las ciudades europeas se caracterizan por presentar plantas urbanas que nada tienen de regulares: se trata de calles sinuosas y estrechas en las que se estanca el agua y el aire no circula como tampoco transitan fácilmente las mercancías acarreadas por los mercaderes. Son ciudades en las que una población, numerosa y hacinada, se ha instalado sobre un viejo asentamiento, a veces de origen antiguo, modificándolo en sus formas y en el uso del suelo. Son, además, lugares sujetos al orden feudal que jerarquiza verticalmente a la sociedad urbana y somete a gran parte de ella. Como alternativa a estas condiciones de vida, en el siglo xiii, algunos ciudadanos encontraron la posibilidad de vivir en pueblos nuevos creados en tierras hasta entonces inhabitadas. La forma geométrica elegida para el contorno de estos pueblos nuevos es frecuentemente un rectángulo cuyos solares, delimitados por una rejilla regular de calles, son también rectangulares. En el sur de Francia, estos pueblos nuevos se llamaron bastides y se construyeron principalmente a instancias mismas de las coronas francesa e inglesa (que disputaban esos territorios) como parte de una política de poblamiento y, según algunos autores, también como una forma de hacer negocio. Destacan los ejemplos de Aigues-Mortes (1246), Montpazier (1284) y Grenade-sur-Garonne (1300). La primera de ellas sirvió, además, como plaza fuerte a partir de la cual se lanzaron las cruzadas de 1248 y 1270 con el objeto de recuperar Tierra Santa; era pues, una ciudad militar, una fortaleza amurallada. Las bastides (del verbo francés bâtir-construir- en referencia al hecho de que eran los pobladores quienes se encargaban de levantar las construcciones de la nueva ciudad en un terreno donde nada había), tuvieron un correspondiente español en ciudades como Villarreal (Castellón), Virovesca (Briviesca), Salvatierra y Bilbao. Por el momento guardaremos cautela al situar las bastides francesas como posible antecedente de las trazas tiradas a cordel en la Nueva España del siglo xvi. Aunque existen elementos para suponer esta parentela geométrica, no podemos afirmar que una sensibilidad compartida haya impulsado la construcción de esta forma urbana regular en ambos continentes.

Sin embargo, el plano de la gran mayoría de las ciudades medievales europeas es un plano irregular; las bastides son más bien excepciones. Tendremos que esperar al Renacimiento para encontrar una preocupación sistematizada por reordenar las ciudades a través del empleo de la geometría regular. Entonces, los arquitectos renacentistas comienzan a valorar la regularidad de las ciudades griegas y romanas y sueñan con fundar ciudades de geometría precisamente regular. Decenas de proyectos urbanos basados en figuras consideradas perfectas como el círculo, el cuadrado, el triángulo, la elipse, el octaedro, el rectángulo y la estrella, verán la luz. Las primeras intervenciones sobre el terreno tendientes a geometrizar la ciudad tienen lugar en Italia y poco despúes en Francia. Trazada en rectángulo hacia 1631, Richelieu es probablemente la primera ciudad planeada en forma regular siguiendo los ideales regidos por la geometría.

Durante el Renacimiento, las viejas ciudades europeas continúan presentando una planta medieval, es decir, son una maraña de callejones formados sin atender a un plan predeterminado. No había regularidad alguna. La vida urbana había sido marcada por una época de convulsión atizada por la guerra entre protestantes y católicos. La ciudad, como la sociedad que la poblaba, era un mosaico fragmentado, un plato roto. Para el siglo xvii se concentró en Francia la posibilidad de transformar ese urbanismo que, a la luz de la nueva racionalidad, se juzgaba desordenado y de mal gusto. París era la viva imagen de ese desorden que Enrique iv, quien había sido nombrado rey en 1589, quiso combatir. Si bien este rey pasó a la historia como el pacificador de esa guerra religiosa mediante la firma del Edicto de Nantes, también debe ser visto como el iniciador de la regularización urbana, al menos por lo que toca a su ciudad capital. Para darle regularidad a París, Enrique iv dispuso en 1603 la construcción de la Plaza Real (actual Place des Vosges), trazada en forma cuadrangular También dispuso, en forma triangular, la conformación de la Place Dauphine en la punta oeste de la isla de la Cité. Así, un cuadrado y un triángulo fueron el legado geométrico de Enrique iv, sustituido en el trono por Luis xiii en 1610.

Luis xiii ordenará la instalación de sendas estatuas ecuestres en las plazas regulares de su antecesor. Lo mismo hará Luis xiv, quien en completo acuerdo con esta regularidad, ordenará el trazo de otras dos plazas geométricas en cuyo centro dispuso también la instalación de dos estatuas ecuestres. La primera de las dos plazas tuvo una figura de circulo perfecto (Place des Victoires) y la otra adquirió la forma de octaedro (Place Vendóme ou de Louis le Grand). De algún modo, esta geometría regular delineada por la corona francesa durante los siglos xvii y xviii, constituye un mensaje escrito sobre el pergamino urbano. El mensaje es una expresión de orden, de poder vertical y de sometimiento de la ciudadanía a la figura unipersonal del rey, un rey amenazante a caballo, pero también protector. Es un rey que ha tenido la capacidad de darle orden al espacio y al pueblo que lo habita, un rey consentido y nombrado por Dios para hacer su voluntad sobre la Tierra. A la imagen divina, el rey también es único, es absoluto; esta es, en Francia, la época del absolutismo.

En una España también absolutista, lo lógico era que dichas formas regulares causaran emoción. En el siglo xviii, se funda una infinidad de pueblos nuevos en la Península Ibérica, cuya traza será constantemente geométrica, es decir, formada por líneas rectas y figuras regulares como la Richelieu francesa. Se puede decir que esta geometría urbana ya flota en el ambiente español gracias a dos fuentes de las que se nutre constantemente. Por un lado, lo hemos dicho, en Francia se elaboran varios proyectos geométricos que hablan del orden absoluto que los espacios urbanos deben guardar entre los pueblos civilizados. Por el otro, el urbanismo realizado en América ejerce también una influencia clara en la fundación de las nuevas localidades en la España pensinsular. Este fenómeno de retroalimentación en el que España incide sobre el urbanismo americano y América sobre el español, se da varias veces durante la historia. En él, resulta sorprendente cómo, en cada caso, el telón de fondo parece ser la concepción urbanística que entonces se desarrolla en Francia.

Durante la primera época de influencia francesa sobre el urbanismo mexicano, el Maestro Mayor de la Ciudad de México, Ignacio de Castera, delineó un proyecto de reforma urbana integral con el cual pretendía encajonar a la capital al interior de una figura regular. Se trata de un cuadrado formado por una acequia que delimita el adentro y el afuera de la ciudad. Su centro geométrico es la Catedral Metropolitana y en cada una de las esquinas de aquel gran cuadrilátero figuran sendas plazas igualmente cuadrangulares. Vista esquemáticamente, la ciudad que imagina Castera es un cuadrado con cinco plazas gigantes perfectamente distribuidas en su interior: cuatro en las esquinas y una, la Plaza Mayor, en el centro, justo enfrente de la catedral. Al interior, el proyecto contempla la geometrización de todos los que, hasta entonces, eran considerados barrios periféricos mediante la prolongación, hacia los bordes, de las lineas rectas de la traza central. Dicho de otro modo, la vialidad de los barrios seria trazada de nuevo evitando repetir la serie de callejones y lodazales que caracterizaban los suburbios de la ciudad.

Décadas después, la preocupación consistió en darle regularidad a la misma Plaza Mayor. Por entonces, el Zócalo no tenía una forma regular, pues en uno de sus cuadrantes estaba asentado el famoso Parián. Varios intentos por demoler este mercado se registraron en las primeras décadas del siglo xix, pero los comerciantes más importantes de la ciudad lograron salvarlo siempre de la destrucción. Dado que en Francia y en España estaba de moda la regularidad y las estatuas ecuestres, se encargó a don Manuel Tolsá la escultura de un caballo sobre el cual cabalgara el Rey Carlos iv para ser ubicada en la Plaza Mayor. Pero en una plaza que no era regular, fue necesario construir, en otro de sus cuadrantes, una balaustrada oval en cuyo centro se ubicó al Caballito de Tolsá. La inauguración de la estatua definitiva sucedió en 1803. En la Nueva España, como en Francia, el lenguaje urbanístico nos hablaba de la omnipotencia de un soberano absoluto en medio de un espacio de perfecta geometría ordenada por él.

Mientras tanto, en la Francia posrrevolucionaria, Napoleón manejaba, en lenguaje urbanístico, el mismo discurso absolutista de los reyes que habían sido derrocados. En la Place Vendóme sustituyó la figura del monarca por la suya, es decir, por la de un emperador que también era único y omnipotente. Años después, el General mexicano Antonio López de Santa Arma, otro gobernante que se suponía a sí mismo como la última palabra, quiso expresarse en ese mismo lenguaje levantándose una estatua en el centro de la Plaza del Volador que había sido previamente geometrizada por sus ingenieros. En 1843, Su Alteza Seremsima dispuso asimismo que se demoliera definitivamente el Parián para que la Plaza Mayor quedara convertida en un cuadrado perfecto y organizó de igual modo el concurso mediante el cual se elegiría al monumento que ornamentaria el centro de aquel espacio. Otra vez tendríamos lenguajes similares entre Francia y México: plazas de geometría regular con monumentos instalados en su centro. Esto significaba racionalidad, perfección, orden, equilibrio, mesura, sabiduría.

Apenas una década después de que Santa Anna demoliera el Parián para dar regularidad al Zócalo, el Barón Haussmann concibió la que sería la figura geométrica privilegiada de su tiempo: la estrella. La place de l’Etoile, en cuyo centro se alza el napoleónico Arco del Triunfo, fue concebida como un espacio en el que 12 arterias confluían, o mejor dicho, como el punto de partida de 12 avenidas que distribuían vehículos y caminantes en todas las direcciones posibles.

En 1889, seguramente pensando en Haussmann, un activo hombre de negocios, fraccionador y urbanizador de la ciudad de México, don Salvador Malo, planeó para sus terrenos próximos a Chapultepec y adyacentes a Paseo de la Reforma, una estrella que articularía la vieja ciudad con la nueva. La estrella que imagina Salvador Malo distribuye y ordena lo que hubiera sido un patrón regular de expansión urbana basado en líneas rectas que forman una retícula y que rematan precisamente en dicha estrella. Ésta estaría en lo que hoy es Anzures, a un costado del cerro de Chapultepec. El proyecto de Salvador Malo resume en muy buena medida el impulso regularizador con el que Francia y México parecen sentirse identificados.

C) UNIFORMIDAD

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