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presencia de la arquitectura neoclasica francesa en cuenca una huella indeleble 1860-1940 (couverture)
presencia de la arquitectura neoclásica francesa en cuenca una huella indeleble 1860-1940. Universidad de Cuenca / Facultad de Arquitectura. Tesis previa a la obtención del título de arquitecto. Realizado por: Pedro Espinoza Abad, Ma. Isabel Calle. Director: Arq. Carlos Jaramillo Medina.

Capítulo 2
La cultura arquitectónica republicana: Del rompimiento de lo hispánico a la nueva edad de europeización

EXTRAIT : Los puentes culturales europeos y su influencia en las artes y arquitectura del Ecuador (p.10)

presencia de la arquitectura neoclasica francesa en cuenca una huella indeleble 1860-1940 (p.10)
presencia de la arquitectura neoclasica francesa en cuenca una huella indeleble 1860-1940 (p.10)

¿A qué se le llama Puente Culural?

Se entiende por puente cultural a un proceso de transferencia y adaptación de valores socio-culturales e ideológicos, que se da principalmente a través de la migración de personas e ideas de una sociedad hacia otra. A su vez estos valores, casi siempre resultan asimilados y/o reinterpretados a una nueva realidad contextual.

Los puentes culturales marcaron la historia de nuestra nación; así como en la Colonia todo el pensamiento ideológico y artístico se subordina a España, en la era republicana toman protagonismo otros países europeos. El Ecuador en la República, por ejemplo; depende económicamente de Inglaterra (puesto que financian las Guerras Independentistas), pero culturalmente, al romperse toda relación con la Corona Española, las élites ecuatorianas (y con ellas las personalidades artísticas), se identifican con la cultura francesa cuya influencia se mantiene hasta un poco más de la tercera década del siglo XX. El ESTILO FRANCES se convierte en el principal “puente arquitectónico”, que acogería la cultura republicana de este período.

Nos ubicamos pues en los albores de una floreciente República, donde predominaba por un lado el odio y repudio al pasado, y por otro la visión esperanzada en un mejor futuro para la nación. Debíamos pues, seguir nuevos esquemas en todos los órdenes.


Que pasa con la arquitectura y las artes a raíz de este fenómeno

Al inicio de la era independentista las artes en general son relegadas a un segundo plano, ya que los artistas y artesanos dedican casi todo su tiempo a la producción de instrumentos bélicos; pero una vez alcanzado  el  Sueño  del  Libertador,  los  talleres vuelven  a  acoger  a  pintores  y  escultores, que  ahora  creaban  bajo  la  influencia  de nuevas corrientes artísticas, puesto que había quedado atrás el arte Colonial, el Barroco, y todo sinónimo que les recordase la opresión y dominación hispánica. Al quedarnos sin piso cultural (fenómeno analizado anteriormente en “El Cuestionameinto de nuestros valores tradicionales”), comienza así  una  nueva  etapa,  en  la  que se trataría de acoger con entusiasmo el clasicismo europeo (no hispánico), manifestado en la gran mayoría de los casos a través del Estilo Francés.

El arte, la moda y la literatura empiezan también a reflejar el culto de la nueva élite ecuatoriana por  lo  franco-europeo.  Su desprecio  hacia  el  pasado  indo-hispánico era  evidente  y  no  lo  ocultaban;  con  el triunfo de la Independencia muchas familas se despojaron de las piezas de arte Barroco y/o Colonial, ya que les recordaban un triste pasado, y las venden a coleccionistas o simplemente las desecharon.

Además, a esto se suma otro hecho: “La Masonería fue un poderoso instrumento de laicización y formación ideológica; pronto hizo adeptos entre los intelectuales  de  la clase media, los militares, los comerciantes y la élite del liberalismo. Expresión de todas estas inquietudes fue el grupo organizado en torno al periódico El quiteño libre, donde escribían Juan  Montalvo,  Pedro Moncayo y Miguel Riofrío, entre muchos otros”.  Esta élite  literaria  predicaba  la función nacionalista y libertaria de las artes.

En 1848, el  francés  Ernest  Charton, buen dibujante y mejor maestro, funda en Quito un Liceo de Pintura, el mismo que daría  posteriormente  origen  a  un  renacer de las artes plásticas en el país, con una imagen  independentista.  Este hecho  es un  fuerte  puente  cultural,  ya  que  posteriormente se fundaría en nuestra ciudad la Academia  de  Bellas  Artes,  inspirada  en las fundadas en Quito y Guayaquil.

Dentro del área a ser analizada, la arquitectura, se puede señalar que: « No había entonces arquitectos titulados, sino únicamente aficionados al arte de construir, como el señor Jean Batiste de Mendeville Cónsul de Francia, persona que poseía conocimientos arquitectónicos y que en varias ocasiones dio a conocer su muy buen gusto. Bajo su dirección se construyeron casas de cal y ladrillo, en cuyas fachadas había pilastras, cornisas de coronación, cornisas sobre las puertas y ventanas y todo bastante ornamentado y consultando, en todo, la simetría y solidez. (…) Ejemplos de este tipo de construcción son: Palacio Arzobispal, Palacio de Justicia, y algunas casas de familia. » Mendeville es pues, el primer “arquitecto” conocido del período independiente, quién introduce el estilo francés manifestado básicamente a través de la incorporación de elementos decorativos en las fachadas, inspirados en el renacimiento y en los neoclásicos europeos. Es así como la ciudad de Quito empieza a transformarse bajo la influencia de su particular estilo, que comienza a ser copiado como sinónimo de modernidad y cosmopolitización.

Durante la presidencia de Gabriel García Moreno de 1860-1875 tomó muchísimo interés el adelanto del país, en lo referente a edificios públicos e infraestructura vial, durante su mandato hizo venir de Europa a varios arquitectos e ingenieros, entre ellos « el señor Thomas Reed de nacionalidad inglesa y el señor Francisco Schmidt de nacionalidad alemana. Además, en la misma época, en 1870, vino como profesor de la Escuela Politécnica el señor Jacobo Elbert con los padres Jesuitas alemanes que vinieron a fundar dicha institución, contándose entre ellos científicos en materia de construcciones que eran los padres Menten, Kelberg y Dressel. » García Moreno hizo venir además al ingeniero francés Sebastian Wise, quien planificó y dirigió la construcción de la vivienda del Presidente.

Con la llegada de estos técnicos se puede decir que empezó la época de la renovación arquitectónica en Quito; durante este período se construyeron obras significativas como son: La Penitenciaría, el Puente del Túnel de la Paz, el Observatorio Astronómico, pocos años mas tarde bajo la dirección del señor Schmidt se construyó el Teatro Sucre, que es la obra cumbre del Neoclásico en el Ecuador, el frontis de la entrada al Paseo de la Alameda, obra de J. Elbert. En la Arquitectura Civil de esta época hubo una marcada influencia el estilo del renacimiento alemán, cuyo gusto se había formado con los profesores de esta escuela.

En la década posterior vinieron los arquitectos italianos Lorenzo y Francisco Durini y Giacomo Radiconcini, es así como a finales del siglo XIX comienza la etapa de la transformación de estilos sustituyendo el renacimiento italiano al alemán.

La escuela arquitectónica puso de moda el mármol, la madera de color natural y una policromía de tonalidades muy discretas, está información se canalizó a través del cónsul francés Mendeville y de Juan Pablo Sanz, el más destacado arquitecto ecuatoriano del siglo XIX.

Así pues, poco a poco empieza a imponerse el estilo Neoclásico Francés, que ya había tomado un increíble protagonismo en las capitales latinoamericanas como Buenos Aires, La Habana, Lima, y Quito no es la excepción, puesto que manejaba muy buenas relaciones con estas capitales. Se produce además una migración masiva de europeos -sobre todo a Buenos Aires-, donde la capital argentina empieza a transformar su fisonomía siguiendo los modelos de las características de las grandes ciudades europeas, esto es: grandes parques y avenidas, museos, teatros y palacetes particulares para familias. Es oportuno citar este ejemplo, ya que esta ciudad pasa a ser un importante Puente Cultural para las capitales sudamericanas.

Se puede anotar que en las demás ciudades de la naciente República del Ecuador la arquitectura era el fiel reflejo de la capital, ya que, para levantar los edificios más importantes en otras ciudades del país, se solicitaban muchas de las veces proyectos a los arquitectos establecidos en Quito.


Capítulo 4
El proceso de transferencia y adaptación del clasicismo francés en la arquitectura de Cuenca (1860-1940)

(Reproduction intégrale)


presencia de la arquitectura neoclasica francesa en cuenca una huella indeleble 1860-1940 (p.29)
presencia de la arquitectura neoclasica francesa en cuenca una huella indeleble 1860-1940 (p.29)

Contexto histórico : La presencia de la cultura francesa en Cuenca

La  primera  huella  que  dió  Francia  en  la historia de la cultura cuencana fue indudablemente  la  presencia  de  las  Misiones Geodésicas desde el año de 1736. La Real Audiencia  de  Quito  -en  ese  entoncesacoge a una importante legión de científicos de la Academia de París, que tenían la trascendental labor de realizar las mediciones de algunos grados del meridiano del ecuador terrestre para poder voltear la página de la historia de las ciencias.

“La palabra ecuador, para los académicos, tenía un gran sentido, habiendo llegado a constituirse en el lema de su misión. Al terminar  los  trabajos,  quedará  inmortalizada con palabras que contienen una solemnidad  cercana  a  lo  sagrado.  (…)  El mundo  dió  un  paso  adelante  en  la  conquista del universo aquí en nuestro suelo, parecían  decir  los  testimonios  de  compatriotas  cuyas  voces  perduran  a  través  de los tiempos. Este hecho fue tan importante  para  nuestro  pueblo  que  no  olvidó  jamás que  sus  tierras  se  llamarían  para siempre Ecuador…”

La torre de la vieja Catedral cuencana se convierte en el último hito de la Misión, que posteriormente les permitiría entregar al mundo, el sistema métrico decimal, del cual nos valemos hasta nuestros días. “El gigante ingenio del hombre para medir la Tierra con sus manos diminutas y temporales había tenido éxito”

Entre los personajes de la Misión que más influyeron en la historia de Cuenca, estuvieron Charles-Marie de La Condamine y el cirujano Joan Seniergues. El primer personaje fue valioso por todo su aporte científico  que  compartió  abiertamente  a  muchos  personajes  de  la  ciudad  de  la  época (de allí que una importante calle histórica de la ciudad lleva su nombre), y el segundo personaje, fue trágicamente célebre. Las razones: “Desde el principio de su estadía Seniergues  se  mostró  como un  hombre irascible,  propenso  al  fácil  enojo.  Protestante y volteriano, sus ideas en materia religiosa nada tuvieron que ver con las ideas de  la  gente  católica  de  Cuenca;  y  de  ahí que  fuera  tratado  como  un  “hereje”;  se burló buenamente de las costumbres locales; y, a pesar de que ocupaba gran parte de su tiempo en curar al vecindario de sus males, no se convino su genio con el ge nio cuencano, y por este lado se enemistó a poco andar con el mundo entero.”

Pero a pesar de todo se ganó el corazón de Manuela Quezada, conocida como la Cusinga, una de las más bellas criollas de la época, de la de quién muchos cuencanos estaban perdidamente enamorados. Todo esto concadenó una serie de líos y escándalos, que terminaron en el asesinato del francés en una corrida de toros en el barrio de San Sebastián. Este triste episodio forma también parte de las más famosas “crónicas anecdóticas” de la ciudad, que se han transmitido a través de los años. Pero es luego con la Segunda Misión, realizada en los primeros años del siglo XX, que el aporte cultural del pueblo francés toma un protagonismo de espectativa al venir a establecerse en la ciudad por un período, el etnólogo francés Paul Rivet, quien fuera Secretario General de la Sociedad de Americanistas y fundador del Museo del Hombre en París. Su aporte en nuestra cultura fue más que importante, al publicar valiosísimos trabajos, entre los cuales están: “Ethnographie Ancienne de l`Equateur” (1912), “Les Origines de l`Homme Américain” (1943), “Biblioghrapie des Langues Aymará et Kichua” (1951), entre otras, todas fruto de su Misión Científica en el país y especialmente en nuestra ciudad. Paul Rivet a más de ser uno de los personajes más importantes de la época por sus invaluables estudios, se convierte luego en un personaje de leyenda en la ciudad, al tener -al igual que su colega Seniergues, dos siglos atrás- “amores prohibidos” con una mujer casada de la aristocracia cuencana, pero historia que finalmente terminó con el escape de la pareja hacia París.

La Segunda Misión Geodésica estaba compuesta -además de Paul Rivet- por tres científicos, y un cocinero (el mismo que trabajó luego a las órdenes de la aristocracia cuencana, y cuyos restos descansan en el panteón de los hombres ilustres del cementerio de Cuenca).

Bien se sabe que en la época de estudio, al desprenderse la sociedad de todo vículo con España, fue creciendo cada vez más el espíritu independentista e iluminista inspirado en los logros posrevolucionarios franceses, -que para ese tiempo-, se habían ya cristalizado con mucho mérito, especialmente en el ámbito político, en el desarrollo artístico y en sistemas pedagógico-educativos. Esta es la razón por la que en todo el espectro aristocrático y político de la época, nace la necesidad casi irremediable de actualizarse e “identificarse” con nuevos cánones, que naturalmente apuntarían a tratar de adoptar un cierto “modelo francés”.

Se vuelve necesario subrayar además, el papel cumplido por los políticos cuencanos en el ámbito nacional e internacional, que tuvo total trascendencia en nuestro período de análisis, puesto que “en un lapso de 20 años, dos cuencanos – Antonio Borrero y Luis Cordero- llegaron a ocupar la primera magistratura”, sin olvidar a un sinnúmero de ilustres personajes de la época que ocuparon importantes cargos diplomáticos y de gobierno, concadenando consecuentemente un total protagonismo en la toma de desiciones a nivel del país.

Pero como es sabido, antes de este lapso “a partir de 1860 la escena política ecuatoriana fue dominada por la figura de un sólo hombre: García Moreno, quien proyectó su sombra más allá de su asesinato en 1875.” La economía del país en esta época estaba regida en gran parte a las exportaciones: de cacao en la costa, y del sombrero de paja toquilla y de la cascarilla en el austro (siendo esto último monopolio de la familia cuencana Ordoñez Lazo.) Cabe destacar también que el poder religioso estaba en manos del Cardenal Ignacio Ordoñez Lazo, miembro de la misma familia.

Es así como el presidente García Moreno se relaciona de cierta forma con los Hermanos Ordoñez, a través del matrimonio de Doña Hortensia Mata Lamota (de origen guayaquileño e hija de un General del ejército de García Moreno), cuando esta tenía apenas 13 años de edad con el Sr.Dn. José Miguel Ordoñez Lazo, convirtiéndose este último en Gobernador de la provincia del Azuay.

Se menciona a García Moreno ya que a pesar de haber sido uno de los personajes más polémicos de la época (por su extremo fanatismo religioso), su figura es fundamental para entender al arte del siglo XIX; especialmente esta fiebre hacia “lo francés” que se ha mencionado anteriormente. García Moreno, a más de instaurar y reglamentar el Liceo de Pintura y la Escuela Politécnica, también hizo traer profesores y envió becarios a formarse en Europa principalmente. En consecuencia, se inicia en Quito un intenso período de edificación que está bajo la tutela de profesionales europeos (alemanes, italianos y franceses) que el presidente ordena traer. De igual manera, también fue durante su presidencia y auspiciado por los Hermanos Ordoñez Lazo, que se traen las primeras comunidades educativas francesas al país, estableciéndose de esta manera en Cuenca las órdenes de los Hermanos Cristianos y de las Religiosas de los Sagrados Corazones.

La cascarilla, materia prima de la quinina, era el único remedio conocido en esa época para combatir el paludismo. Las exportaciones se dirigían principalmente hacia Francia e Inglaterra, ya que los ejércitos de estos países se diezmaban en las guerras del Africa. Los hermanos Ordoñez mandaban la carga desde Guayaquil a Panamá, donde luego cruzaría por tierra hasta llegar al Atlántico, en donde era embarcada nuevamente hacia Europa. Los barcos siempre iban llenos de carga, pero nunca regresaban vacíos, ya que con el producto de la venta se adquirían en puerto y a muy buen precio todo tipo de enceres y artefactos de fina factura.

Por este motivo la importancia político-económica de Cuenca, asienta bases en el auge de la clase exportadora de la cascarilla y luego con el boom del sombrero de paja toquilla, quienes no imaginaron que su desmesurada riqueza económica, llegara a transformar radicalmente la vida misma de la ciudad, pues esto “permitió al país entrar en contacto directo con las grandes potencias europeas, a través de la vinculación de una clase oligárquica y del mismo estado manejado por aquel grupo en referencia a intereses económicos internacionales posibilitados por la gran apertura comercial. Esto se traduce, formalmente, en la feliz admisión de un recubrimiento o barniz francés para estas clases. Frente a estos “afrancesamientos” se suscitan en toda Latinoamérica sugerentes llamados por buscar nuestra propia nacionalidad”

Pero en la próspera ciudad de Cuenca todo empezaría a cambiar abruptamente. Los frecuentes y continuados viajes de la aristocracia (especialmente a París), traerían consigo un sinnúmero de cosas “novedosas y modernas” que iban desde diminutos objetos de uso personal, hasta “casas enteras, literalmente desarmadas y en piezas”, lo que voltearía totalmente el modus vivendi de la época que se encontraba sobreviviendo, todavía en una escenografía de ciudad colonial.

Y fue solamente a través de la sociedad exportadora, que la luz eléctrica llegó a Cuenca. Una dínamo de 5,5 KV sacada de uno de los barcos, fue traída a la ciudad “a lomo de indio” para la primera planta eléctrica. De igual manera vinieron los pianos de cola, las grandes colecciones enciclopédicas y literarias, así como también todos los materiales y menajes para construir las casas señoriales, todo “a lomo de indio”, ya sea por Naranjal o por Huigra, la cultura llegó literalmente “a lomo de indio”.

Por otro lado, paralelamente se produce un importante peregrinaje temporal de la joven élite intelectual de la aristocracia cuencana, con la finalidad de “educarse correctamente” en la capital de la cultura de la época: París. Este hecho contribuye a posteriori, a que este influyente grupo sea también el que introduzca -en gran medida nuevas costumbres citadinas, transformándose por un lado la vida socio-espacial de la ciudad, y por otro las tradiciones artísticas y educativas.

De este grupo se destaca Emanuel Honorato Vásquez, joven cuencano que vive en España, pero se educa también en París junto a su hermana María, mujer de increíble belleza, mientras que su padre se ocupaba de asuntos diplomáticos, defendiendo al Ecuador ante la corte de Alfonso XIII por los problemas limítrofes. De la capital del mundo de la época importó todos los vicios y las virtudes de los jóvenes parisinos, y los repartió a manos llenas entre la juventud cuencana. Pese a que murió a muy temprana edad (27 años), fue el impulsor de la fotografía artística en Cuenca, entregado totalmente a desarrollar las artes y oficios, a más de ser topógrafo, tipógrafo, ingeniero, pintor, mecánico, entre otras cosas. Se le recuerda además, por haber diseñado la pista de aterrizaje para la llegada del primer avión a Cuenca en 1920, piloteado por Elia Liut, aviador italiano héroe de la primera Guerra Mundial. La llegada del biplano fue bautizada como “el acontecimiento del siglo”, al coincidir con el primer centenario de independencia del Ecuador.

En la ciudad de Cuenca “desde fines del siglo XIX hasta la década de los años treinta, la cultura francesa se expresa e influye poderosamente en las letras, la arquitectura, la pintura, la enseñanza primaria, media y superior; y se expresa con fuerza también en la moda, el vestuario, el mobiliario y el menaje de las casas señoriales que buscan cambiar su tradicional austeridad por el disfrute y el goce de unas clases con marcado optimismo y fé en el progreso. (…) París no fue sólo el destino del peregrinaje de jóvenes poetas, estudiantes y artistas sino la ciudad irradiadora de influencias literarias, conceptos y estilos arquitectónicos, pedagogías novísimas para nuestro medio y proveedora de un arsenal de mercancías (lámparas, pianos, alfombras, perfumes, vajillas) que cambiaron la imagen de la ciudad dotándola de un aire moderno, nuevo, diferente del que tuvo en el pasado.”

De esta manera, bien o mal nace en la ciudad una nueva forma de desarrollo cultural que acoge entre otras cosas, a toda una generación dorada de poetas e intelectuales que escribían bajo el influjo “francés” y que fundamentaron verdaderas tradiciones en la ciudad de la época, representadas por las “Fiestas de la Lira”, los “Concursos Literarios” y un sinnúmero de selectas revistas, periódicos y publicaciones.

Por otro lado, el sistema educativo religioso y laico, a más de adoptar con entusiasmo métodos pedagógicos, adopta inclusive el idioma francés como segunda lengua y se crea paralelamente la Universidad, el Colegio Nacional y la Escuela de Artes Plásticas, naciendo además un especial interés por la fotografía artística, la música y el periodismo.

Cabe citar al respecto un ejemplo importante: Juan Bautista Vázquez como rector de la Universidad en 1878 dicta la ley que establece la creación de una biblioteca pública que se inaugura en 1882. Para el efecto encarga a Don Carlos Ordoñez en uno de sus viajes a Francia el año 1879, la adquisición de un importantísimo número de libros para el equipamiento de la biblioteca (casi todos ellos en idioma francés y unos pocos en latín), lo que hace pensar claramente que la cultura universitaria de le época, a más de ser muy versada en el uso del idioma, fue literalmente formada bajo la influencia de la “escuela francesa” a través de estos libros. Este influjo cobró total protagonismo en la formación de profesionales en el campo de la medicina y de la jurisprudencia especialmente, sin dejar de abordar otras temáticas como la literatura, la filosofía y las artes y oficios.

Ya para el año 1888, el archivo de la biblioteca cuenta con más de 4880 libros, sin contar los folletos, revistas y publicaciones. Por otro lado, el naufragio del va por “Azuay” producido en julio de 1879, priva a la universidad de otro valiosísimo cargamento de libros, que eran importados desde París.

Pero indiscutiblemente, la ciudad construída es la síntesis de todo este complejo fenómeno social, pues sin duda, “la arquitectura en el Ecuador desde mediados del siglo XIX y primeras décadas del XX, es el testimonio más visible de la huella de Francia entre nosotros. (…) La influencia francesa no solo introdujo sus propios diseños, sino que incluso abrió la puerta de otras culturas europeas a los ojos de la nuestra.”

Es por esta misma razón, que en este trabajo específico de investigación en el campo de la arquitectura, se tuvo necesariamente que abordar -en primera instancia todo el contexto histórico-social del Ecuador de la época, y en segunda instancia todo lo que ocurría del otro lado del océano. Sólo a partir de analizar estas dos variables, se puede visualizar de mejor manera, el grado de influencia que tuvo la cultura Francesa en la Cuenca de fines del siglo XIX y principios del XX.


La “cité” cuencana : Análisis del proceso de transferencia y adaptación del clasicismo francés en la arquitectura de Cuenca.

presencia de la arquitectura neoclasica francesa en cuenca una huella indeleble 1860-1940 (p.32)
presencia de la arquitectura neoclasica francesa en cuenca una huella indeleble 1860-1940 (p.32)

“Aunque se adornaran de mármoles preciosos y finos alfarjes de rosáceas y mosaicos – de rejas diluidas tan ajenas al barrote que eran como claras vegetaciones de hierro prendidas de las ventanas- no se libraban las mansiones señoriales de un limo de marismas antiguas que les brotaba del suelo apenas empezaban los tejados a gotear…” Alejo Carpentier

“A pesar de su cercanía en el tiempo, la arquitectura del siglo XIX en el Ecuador es prácticamente desconocida. Mucho más se conoce sobre los casi trescientos años de dominio colonial que sobre los cien primeros años de vida independiente”. Es esta verdad la que ha incentivado a tratar de hilar muchos desfases en la historia arquitectónica de Cuenca, que ahora más que nunca necesita iniciar un verdadero proceso de conocimiento y concientización de nuestra “ecléctica” pero propia identidad cultural.

La mayor parte de la arquitectura de Cuenca producida a comienzos del siglo XIX correspondía a la realidad social de una clase agraria que vivía y trabajaba todavía en el campo. La ciudad era en gran medida el lugar de comercialización de las cosechas de todo el año, razón por la cual las casas no tenian comodidades, pues eran practicamente galpones de almacenamiento de las cosechas, patios para las mulas (mulares) y portales en los que dormían los indios.

Pero esta sencilla tipología arquitectónica se empieza a transformar desde mediados de ese siglo, a raíz del auge económico de las clases exportadoras, las cuales necesitaron readecuar paulatinamente sus casas de la ciudad; las viviendas se hacen de dos pisos. En el primer piso todavía se almacenaba la cosecha o la manufactura, y en el segundo piso es donde se empieza a desarrollar la vida social de las familias cuencanas. Es a partir de este hecho, que los salones y las habitaciones principales se empiezan a ubicar en las segundas plantas de las viviendas.

Consecuentemente, este inexorable crecimiento de las exportaciones a Europa provocó una transferencia cultural arquitectónica inédita, que logró “llenar las espectativas a los sectores que, remordazados econónomicamente, buscaban en múltiples aspectos nuevas formas de consolidar su identidad. (…) La creciente burguesía local, transforma los edificios cuencanos si no los puede sustituír por completo y los aspectos estéticos externos se convierten en una prioridad de expresión individual en la arquitectura de principios del siglo XX. Este será el nuevo rostro de la ciudad, rostro consolidado en el nuevo siglo, con el cual Cuenca ingresa irreversiblemente al mundo contemporáneo”.

Para tratar de entender objetivamente el cómo se dió el proceso de transferencia y adaptación de la arquitectura francesa al contexto de Cuenca, se tiene que volver a la idea primaria de que la arquitectura es indiscutiblemente un hecho cultural, y como en varios aspectos de la cultura general, “en la arquitectura los procesos de transferencia se transforman en procesos de adaptación, al introducirse las formas de la arquitectura europea para generar resultados locales en los que los cánones pierden su impecable proporción, dando paso a expresiones lúdicas que convierten a la arquitectura “seria” en arquitectura vernacular revestida de dignidad. La primera arquitectura local influenciada de esta manera se convierte a su vez en un nuevo modelo que se irradia hacia la periferia física y social de Cuenca. La pilastra, la cornisa y el capitel son ahora piezas de un juego de composiciones manejadas con absoluta libertad y con una fuerte dosis de ingenuidad”

Es aquí donde empieza la irremediable y contagiante metamorfosis del centro de la ciudad, donde las viejas casas en adobe de una planta, son demolidas dando la posta a edificios de dos y tres plantas “con fachadas calcadas de las construcciones parisinas y en cuyo interior se adecuaron espacios para salones adornados con lámparas y espejos de cristal de roca, cielorasos cubiertos con láminas de latón importado y paredes revestidas con papel tapiz europeo. (…) La influencia francesa en nuestra arquitectura no solo introdujo diseños sino que propició importantes variantes, propuestas por nuestros artesanos que se nutrieron de ese lenguaje arquitectónico. Con mucho fundamento, se ha dicho que esta fue la época que nuestra arquitectura se adornó de frisos y ornamentaciones y le crecieron áticos y mansardas”

Esto produjo consecuentemente una nueva lógica en toda la producción artesanal de la ciudad, puesto que a más de empezar a emplear “novedosos materiales importados” en la construcción, la producción de ladrillería empieza a ganar protagonismo especial, los gruesos muros de adobe son sustituídos paulatinamente por mampostería de ladrillo, se empiezan a fabricar dovelas para formar las columnas, tejuelos para construir las terrazas, grandes ladrillos para cornisas e impostas, capiteles dóricos y corintios para las columnas, florones y pináculos de este material e incluso como ya se mencionó, balaustres de las formas más diversas cuya finalidad era la de ocultar las tradicionales cubiertas de teja.

Se llega a producir además diseños específicos en ladrillo que nacerían primeramente a partir de imitar formas de arquitectura europea, pero que a través de la interpretación propia de nuestra cultura artesanal, se llegaría a unos resultados de diseño muy “locales” (pero obviamente muy influenciados) que luego serían utilizados como detalles estándar que se repiten en la composición de muchísimas fachadas en la arquitectura de la ciudad.

Por otro lado, los pequeños talleres de herrería, joyería, carpintería, etc., tuvieron de igual manera que “actualizarse” y acoplarse a las exigentes solicitudes y caprichos de los modelos y diseños que afloraron luego de las múltiples visitas a Francia de la sociedad burguesa de la época. Es así como los albañiles y artesanos de Cuenca debieron aprender no solamente a interpretar planos y dibujos de arquitectura, sino al mismo tiempo utilizar toda su imaginación y talento para realizar -en muchos de los casos- la composición íntegra de fachadas basándose únicamente en fotografías y postales que los viajeros traían de modelo para construir sus “pequeños palacetes”, como una forma de mostrar abiertamente su “status” en la sociedad de la época.

Pero por otro lado, la familia Ordoñez Mata trajo a su servicio a dos artistas franceses (René Chaubert y Giusseppe Majon) que a más de dedicarse al diseño, construcción y decoración de las viviendas de la familia, transmitieron directamente sus conocimientos a los artesanos cuencanos que estuvieron a su cargo, aportando y enriqueciendo la formación de mano de obra calificada dentro del campo de la construcción.

René Chaubert, afamado dibujante parisino, llega a finales del siglo XIX y trabaja en la decoración de las casas y quintas de la familia Ordoñez, y se establece en la ciudad por un período de 19 años, tiempo en el cual trabaja y forma a muchos artesanos, especialmente a los herreros a quienes enseña las técnicas de hierro forjado y hierro colado, que se aplicaría en balcones, puertas, verjas, y cuya constante sería el uso de motivos en formas vegetales.

Giusseppe Majon, llega a Cuenca en el primer tercio del siglo XX para contribuír al diseño y construcción de la casa de Alfonso Ordoñez Mata (que luego sería de la Sra. Rosa Jerves de Ordoñez), ubicada en la calle Bolívar frente al parque Calderón. Majon conocía las técnicas de pintura de cielos rasos y paredes, así como la técnica de aplicación de pan de oro. Entre sus ayudantes podemos citar a Luis Lupercio, quién aprendería la composición de fachadas y las técnicas de su decoración; Julio Pacurucu, a quién adiestró en la elaboración y aplicación de pinturas de interiores y decoración de cielos rasos; y un artesano de apellido Buestán, a quién enseñó las técnicas de fundición de yesos y marmolinos para la confección de cascarones y demás elementos decorativos. Majon radica en la ciudad por 5 años, y a su regreso a Europa, Luis Lupercio toma la posta de constructor de muchísimas viviendas de la “cité” cuencana.

Por otro lado, entre 1898 y 1902 viene a la ciudad el Arq. Gaston Thoret y sus ayudantes. Este grupo de franceses fueron contratados para la construcción del primer puerto marítimo entre Jambelí y Puerto Bolívar, pero además se dedicaron a la venta de mercadería francesa, en la que constaban perfumes, lencería, cortinas y especialmente licores, que los vendían a muy buenos precios en la capital azuaya, por lo que decidieron establecerse en la misma.

La nueva arquitectura requería la utilización de nuevos materiales, muchos de los cuales no existían en el país, pero la necesidad es la madre del ingenio, y es así como los artesanos y los constructores encuentran sus medios para entrar en la boga estilística de la época.

El mismo barro con el que se fabricaban los adobes para las modestas casas coloniales, es utilizado en moldes de listones y rosetas, quemado para transformarse en ladrillo y pintado cual fino mármol para embellecer las claves de las ventanas de medio punto o los balaustres que remataban las fachadas de las casas.

Algunas cubiertas abandonan la sencillez y el calor de la teja de barro, y utilizan materiales como el zinc, que debía ser obtenido desarmando las cajas de embalaje de los barcos provenientes de Europa, y que luego de estañar las láminas para rellenar sus agujeros, podían ser usadas para confeccionar las mansardas y cúpulas que ennoblecían los edificios de la ciudad.

Las ventanas dejan de ser de sólida madera y adquieren liviandad y nuevas proporciones, para poder recibir entre sus marcos los vidrios que venían de Bélgica, en pequeñas cajas de 40x40cm. Es así como los ventanales se diseñaban de acuerdo a esas medidas, orientados hacia la calle para poder observar los acontecimientos de la ciudad, protegidos por finos balcones de hierro forjado o colado en el exterior y en el interior por sobrias y modestas contra tapas de madera que mantenían el calor dentro de la vivienda durante las frías noches del austro.

La arquitectura cuencana de esta época, si bien es cierto nace de la interpretación del neoclasicismo francés, es ejecutada por nuestros artesanos, que aportaron a sus composiciones diseños ornamentales propios y la tecnología constructiva de la zona, lo que ayudó posteriormente a que los edificios guarden entre sí muchas relaciones y rasgos claramente identificables. “Fueron estos seres sensibles los que tallaron las puertas y esculpieron la piedra, los que ennoblecieron el hierro y se cubrieron de teja, los que con sus hábiles manos devolvieron a la ciudad lo que su ciudad les brindaba: belleza. La verdadera riqueza de la arquitectura de Cuenca radica precisamente en eso, en que fue hecha y, así se percibe, para los hombres sensibles y por las manos de hombres sensibles, de hombres vivos. Por eso su espíritu sigue vivo”

 

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