mexico-francia-memoria-de-una-sensibilidad-comun-siglos-xix-xx-tomo-ii-collectif-2004-p-271-289
GAITÁN, Julieta Ortíz. La ciudad de México durante el Porfiriato: «el París de América» In : México Francia : Memoria de una sensibilidad común; siglos XIX-XX. Tomo II [en ligne]. Mexico : Centro de estudios mexicanos y centroamericanos, 1993. Disponible sur Internet : http://books.openedition.org/cemca/843.

La ciudad de México durante el Porfiriato: «el París de América»
Julieta Ortíz Gaitán

p. 179-196


RESUME

Pendant la période de splendeur du Porfiriato, la vie quotidienne connue des changements notables, entre autre, l’installation de grands magasins au sein de la paisible ville de Mexico, fondés dans leur grande majorité par les barcelonnettes. Les nouveaux produits et biens de consommation diffusés, la création d’emplois, les rapports avec l’étranger, et l’image de marque du magasin, permirent un flux idéologique constant qui consolida la pénétration de la culture française. La société porfirienne, qui prétendait se joindre au progrès et au modernisme, assimila non seulement les us et coutumes que ces nouveaux produits véhiculaient, mais également le mode de vie et les valeurs sociales qu’ils associèrent à la construction d’une image cosmopolite.


Plan

  • Bienes y objetos bellos para todos
  • Las tiendas departamentales en México

TEXTE INTEGRAL

Este capítulo forma parte de una tesis doctoral en Historia del Arte sobre la imagen publicitaria en México. Las fuentes primarias consisten en un corpus iconográfico de aproximadamente ochocientos anuncios publicados en la prensa ilustrada en un periodo que va de 1894 a 1939. Con base en la lectura tanto de las imágenes como de los textos de estos anuncios, analizaremos brevemente cómo la nueva modalidad de consumo introducida por las tiendas departamentales establecidas en la ciudad de México durante el Porfiriato, propiciaron un flujo de penetración cultural extranjera, principalmente de Francia y los Estados Unidos de Norteamérica.

En 1910, los Ferrocarriles Nacionales de México se anunciaban en el semanario Revista de Revistas con estas palabras:

Hay que ir a la ciudad de México. Las iluminaciones, desfiles, exposiciones, carros alegóricos y cabalgatas históricas en combinación con los hermosos parques y alamedas, calles y edificios del París de América, formarán un conjunto que difícilmente podrá repetirse…

Ciertamente, la capital del país presentaba un rostro de prosperidad afrancesada durante las celebraciones del Centenario de la Independencia en el año de 1910. Los programas oficiales de expansión y mejoramiento urbano pugnaban para que los nuevos fraccionamientos recordaran a la bulliciosa y elegante Ciudad Luz finisecular. Los ciudadanos de entonces veían cómo, en la vía pública, las bombillas eléctricas sustituían a las farolas de nafta y trementina; veloces automóviles inquietaban a los caballos de los charabancs; y la gente se asombraba al ver esos ruidosos tranvías movidos como por arte de magia sin las mansas y sufridas mulitas de antaño. Al lado de los huaraches y los calzones de manta, los frufrús de sedas, los altos sombreros y las levitas impecables se esforzaban por construir una imagen acorde con el ámbito cosmopolita procurado por una burguesía en ascenso.

Al finalizar el siglo xix, el incremento en la producción industrial y el correspondiente aumento en la capacidad adquisitiva trajeron consigo cambios importantes en las principales ciudades mexicanas, incidiendo significativamente en la conformación de una cultura del consumo. El consumo, al identificarse con los valores de la modernidad, estableció una serie de patrones indicativos que subrayan la pertenencia a determinado estrato social. Más que las estadísticas meramente económicas, estos patrones de consumo constituyen estructuras mentales que revelan el aprecio a ciertos bienes materiales y a un estilo de vida en el que el progreso y el bienestar son fundamentales. Fenómeno eminentemente urbano, el consumo refleja la idea que de sí mismas teman las capas acomodadas del Porfiriato, al considerarse grupos progresistas que veían en la modernización del país un impulso de carácter nacionalista y se declaraban partidarios de adelantos tecnológicos, aparatos, gustos, modas, hábitos y costumbres fuertemente influenciados por modelos culturales europeos y estadounidenses.

Estos mexicanos ilustrados que se consideraban a sí mismos «gente decente» -recordemos como contraparte los conceptos de «vulgo», «populacho» y «multitudes» que se expresan comúnmente en la prensa de la época- contaron con un medio adecuado y eficiente para estar al tanto del progreso y la modernidad en los numerosos magazines ilustrados que irrumpieron en las últimas décadas del siglo xix. Particularmente el sistema de anuncios que se publicaba en estas revistas constituía un buen catálogo de opciones para adquirir bienes y servicios. El tercer elemento en la cadena consumista lo constituyen las tiendas departamentales, de gran semejanza con las francesas en la ciudad de México y con más influencia estadounidense en el norte del país.

En cuanto al número de consumidores, S.H. Haber considera 5 millones de personas de un total de 12.6 millones de habitantes, según cifra del censo de 1895. Sin embargo, la población era mayoritariamente rural y pobre. El consumo dependía de las cosechas, que no siempre eran buenas, y de los raquíticos salarios de los obreros. Los peones sobrellevaban la pesada carga de la tienda de raya que no les permitía incursionar en otro tipo de consumo. En el mismo año de 1895, más del 90 % de la población eran trabajadores empobrecidos de bajos salarios; 8 % lo constituían burócratas y profesionales que vivían en las ciudades y tan sólo 2 % correspondía a financieros, grandes comerciantes y hacendados, es decir, a los dueños del dinero y del poder adquisitivo. Por lo tanto, de los 5 millones de consumidores citados por Haber, sólo 2 % de la población total podía constituirse en un factor consumista de peso y el resto estaría sujeto a los inconvenientes de un ingreso inestable e insuficiente.

Por otro lado, existía una clara tendencia en el gusto de las élites hacia los productos extranjeros, según nos dice Andrés Molina Enríquez en 1909:

[…]los extranjeros y los criollos son los dueños de nuestras fábricas de hilados y tejidos, y no usan las mantas ni los casimires que sus fábricas producen: visten generalmente de telas europeas, usan sombreros europeos o norteamericanos, calzan zapatos norteamericanos, viajan en carruajes norteamericanos o europeos, decoran sus habitaciones con arte europeo, y prefieren, en suma, todo lo extranjero a lo nacional; hasta la pintura, la literatura y la música con que satisfacen sus gustos y divierten sus ocios tienen que traer el sello extranjero.

En consecuencia, la industria nacional dependía, en gran medida, de la producción para la clase trabajadora, esto es, mercancías baratas como telas de algodón y de percal, cigarros, cerveza, jabón y otros bienes de bajo costo. No es gratuito que las grandes empresas nacionales de la época hayan sido textiles, cerveceras y tabacaleras.

Respecto a bienes de consumo, los aparatos electrodomésticos, que constituían el milagro aportado por la electricidad, provenían en su mayoría de la pujante industria norteamericana y podían adquirirse por catálogo o directamente en la «Mexican General Electric Company» de San Juan de Letrán, 3. Pero los productos franceses, principalmente ropa, telas, accesorios, cosméticos y objetos suntuarios y de arte, ocupaban un prime-rísimo lugar en el gusto y la preferencia de los consumidores.

Francia tema no sólo el aura de la gran tradición cultural, sino también el savoir faire que se requería para el correcto desempeño social y educativo que conduciría, en su conjunto, a un proceso civilizatorio tan necesario en la época. La lengua francesa expresaba cabalmente las formas de parnasiana belleza indispensables en los versos y prosas de los poetas modernistas y, además, se aprendía tempranamente como idioma oficial en los principales colegios de la ciudad de México. En el Colegio Grosso, por ejemplo, personajes como José Juan Tablada y Francisco M. De Olaguíbel lo aprendieron siendo niños. Este último, recuerda Tablada, «sin haber estado nunca en Francia, dominaba absolutamente el idioma aún en sus formas arcaicas y en su moderno argot, admirando a los mismos franceses que con él conversaban».

El mismo Tablada, cuyos primeros versos recibieron como elogio que Manuel Gutiérrez Nájera dijera que «estaban escritos casi en francés», recuerda a su padre y sus amigos como los prototipos de hombres formados en el espíritu de la cultura francesa:

Aquellos hombres, refinado producto de la clásica cultura francesa, hablaban de la Francia de su juventud como podría hablar un parisiense, con igual sentido de las proporciones, con idéntico esprit […] Sus conversaciones sobre Francia y las cosas de Francia, hacen aún, no obstante los años, perdurar un encanto en mis recuerdos. Hablaban como perfectos iniciados de aquel París del Segundo Imperio, que de una vez para siempre moldeó sus espíritus con normas de gusto depurado y refinamiento intransigente.

Los habitantes de la ciudad de México, el «París de América», tenían a su alcance productos franceses que podían adquirir en un área comercial definida desde el siglo decimonónico. Este centro se ubicaba en las calles de Plateros, de la Monterilla, del Empedradillo, del Relox, Porta Coelli, la Profesa, San Francisco, el Refugio, el Portal de las Flores y San Bernardo. Ahí se encontraban «los joyeros, los restauranteros, los camiseros, los confiteros, los sastres, los comerciantes de confecciones, de lencería y de novedades».

La gastronomía fue uno de los aspectos donde mejor se manifestaba aquella «benemérita influencia francesa», según afirmaba un bon vivant como José Juan Tablada. Los restaurantes se preciaban de contar con chefs o en ocasiones, con maitres dhotel traídos expresamente de París, como era el caso del Café Restaurante Chapultepec, el que se anunciaba como «El rendez vous de México.» En cualquier restaurante de la calle de Plateros o del Coliseo Viejo se podían degustar platillos de carne, caza y mariscos: un filete de venado guarnecido con puré de castañas o un tournedo en el restaurante Sylvain Daumont rociado con los mejores vinos de Borgoña o Burdeos. Y ni qué decir de las pastelerías y confiterías donde probar los deliciosos petit-fours y gateaux de todo tipo.

Sin embargo, pese a todo, un buen chef francés no desdeñaba presentar platillos locales como las jaibas en chilpachole y el pescado blanco de Chairo, Chapala y Pátzcuaro, tal vez por aquello de que sus clientes pertenecían a

[…]la aristocracia y lo mejor de la clase media, grupos que, aunque se las daban de afrancesados, seguían siendo adictos al pulque y al mole, como lo indicaba el gran número de vendedores que se instalaban en las calles.

En convivencia con estos puestos callejeros, los restaurantes, confiterías y salones se consideraban establecimientos con tradiciones propias a punto de verse alteradas por la incipiente penetración cultural estadounidense. Así recuerda Tablada, por cierto con algunos adjetivos en inglés, a la dulcería de Deverdun, situada en la calle del Puente del Espíritu Santo núm.2, (Chocolate Deverdun, EMI, octubre 19 de 1902)

con sus enormes vitrinas murales y sus mostradores tema un aspecto de verdadera elegancia. Tenía a pesar de su esencial frivolidad un aire severo y dignified dentro del cual el dueño y sus rubias hijas, con finísimas maneras, inconcebibles para el yankismo comercial que nos invadió luego, servían a la distinguida clientela. La repostería de Deverdun, sus bombones y frutas glacées dentro de bolsas y estuches de seda decorados a mano, teman un sello exquisito.

Los rubros en los que se acentúa la presencia francesa, de manera más evidente, además de la gastronomía, son la moda y los productos farmacéuticos. Es cierto que para los caballeros los dictados de las casas de Londres eran inexpugnables, pero los modistos franceses, establecidos en pequeñas boutiques y en grandes almacenes departamentales, estaban a la vanguardia en cuanto a todo tipo de ropa comme il faut. En cuanto a perfumes, cosméticos y medicamentos, los productos franceses ejercían una fascinación casi hipnótica; ocioso es decir que en la mayoría de los casos provenían de Francia o tenían marca francesa, por su indiscutible prestigio entre el público consumidor.

Bienes y objetos bellos para todos

Con el optimismo decimonónico por el progreso se pensó que la producción de bienes de consumo podría expandirse a sectores más amplios de la población. Con ello se daría una especie de democratización del bienestar que coadyuvaría al mejoramiento de la sociedad. La publicidad, como parte del fenómeno consumista, propició en buena medida estas ideas al asociar, desde un principio, valores sociales y formas de vida a los bienes promovidos y al ofrecer, a un nivel virtual, la posesión de estos bienes a través de sus imágenes.

Factor decisivo en el advenimiento de las nuevas modalidades que llevaron a la revolución consumista fue el establecimiento, a mediados del siglo xix, de grandes almacenes comerciales en metrópolis como París, Londres y Nueva York. Hasta entonces los bienes de consumo se obtenían en pequeñas tiendas, en ferias y mercados, con comerciantes y buhoneros, o bien se encargaban directamente a los talleres artesanales. Sin embargo, en los grandes almacenes, grand magasins, los compradores encontrarán por vez primera un ambiente diseñado ex profeso para un nuevo estilo de consumo. La tienda departamental parisina de fin de siglo, nos dice Michael B. Miller,

[…]fue un monumento a la cultura burguesa que la construyó, le dio sustento, se maravilló y encontró su imagen en ella. Capturó la intención cultural-empresarial de dominar y organizar el mundo material para su ventaja. En la arquitectura, materializó el mandato de funcionalizar el medio ambiente. Significó solidez y respetabilidad. En sus valores, promovió la identificación cultural con lo aparente y las posesiones materiales. Reafirmó la productividad y personificó las pretensiones culturales de una sociedad igualitaria. La tienda departamental era el mundo burgués.

Al penetrar al grand magasin, el cliente se encontraba con empleados correctos, cortinajes, alfombras y mobiliario adecuado para un ambiente proclive al consumo, no sólo por la manera atractiva de presentar las mercancías, sino por la atmósfera de complacencia y discreto relajamiento que invitaba a pasar largas horas en la tienda. Pronto se hizo costumbre que las señoras consideraran el viaje a las tiendas más como un entretenimiento que como una pesada tarea.

Los grandes almacenes ofrecían además atractivos nuevos respecto a la antigua tienda de mostrador y dependientes. En esos momentos el cliente era libre para mirar la mercancía a su antojo sin presión alguna para adquirirla, ya que los empleados sólo lo asistían con información pertinente; también existía la seguridad de tratar con precios fijos que desechaban así la vieja costumbre del regateo. La mercancía, de carácter estandarizado, se exhibía en grandes volúmenes con la introducción continua de productos nuevos que propiciaban una caducidad implícita, el concepto demodé como sinónimo de no vigente y pasado de moda.

Factores financieros como los cheques bancarios y los sistemas de crédito facilitaron las operaciones de compraventa y alentaron la creencia de que los objetos de consumo eran accesibles a todos. En esto último la publicidad jugó un papel preponderante al postular la idea de que prácticamente todos podían tener acceso a ellos. En realidad, lo único que estaba al alcance de todos era la imagen del producto a través de los atractivos dispositivos publicitarios que la convertían no sólo en una imagen gratuita sino ineludible por su carácter público y, de algún modo, omnipresente.

En nuestro país, los «cajones de ropa» y posteriormente los grandes almacenes establecidos en México desde la segunda mitad del siglo xix, con todo el aparato de venta y publicidad diseñada ex profeso, fungieron como medio efectivo de la «modernización» en las mentalidades y formas de vida de las burguesías ilustradas locales.

Las tiendas departamentales en México

De singular importancia para nuestro estudio resulta la corriente migratoria proveniente de Francia, particularmente de la pequeña población llamada Barcelonette, situada en el Valle del río Ubaye, región de los Alpes Franceses, de donde salieron en 1821 los hermanos Arnaud para buscar fortuna en tierras mexicanas. Después de largo y azaroso viaje, llegaron a la ciudad de México donde fundaron el cajón de ropa de «Las Siete Puertas» en la calle de Bajos de Porta Coelli, modesto inicio de un exitoso negocio ligado con la moda y las espectaculares tiendas departamentales que han llegado hasta nuestros días.

Muy pronto tuvieron éxito estos negocios donde se vendía, principalmente, una gran variedad de telas para la confección de vestidos y trajes, así como todos los accesorios necesarios para un correcto ajuar de dama, caballero, infantil, o de requerimientos menos ortodoxos. El proverbial «buen gusto» francés contó con eficientes medios de divulgación a través de las numerosas tiendas y establecimientos comerciales que proliferaron en México a partir de 1821

Antes de finalizar la primera mitad del siglo, Caire, Derbez y Jauffred se establecieron en el Portal de las Flores, hoy calle de Corregidora, por entonces todavía entre pregones de flores y legumbres traídas en trajineras desde Tláhuac y Xochimilco. Poco después, en 1842, Eduardo Gassier fundó la tercera tienda, y tan sólo en cuatro años, los habitantes del Valle de Ubaye aumentaron a 46 las tiendas de venta al menudeo, veinte de ellas en la capital del país. Para 1889 el número ascendía a 118.

Como era de esperarse, estas tiendas importaban de Francia la mayor parte de sus existencias, pero al mismo tiempo emprendieron la fabricación de sus propios productos empleando materias primas y la compraventa de artículos locales. Sin embargo, las «últimas novedades» de París, llegadas por la línea marítima Saint Nazaire-Veracruz, se esperaban con la impaciencia y expectación con que antaño se debieron esperar a los galeones de Sevilla o a las naos provenientes de Filipinas y de Oriente. Del puerto jarocho, la mercancía se embarcaba por la línea ferroviaria México-Veracruz, construida por Thomas Braniff, para transportar la mercancía hasta la ciudad de México.

Para tener una idea de las «últimas novedades», buen ejemplo es la tienda «Le París Charmant. Gran Sedería, bonetería, confecciones y otros artículos. Establecida en la 2a de Plateros núm. 2»; ahí se vendían «Confecciones Austríacas, Parisienses, Alemanas[…] Calzado Americano y Francés[…] Listones, Guantes, Flores, Encajes, Sedas para coser y bordar, hilo de todas clases, surtido primoroso de peinetas, pasadores y horquillas para el pelo. Medias, abanicos y toda clase de postizos para el cuerpo y el pelo. Paraguas, sombrillas, corsés, alhajas imitación, porcelana, etc.»

En 1894, los vapores llegaban cada mes, según anunciaban los almacenes de Al Puerto de Veracruz, de Signoret Honnorat y Cía.; estos almacenes contaban para sus clientes con un «Servicio especial de expediciones para el interior de la República». También ofrecían un

[…]vasto, variado y abundante surtido de efectos de ropa y toda clase de artículos de lujo. Novedades de moda por los vapores de cada mes.» («Al Puerto de Veracruz», El Mundo Impreso, 9 de agosto de 1896).

Los «cajones de ropa» consistían en una «espaciosa sala» con un amplio mostrador que dividía los espacios de compraventa; esta distribución sufrió modificaciones sustanciales con los nuevos esquemas arquitectónicos de las tiendas departamentales construidas en las

décadas del cambio de siglo. El cajón de ropa llamado «Las Fábricas de Francia» que se encontraba en el Portal de las Flores allá por 1850, se transformó cuando sus dueños, Eduardo Gassier y Alexandre Reynaud, asociados con Joseph Tron y Joseph Leautaud, comenzaron a construir en 1888 un «rascacielos» de cinco pisos destinado a tienda departamental en la esquina de la calle de San Bernardo y la Callejuela. La gran estructura de hierro de la construcción hacía que la gente se preguntara por aquél «palacio de hierro» que se construía con espectacularidad para asombro de muchos.

El edificio se inauguró en 1891 y se instalaron a su vez grandes talleres construidos ex profeso para el suministro de la tienda. En ellos laboraban cerca de 1 000 obreros dedicados a la fabricación de confecciones para damas y caballeros, lencería, artículos varios y principalmente, muebles, cuyos acabados, se decía, estaban a la altura de los muebles europeos pero sus precios eran, para beneficio de los clientes, más baratos.

Otra tienda de gran antigüedad, El Puerto de Liverpool, se inició en el cajón de ropa fundado en 1851 por Jean Baptiste Ebrard y F. Fortolis, en otra de las esquinas de San Bernardo y Callejuela. Como la mayoría de las demás tiendas departamentales, El Puerto de Liverpool tuvo diferentes edificios y fue ampliando sus instalaciones según la prosperidad de sus finanzas.

El Centro Mercantil, de Sebastien Robert, se instaló en un edificio construido por el ingeniero y arquitecto Daniel Garza en 1898, en la esquina de la Monterilla y Plaza de la Constitución. El interior de la tienda reunía con creces, las características de las grandes almacenes departamentales ya que poseía instalación eléctrica propia, elevadores, buzones de correo, estación telegráfica y telefónica. El gran hall central está rematado a la fecha por un espléndido vitral firmado por Jacques Gruber de la Escuela de Nancy, fechado en 1908, y su espectacularidad se acentúa por estar colocado en un plafón a la altura total del edificio.

Abundantes ejemplos podemos mencionar de estos almacenes finiseculares establecidos en nuestra ciudad y en el interior del país: El Correo Francés, los Almacenes de la Ciudad de México, las Fábricas Universales, París-Londres, La Ciudad de Londres, El Nuevo Mundo, Las Fábricas de Francia, La Francia Marítima, El Progreso Mercantil, El Paje y La Gran Sedería, entre otros.

Estos almacenes se anunciaban en la prensa y era común que alternaran palabras en francés para describir sus mercancías en los textos publicitarios: trousseaux completas; telas de vigoureux, cheviottes y mohair; cachuchas y berrets para los niños; layettes, douillettes y capotitos para bebé. La ropa y todos sus accesorios no debían de usarse de una manera arbitraria sino que, por el contrario, su uso se normaba por estrictos criterios de urbanidad y etiqueta social. Por ejemplo, se establecían con rigor los diferentes lutos que debían guardarse por el esposo, los padres, padres políticos, abuelos, hermanos, tíos, primoshermanos, y demás familiares hasta llegar a los sobrinos en segundo grado.

iguiendo el espíritu de clasificación y ordenamiento propio del cientificismo finisecular, algunos pensadores de la época dividían a la sociedad mexicana en tres grupos según su vestimenta: la clase alta de levita; la clase media de chaqueta y pantalón y la clase baja de calzón de manta. Podríamos agregar que cada prenda parecía marcar con claridad su origen en la escala social: la chistera, el sombrero «Stetson» y el sombrero jarano; los botines de cabritilla, los zapatos y los huaraches; el echarpe, el tápalo y el rebozo. En las cabezas femeninas espectaculares sombreros, mantillas o listones de colores.

«Las damas eran indiscutiblemente las consentidas de toda campaña publicitaria y algunas tiendas ofrecían ventajas exclusivas y prácticas, como el tomar medidas a domicilio, servicio ofrecido por la Sedería y Corsetería Francesa a sus clientas»

Para la belleza femenina existía toda clase de cosméticos, perfumes y productos especializados. Los Piluies Orientales ayudaban a obtener un «hermoso pecho» ya que «en dos meses desarrollan y endurecen a los senos». Para la pureza del cutis, lo indicado era usar la Lait Antéphelique, y para darle «delicadeza y finura», lo ideal era el polvo de arroz Duret-Neige. Con fines menos estéticos pero sí higiénicos, los Polvos París funcionaban para el cuidado de las encías, así como el «Sozodonte, para los dientes y para el aliento» recomendado por Madame Bernhardt. No debía subestimarse el uso de los talcos, polvos, cremas y mucho menos del jabón.

Desde la aparición de los primeros anuncios se promociona un cúmulo de medicamentos milagrosos y también los establecimientos que los ponían a la venta. Droguerías que contaban con un gran surtido de perfumería francesa e inglesa, medicinas de patente, productos químicos y demás. Entre éstos, la Droguería de Plateros contaba además con «continuas novedades» en fotografía y una «nueva preparación para hermosear y suavizar el cutis» llamada Nuage Ettéré.

Se anunciaban también específicos, vinos, purgantes, emplastos, talismanes, aceites, elixires, pildoras, restauradores y reconstituyentes para recobrar el sueño, la virilidad, el apetito, la alegría de vivir y el buen semblante. El Agua de los Carmelitas Boyer -Eau des Carmes Boyer, 6, Rue de l’Abbaye, París-curaba eficazmente «jaquecas, digestiones penosas, calambres de estómago». Algunas marcas de medicamentos continuaron en el mercado durante décadas antes de que las compañías farmacéuticas transnacionales las sustituyera por otras. Tal fue el caso de la Quina Laroche, «tónico reconstituyente febrífugo y elixir vinoso, 20 Rue de Fossés, París».

Los reconstituyentes como la Kola fosfatada Botta & Balta»eran sin duda muy requeridos porque «devuelve las fuerzas, devuelve la vida» ya que, después de todo, el spleen cobraba sus víctimas a menudo y como luz de esperanza, el Hemoneurol Cognet remediaba «el abatimiento producido por las enfermedades, las fiebres, las fatigas o los excesos»; estos remedios nos llevan a imaginar los «excesos» que cometía la juventud dorada en

[…]aquellas fiestas, soirées, excursiones a Santa Anita, La Viga o a la Alberca Pane. Problemas más prosaicos como la tartamudez, podían ser atendidos en el «Instituto de Tartamudez de París del Dr. Chervin. Fundado en 1867. Av. Victor Hugo, 82. Para la cura ortofónica de la tartamudez o cualquier otro defecto de la emisión de la palabra.

La casa burguesa de principios de siglo se concebía como un espacio donde atesorar y mostrar aquellos objetos que se consideraban valiosos y de «buen gusto». Pero también se preciaba de estar al día en cuestión de adelantos y artículos que facilitaran las tareas del hogar, así como de instalaciones adecuadas para su buen funcionamiento, higiene y comodidad. De este modo, en medio de los ajuares Luis xvi, espejos de marcos dorados, tibores, bibelots y los más exquisitos objets d’art, los dueños de las casas mostraban con satisfacción los novedosos fonógrafos Edison, la máquina de coser Singer; la máquina de escribir Remington, «reflectores mágicos», «máquinas parlantes», y en el cuarto de baño, el extraordinario excusado «The Silent Syphon Jet», anunciado en El Mundo, el 19 de septiembre de 1897.

«El Económico. Molino Perfeccionado. Patentado por el Supremo Gobierno Mexicano», por sólo diez pesos, facilitaba en la cocina la tarea de moler nixtamal, carne, cacao, azúcar, canela, chile, café y toda clase de granos. También la cocina contaba con un refrigerador Gerber & Carlisle, Co. ya que cuando «la época de calor se aproxima con rapidez. Un buen refrigerador es artículo indispensable en todo hogar bien amueblado».

Los aparatos eléctricos llamaban la atención del consumidor en la Casa Schñdube y Neugebauer, donde se anunciaba una «exhibición de estufas y aparatos eléctricos para cocinar». Además, en la «Mexican General Electric Company se vendían utensilios para calentar y cocinar por medio de la corriente eléctrica[…] Calentadores de agua, cafeteras, cacerolas, estufas, sartenes, planchas, etc.».

Sin embargo, la electricidad presentaba riesgos que algunas veces llegaban a ser mortales, acarreando la desgracia a los hogares que tanto habían esperado de los adelantos modernos.

Sabemos de el caso de una aristocrática dama fulminadas, Dolores Rosas de Zubieta, quien

[…]desconociendo el manejo de un calentador eléctrico instalado en el baño de la casa materna [….)]en ausencia de los miembros de la familia, decidió servirse de él. Los resultados no se hicieron esperar: habiendo chocado su brazo derecho con los hilos conductores de la corriente, sufrió la primera descarga, a la cual, siguió la segunda, que verosímilmente se tiene como la causante de su muerte.

Volviendo a las casas, en los vestíbulos de altos techos, en los antecomedores y baños, era común encontrar tragaluces y vitrales hechos con emplomados de cristales iridiscentes. La Casa Pellandini, fundada en 1839, se encargaba de hacer en sus talleres «toda clase de Vidrieras Artísticas, emplomadas, grabadas y pintadas»; era además un establecimiento donde se podían adquirir obras de arte, reproducciones de grabados, estatuas, yesos y útiles para artistas.

La «Cristalería de Plateros. Vda. De Hillebrand. 2a de Plateros, 9», surtía a las casas de «servicios de cristalería, porcelana y loza para mesa, adornos, estatuas, lámparas para comedor ó salones[…] cuadros, pinturas y grabados[…] cómodas, vitrinas, costureros, consolas, mesitas de madera incrustadas con adornos de metal y marfil…». Para tener una idea del gusto sobre la pintura que decoraba las casas de entonces, sabemos que se vendían:

[…] cromos y marcos para cuadros. Surtido de cromos passe-partout, con y sin marco, que representan paisajes, frutas y flores, efectos fotográficos, copias de cuadros de los famosos artistas Christy, Gibson y otros muchos. Son muy bonitos, artísticos y apropiados para decorar la sala, el dormitorio o el fumador…

Este amontonamiento de objetos, atesorados por sus dueños por su significado sentimental y de convenciones sociales, propiciaba en las habitaciones una atmósfera de ingenuo romanticismo:

«Convencido de que era diferente de la demás gente, el hombre de clase media se rodeaba a sí mismo con grandes cantidades de objetos personales que creía ser únicos, cuando de hecho habían sido manufacturados en bloque para gente como él».

Es interesante señalar que los productos franceses, además de adquirirse en los grandes almacenes y en droguerías, casas de costura y boutiques, también se adquirían directamente en Francia a juzgar por los numerosos anuncios de casas establecidas en París y que no contaban con sucursales en nuestro país. Esto habla de la pervivencia del gusto por lo francés ya en tiempos posrevolucionarios y de la capacidad económica de las élites para desplazarse al viejo continente con la suficiente frecuencia para que costeara publicar anuncios como los mencionados en la prensa mexicana. «Cuando paséis por París, hacéos retratar en la Fotografía de Gilbert Rene, 350, Rue Saint Honore (Place Vendome) Paris».

Las damas mexicanas podían servir sus mesas con albos manteles de finas telas y vestir sus casas con todo tipo de blancos, con solo encargarlos o ir personalmente a La Grande Maison de Blanc. Place de LOpera, París. Ahí mismo se ofrecía lencería, bonetería, deshabillés y ajuares, y se aclaraba que dicha casa «no tiene sucursal en América». Hasta la servidumbre se podía contratar, para beneplácito de las amas de casa, directamente en París: «Si necesita Ud. chofer, mozo, criada, niñera, institutriz, etc., para París o para México, diríjase a la Agencia Tronchet, 1 Rue de Castellane, París».

Los habitantes de la entonces muy bella ciudad de México gustaban las diversiones públicas y gozar de las calles y establecimientos que para ello les brindaba su ciudad. Teatros, cinemas, restaurantes, tívolis y balnearios atraían a la gente con el sencillo placer de disfrutar un acontecimiento compartido. Al contrario de lo que sucede en las sociedades contemporáneas, donde la diversión y el placer se vuelven cada vez más solitarios, la celebración y el evento público eran por entonces la fiesta por excelencia.

El automóvil representaba un atractivo más para pasear por los parques y amplios bulevares citadinos. Este invento finisecular ha sido, tal vez, la máquina del siglo xx que reúne más significados utilitarios, de diseño y de placer destinado a ocupar un sitio relevante en los bienes de consumo, y pronto se caracterizó por su comodidad, por el prestigio que aportaba como status social y por ser indispensable en las urbes en expansión.

Si por el contrario la opción era quedarse en casa, se contaba con las «exhibiciones particulares a domicilio» de la Compañía Explotadora Cinematográfica, que sin duda fascinarían a las famüias con las vistas de los Lumiére o de la casa Pathé, anunciadas en El Mundo Ilustrado, el 11 de febrero 1912.

Se podrían mencionar otros aspectos de la vida privada que se vieron afectados por todos estos bienes y artefactos introducidos por las nuevas formas de consumo. Basten estos ejemplos para visualizar la una ciudad de México que se incorporaba al progreso y a la construcción de una imagen cosmopolita, asimiló favorablemente no sólo los usos y costumbres que estos objetos de consumo implicaban, sino también el modo de vida y los valores sociales que significaban.

 

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