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REVISTA   INTERNACIONAL   DE   CIENCIAS  SOCIALES

Revista trimestral publicada por la Organización de las  Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura con la colaboración de la Comisión Española de Cooperación con la Unesco, del Centre Unesco de Catalunya y Hogar del   Libro,  S.A . Vol.  XLI , núm .1, 1989. Marzo 1989  – 126 pages

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REPRODUCTION DE L’ÉDITORIAL
Ali Kazancigil, rédacteur en chef

 

La Revolución francesa goza de un prestigio casi mítico. Las ideas, los valores, y el modelo que engendró y difundió a través del mundo entero ejercen todavía su fascinación sobre las sociedades contemporáneas. La perennidad de su influencia en los debates sobre la modernidad, los derechos humanos, y la democracia, y también sobre aquellos que tratan del papel de las revoluciones y de la violencia política, da razón de las pasiones que sigue suscitando. Cualquier conmemoración de este mito fundador de nuestra modernidad provoca tomas de posición contradictorias. Desde hace dos siglo las variadas interpretaciones que las sucesivas generaciones de historiadores no han cesado de aportar, constituyen otros tantos remodelajes del acontecimiento.

Al igual que Janus, la Revolución francesa presenta dos caras opuestas: de un lado, la cara luminosa de 1789, símbolo de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad, de la democracia y de los derechos humanos, del triunfo y de la razón sobre el oscurantismo; del otro lado la sombría de 1793, la cara del terror aplicado en nombre de la defensa de los logros revolucionarios. Estas dos caras opuestas, y sin embargo indisociables, de la Revolución francesa han contribuido poderosamente a configurar el mundo moderno, en el cual las zonas de luz se acompañan de demasiadas zonas de sombra. En muchas sociedades contemporáneas perdura la lucha entre los ideales de 1789 y las prácticas de 1793, entre la democracia y el totalitarismo. Com o escribían François Furet y Mona Ozouf, «Nos encontramos ya lejos de la Revolución francesa y vivimos más que nunca en el mundo que ella abrió».

Tanto como su continuidad en el tiempo, la Revolución francesa impresiona por la amplitud de su difusión en el espacio. Salvo en las sociedades anglosajonas cuya cultura política específica, distinta de la de la Europa continental, constituyó una barrera eficaz contra la implantación de sus ideas, la Revolución francesa ha ejercido su influencia en todas partes. Al contrario que la «Gloriosa revolución» de la Inglaterra del siglo xvi, y que la revolución americana, que se revelaron poco exportables, la Revolución francesa revistió un carácter universal y difundió su modelo. La nueva cultura política que engendró, centrada en la noción de cambio político total, mediante la acción voluntaria y la movilización de las masas, se extendió a los países vecinos de Francia de la Europa occidental, pero también a la Europa oriental, al Imperio otomano y al Imperio persa, a América latina y a las Antillas, a Japón y a China, y má s tarde a los países africanos, a los asiáticos y a los del Próximo Oriente que combatían el colonialismo para acceder a la independencia. Las revoluciones, los movimientos de liberación y los esfuerzos de construcción de los estados y de las naciones modernas de los siglos XIX y XX, han asumido explícita o implícitamente el legado de la Revolución francesa, cuya fecundidad en la invención de formas modernas de poder fue excepcional.

Si bien en Francia la leyenda y el prestigio de la Revolución se acompañan del recuerdo de sus excesos – el Terror – y de su fracaso – el bonapartismo-, en el extranjero esta leyenda permanece intacta. 1789 otorga a Francia un gran prestigio en el mundo .

Con ocasión del bicentenário, el presente número de nuestra Revista está dedicado al estudio de las influencias ejercidas por las ideas y por el modelo de la Revolución francesa en algunos países y regiones. Además de su propio interés, este tema se justifica por el hecho que, salvo alguna que otra excepción, las innumerables reuniones y publicaciones que marcan el bicentenário han desestimado esta dimensión de la Revolución, lo cual no deja de ser paradójico, si se piensa en la actualidad que tienen los conceptos que engendró para gran número de países en busca de su propia modernidad. Los tres primeros artículos se refieren a sociedades musulmanas. Bertrand Badie muestra los aspectos evidentes de la difusión pero también las ambigüedades de la recepción de las ideas de la Revolución francesa en el mund o musulmán, con la ayuda de los instrumentos de análisis que ofrece la sociología histórica.

Asimismo, Badie es capaz de captar, por encima de las comparaciones superficiales, toda la complejidad de las imbricaciones entre los elementos importados y las dinámicas sociales y políticas propias de las sociedades importadoras. Su aproximación teórica y metodológica permiten delimitar mejor la problemática de la difusión y de la recepción de modelos culturales y políticos: éstos, por regla general, van del centro a la periferia del sistema mundial, pero no se reciben pasivamente. Si consiguen implantarse de forma durable es después de haber sido objeto de toda una labor de transformación y de adaptación. Los conceptos que resultan de esta labor, aun manteniendo los mismos nombres, rara vez corresponden a la misma realidad. El segundo artículo, el de Serif Mardin se sitúa bastante cerca de la problemática presentada por Bertrand Bardie: intenta evaluar en qué medida las influencias de la Revolución francesa sobre el Imperio otomano pueden ser atribuidas, por un lado, al impacto directo de las nociones exportadas de Francia y, por otro, a las inflexiones de las tendencias ya existentes en el Imperio. La contribución de Elbaki Hermassi constituye un análisis de la
forma cómo los grandes reformadores árabes y, en particular los magrebinos del siglo xix, recibían, evaluaban y utilizaban en su propios escritos y acciones el modelo de la Revolución francesa, y de los leves resultados de las reforma s relativas al estado moderno y a la secularización, inspirados por ese modelo.

Los tres artículos siguientes tratan de las interacciones entre las ideas y el modelo de la Revolución francesa y Japón, América latina y la Unión Soviética respectivamente. Kenji Kawan o mira de establecer una comparación entre la Revolución francesa y la Renovación Meiji, vistas en tanto que cambios sociales que llevan a la creación de un estado moderno. Luis Castro Leiva plantea cuestiones próximas a las de Bertrand Badie, acerca de una región donde una fuerte tradición revolucionaria se nutre del modelo de 1789: ¿cómo se recibieron las ideas de libertad y de derechos humanos a través del «filtro» del pensamiento latinoamericano y qué papel tuvieron en la emergencia del republicanismo, así como en la elaboración del discurso político revolucionario hispano-americano? Finalmente, en la última contribución, en la parte temática, Boris I. Koval muestra la filiación existente entre las Revoluciones francesa y rusa. Los dirigentes de la Revolución de octubre de 1917, empezando por Lenin, se proclamaban los herederos del largo proceso revolucionario francés, que se inicia en 1789 y viene marcado por los hitos de 1793, 1840 y 1870. Koval considera que la moral humanista de la Revolución francesa conserva toda su actualidad, sobre todo en la URSS , y que merece salir del olvido en el que ha caído.

En los otros apartados de este número, Peter M . Allen sostiene que, en los próximos años, los conocimientos sobre los sistemas complejos adquiridos por las ciencias naturales transformarán profundamente las ciencias sociales y humanas ; John Hassard propone un paradigma cualitativo del tiempo de trabajo, considerado, con demasiada frecuencia, exclusivamente desde un punto de vista quantitative

Finalmente, Michael Brittain analiza las relaciones entre las características específicas y de documentación a aplicar en estas disciplinas.

A. K.

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